El Desconcierto mapeó más de 179 candidaturas corriendo por fuera del duopolio en el espectro de izquierda o centro. ¿Cómo se medirá su éxito? El enfoque predominante de análisis electoral ha planteado que esta elección se centra en una medición de fuerzas entre la Nueva Mayoría y Chile Vamos. Pepe Auth ha declarado que los resultados del domingo “van a mantener el estado de ánimo de la derecha y recuperarán el estado de ánimo de la Nueva Mayoría, signos inequívocos de que se van a restablecer la competencia y la incertidumbre, no como hace seis meses, cuando todos daban por hecho que Piñera volvía a La Moneda”.

Los criterios tradicionales de diagnóstico han estado en la lógica de dos grandes coaliciones desde 1990: número de alcaldes y concejales conseguido por cada una, quién ganó en las “comunas emblemáticas” y porcentaje de votación total de cada coalición. Bajo esos criterios, es fácil que las nuevas fuerzas, que presentan muchos menos candidatos, cuentan con menos recursos y poseen orgánicas más frágiles, se vean invisibilizadas o reciban la etiqueta de “irrelevantes”; “marginales” en términos electorales. En El Desconcierto ofrecemos algunas claves para analizar a estas nuevas fuerzas en una perspectiva integrada.

Dispersas y precarias: El desafío es la consolidación

A diferencia de las dos grandes coaliciones y los pactos de “fugados” de éstas, las fuerzas emergentes de izquierda no se prepararon con una estrategia de política electoral: con algunas excepciones, como Doris González y Jorge Sharp, hubo una tardía selección de candidaturas, que sólo se conocieron a la hora de la inscripción legal ante el Servel, perdiendo tiempo frente a los otros candidatos de los partidos tradicionales.

Otro factor para analizar la votación que obtengan las fuerzas de izquierda emergentes tiene que ver con su inmadurez organizacional. De éstas, tan sólo Revolución Democrática está legalizada como partido desde junio 2016 y participa independientemente en su propia lista, la K. El resto de las fuerzas ha dependido de la infraestructura de otras listas, como Pueblo Unido (Partido Igualdad) o Alternativa Democrática (Partido Liberal y Partido Humanista). Esto, ya que Nueva Democracia, cuya figura es el ex dirigente sindical Cristian Cuevas, está en proceso de congreso. Izquierda Libertaria finalizó su congreso fundacional recién en junio y el “autonomismo” se dividió en dos a fines de mayo, resultando dos agrupaciones: Izquierda Autónoma y Movimiento Autonomista. Ninguna de ellas ha anunciado cuáles son sus planes respecto a lo institucional, como constituirse legalmente como partidos.

El quiebre del “autonomismo” grafica otra tendencia histórica de la izquierda chilena: la fragmentación, que la ha relegado sistemáticamente a lo que La Segunda denominó hace un mes como “irrelevancia electoral”, al buscar proyecciones el 37% de aprobación de Boric y 36% Jackson en la última encuesta del Centro de Estudios Públicos de agosto, detrás de Alejandro Guillier (44%) y Sebastián Piñera (37%), augurando que probablemente muy pocos de esos 179 candidatos a concejales o alcaldes alcancen los puestos a los que postulan luego de las elecciones del domingo. Tal quiebre, además, dificultó los planes de convergencia al sumar a un nuevo actor a la coordinación de un posible “frente amplio” o plataforma programática con miras al 2017.

La nueva regulación sobre propaganda electoral tiene un doble efecto sobre estas fuerzas. Si bien, al menos formalmente, disminuye la cantidad de propaganda callejera y por lo tanto los montos de dinero que se pueden gastar en ésta, poniendo a las organizaciones y candidatos nuevos en un mayor pie de igualdad que los ya instalados y sus redes de financiamiento, distintos analistas del establishment, cercanos al mundo Nueva Mayoría, como Claudio Fuentes, Marco Moreno o Gloria De la Fuente, han coincidido en que, al mismo tiempo, favorece a los candidatos “establecidos” y a los que van a la reelección, ya que deben hacer menos esfuerzos para ser reconocibles. La abstención, además, probablemente afecte a las fuerzas emergentes, ya que en su casi total mayoría son candidatos nuevos o jóvenes, por lo que no tienen una masa de votantes fidelizados a través de redes clientelares.

Abstención versus participación

Luego del escándalo por los errores del padrón electoral la pregunta es qué tan alta será la abstención el domingo. Ningún pronóstico para el porcentaje de participación supera el 40%, y desde la Fundación Chile 21 la han cifrado en un probable 30%, mientras que la cadena estadounidense Bloomberg News, especializada en finanzas, caracterizó el estado de ánimo de los votantes para el domingo como una mezcla de “cinismo, confusión y apatía”. En este contexto, se debe mirar más allá de las variables instrumentales del funcionamiento de las instituciones, para incorporar la pregunta por el sentido de la política y la necesidad de resignificar la cuestionada democracia representativa con mayor debate de ideas que generen fuerzas movilizadoras que tengan un correlato con las nuevas demandas ciudadanas que se expresan en las calles combinando las subjetividades y representaciones en el espacio público.

La participación y representación no son excluyentes entre sí, el desafío es generar espacios de deliberación y participación de la mano de fuerzas políticas con estructuras innovadoras, con arraigo social/territorial, con vocación de acceso al poder. En la actual coyuntura crítica, la noción de crisis adquiere valor y conforma una estructura de oportunidad para la definición de una estrategia política de los movimientos  y fuerzas de izquierda de cara a las elecciones futuras.

¿A quién le conviene la abstención?

Se presentan dos lecturas sobre la abstención. Por una parte, la condena del mundo institucional hacia los que no votan y, por otra, la abstención como una posición para no validar la democracia deficiente, pero principalmente como señal en contra de los políticos que se hablan a sí mismos y se niegan a cambiar sus prácticas políticas, anclados en el discurso del aparente orden, estabilidad y la distribución de cargos gubernamentales como botín de guerra, todo esto acompañado de posiciones políticas que buscan no afectar los intereses del gran empresariado (la expectativa por reformas estructurales que terminan desdibujadas, manteniendo los pilares del modelo neoliberal).

De acuerdo a lo anterior, es válida la posición de no votar en los lugares que no existan alternativas que convoquen y si se da una oportunidad de desafiar a las anquilosadas estructuras de poder, también es válido ejercer el voto como un acto político eficaz para cambiar a los representantes y reacomodar las relaciones de poder en microespacios que pueden generar efectos y significados en la macropolítica.

Mientras más alta sea la abstención el domingo, mayor será la incertidumbre de cara a las presidenciales y más abierto quedará el escenario para el 2017, ya que ciertamente la participación sube cuando se trata de definir al futuro presidente/a de la República.

Para finalizar, hacer hincapié que más allá de los números que arrojen estas elecciones municipales para las fuerzas emergentes de izquierda -considerando los factores de contexto y trayectoria de los actores descritos en la primera parte- es clave reconocer y evaluar el despliegue de ideas que apelaron a la construcción de conceptos universales que permitan englobar una propuesta política con nuevas genealogías del poder.