Se me desdibuja la vida material con las ficciones de los textos. Me siento inmersa en un profundo proceso subjetivo donde se me confunde la carne y la letra. La vida material es también una ficción: es una isla donde tienes frío, donde tienes calor, todo a la vez. Se me extravía la mirada, el cuerpo que habito no es mío, cada célula se confunde con el ruido de la ciudad de Santiago, con Santo Domingo. Mi vida material es una explanación. Mi vida material es él, él soy yo: un nosotras. Él me dice que se me nota lo dominicana porque siempre me estoy yendo. Se refiere a la migración. Me dice que lo isleña por más deconstrucción se me sale cuando me justifico, cuando voy a un texto para relacionar lo que estamos hablando. Que siempre tengo que ir a una cita feminista, vuelta loca, hablando. Él me dice que siempre he sido insegura y yo le respondo que sí, que soy muy insegura, bastante insegura. Que siempre tengo que ir al texto para hablar esto que estoy inventando de mí, me dice que se me sale lo dominicana porque tengo que ir a un texto para explicarme y yo le digo que sí, que soy un huracán que siempre pierde sus anteojos bailando, que llego al mismo lugar, pero con más rabia que él, le digo que soy insegura como si esta no fuese también su mirada, como si sus ojos también no fuesen estrábicos, como si él no fuese un huracán, también.

La heterosexualidad obligatoria que me ofreció como única posibilidad esta cultura comienza a descomponerse en su cama y el índice de su descomposición lo mido cuando disfrutando mi erección le digo: disfunción eréctil. “Me gustas pero me asustas”, me dijiste una vez, muchas veces, un verano. Entonces, la intérprete de la canción ya no es simplemente para mí todos los minutos que hablaban de ella en los programas de farándula mexicana que llegaban a los televisores que me robaron tiempos de lecturas, que me volvieron dramática, lo declaro: telenovelesca.
Ahora entiendo que este cuerpo no es mío, que no es un yo. El cuerpo de la disidencia sexual es un nosotras performativo, también un “no me doy vergüenza”, digamos no me da vergüenza el nosotras que hemos sido históricamente: negras, lesbianas, caribeñas, pordioseras, mujeres, pobres, indocumentadas. Este nosotras performativo es un enunciado: “No se limita a describir un hecho sino que por el mismo hecho de ser expresado realiza el hecho”. No es simplemente mío este cuerpo, somos todas nosotras siendo y cambiando.

Mientras cambio, inflamada de retórica, hago un search en un texto antiguo con el cuerpo lleno de ergolina. El cuerpo expandido hacia el resultado de un ejercicio de creatividad anterior. Quise darme cuenta de algo raro, excéntrico: cuántas veces escribí la palabra utopía. Quería cuantitativamente demostrarme mientras me expandía rompiendo una jaula, mi paranoia constante, cuántas veces una loca yoruba se decía así misma y a los demás que nunca se puede perder la esperanza, que sin tener un lugar y un tiempo, podemos expandirnos a una cita textual, a otros cuerpos oprimidos, debido a que el que escribe ese texto está escribiendo la vida de nosotras, las incómodas con el nombre, con la identidad. La ergolina nunca se alejó de mí, ni el texto tampoco (tú siempre te alejas de mí: ustedes cuatro), ese ácido lisérgico es otro amor vegetal, donde no necesito ni ideología, ni comprensión, ni marido. Habito la carne y la letra sobre una hamaca taína y lingüística que sustituye el suelo. Esto es una curiosidad, una forma. Una habitación que se extiende, materialmente, pocos metros, metafóricamente, una infinidad. Un paradigma ético y estético de exploración de la dualidad que hay entre lo racional y lo emocional. El amor vegetal será un ejército azul de flores vengándose en la avenida Portugal, una manera de sobrevivir, pero también será un correo electrónico en busca de una reconciliación o una cita. Será savia sustituyendo la sangre y el semen, cualquier fluido humano. El amor vegetal en su constitución de una imaginación radical que está porvenir será una transformación subjetiva que se niega a reproducir la tradición heterosexual. Ahora es el suelo que pisamos mientras vemos como el capitalismo global experimenta una crisis.

Mientras tanto, tengo que enfrentarme a una pesadilla, me gustaría decir que nosotras siempre tenemos que enfrentarnos a una escena onírica pero no es así, esto es una pesadilla. La policía del género y de la identidad, el centro de verificación de la diferencia sexual está en todos lados, es ya un acontecimiento somatizado dentro de la cotidianidad. Aquí, en este mundo masculino, en esta cultura que reproduce de manera insistente su orden heterosocial no deja de ofrecernos como única posibilidad una pesadilla. Aquí, en este planeta plagado de humanos imbéciles que olvidan su entorno: los demás animales y plantas. Nos toca vivir una pesadilla. La escena onírica, la utopía del mundo monstruoso sin géneros, la emancipación transfeminista no es sino el imposible mientras nosotras tenemos que vivir una pesadilla. Aquí, en este planeta, no pueden imaginarnos, al menos, con la catinga de una planta, con el ruido de un trueno, con un huracán amenazante, aquí, en este planeta, nos siguen tratando como hombres: esa es mi pesadilla. Nuestra pesadilla.


Escritor y performer de la República Dominicana. Vive y trabaja en Chile