Cuando se violenta a las mujeres se lo hace con objetivos materiales, el primero dañar sus cuerpos, quitarlas de en medio para que no sigan afectando variados intereses patriarcales como rebajar la hombría masculina del agresor individual o amenazar la estabilidad financiera de depredadores colectivos y territoriales (hombres enriquecidos y con poder económico).

El feminicidio es un crimen contra la existencia de las mujeres. Se comete por medio de prácticas de sexo-género, racistas y clasistas que se ensañan con la condición y situación concreta de las mujeres. Hay asimetría entre las posiciones de las víctimas y los agresores, siempre, comenzando por el hecho de que vivimos en una sociedad patriarcal.

Cuando se nos amenaza a las mujeres -por lo que sea- se apela a nuestros cuerpos, sexualidades, maternidades, y eso se combina con elementos sociales de identidad, culturales y territoriales. Se nos insulta en la lógica masculina racista diciéndonos: puta, amargada, maricona, vieja, fea, indecente, bruja, india, hippie, ridícula, loca… etc. O en una lógica diplomáticamente hipócrita se nos recuerda que debemos ser “prudentes” “por nuestros hijos”, y un largo etcétera.

Cuando finalmente se lleva a la práctica estas amenazas, se aprovecha las condiciones personales, íntimas, domésticas de la víctima. Se abusa sexualmente a mujeres perseguidas, se ataca directamente a defensoras de territorios provocándoles abortos, se amenaza a sus hijas de violación, se acosa a sus hijos, y se aprovecha por ejemplo, el momento en que la víctima está cuidando a su guagua porque en ese instante estará más impedida de recurrir a la autodefensa, como en el caso de Macarena Valdés Muñoz.

El crimen feminicida es un acto de poder que puede ser individual o colectivo; no es un crimen eventual, aislado o pasional. Surge de la dominación clasista, territorial y de heterosexualidad obligatoria.

El patriarcado ve como normal que los hombres luchen. Se enfrenta a ellos y los mata cuando éstos toman causas y luchas antisistémicas y, a la larga, incluso puede reconocerlos como “enemigos dignos” en las guerras masculinas acostumbradas. Pero cuando se trata de mujeres defendiendo causas y explicitándolo, la reacción patriarcal es “de género”, o sea: específica, violenta, cruenta y con una perversidad inusitadamente machista.

Y es que los agresores feminicidas de mujeres defensoras de la Tierra, el Territorio y las Aguas, pueden imaginar en su precaria y concreta ideología por ejemplo, que matar a una mujer será “más fácil” y “más invisible” que asesinar a un hombre, el que será rápidamente defendido como “dirigente”, y al que sus compañeros –hombres y mujeres- asumirán de inmediato como “luchador”.

Violencia Política Sexual

La Violencia Política Sexual no es solamente acciones concretas de tortura en que se viola sexualmente a mujeres perseguidas y apresadas por exponer sus ideas anti-dictatoriales. Ahí no se agota la Violencia Política Sexual. El Patriarcado de Supremacía Masculina nos violenta porque somos una amenaza real a todos sus intereses estructurales. A los económicos y territoriales –capitalistas-, y a los sociales y culturales que instituyen que las acciones insurgentes son de los hombres, propiedad masculina, muestras de poder “de hombres bien hombres”.

La dictadura de Pinochet y la derecha imperialista ejerció Violencia Política Sexual contra niñas, jóvenes y adultas que resistíamos a su régimen político porque éramos revolucionarias y antidictatoriales, y por ser mujeres que no aceptábamos las reglas machistas y reaccionarias de la burguesía dominante.

En los primeros días del Golpe, un pantalón o una minifalda eran una ofensa a los “valientes soldados” que habían tomado la supremacía gobernante del país. Nos rompían las bastillas de la falda y el vestido, y nos cortaban los pantalones con tijeras; todo violentamente, amedrentándonos en las calles, porque “las mujeres no usan pantalones” y “las minifaldas son de putas, no de mujeres decentes”.

En los años que vinieron, ser dirigentas de organizaciones estudiantiles u otras, y hacer discursos públicos, nos valieron persecuciones en las que específicamente usaron el machismo para amedrentarnos. En todo el periodo de resistencia a Pinochet, muchas mujeres que adhirieron a movimientos insurgentes fueron encarceladas, torturadas sexualmente y masacradas.

Feminicidio capitalista y racista

El ataque contra las mujeres defensoras de la Tierra y contra las mujeres de los pueblos y comunidades en general, que se oponen a los megaproyectos de multinacionales amparadas por los estados y gobiernos, es una estrategia capitalista -por ende patriarcal- para ejercer control territorial.

En la lógica patriarcal de heterosexualidad obligatoria, la reproducción social incluye (al menos) el proceso de la alimentación, de la conservación de la salud, de la formación ética y moral, de la energía emocional que contiene a los hombres y a sus herederos ­-trabajo doméstico y energético no remunerado-, y todas ellas serían “funciones femeninas”. Las mujeres como colectividad, efectivamente -resistiéndonos o no-, nos dedicamos a la reproducción social y también al trabajo de producción en los campos y ciudades. La siembra, la cosecha, la conservación de los alimentos son experiencias de las mujeres que sostienen la estabilidad cotidiana y trascendente de los grupos humanos. Atacando a las mujeres se ataca la estabilidad de los pueblos y comunidades.

A lo largo de la historia occidental-colonial, los ciclos de explotación económica se han relacionado íntimamente con los ciclos de violencia contra de las mujeres. Uno de los primeros genocidios de mujeres –conocidos- es la caza de brujas medieval en Europa que al mismo tiempo se replicaba en los territorios invadidos que habitamos.

A la vez que el desarrollo de Europa se sostenía sobre la explotación de las colonias, surgía el capitalismo transformando el trabajo humano en producción, y el apego de las mujeres a niñas y niños, en reproducción social.

El “Maleficum Maleficarum”, manual de los inquisidores, decía que por 100 brujas había 1 brujo, ya que las mujeres seríamos lascivas y perversas por naturaleza. Y el pecado de “Salamanca” era definido por la “Santa Inquisición” en los territorios de Abya Yala, como la brujería colectiva de indias, negras y mestizas profiriendo hechizos.

Las brujas europeas, mujeres pobres en general –no “damas”-, y las brujas de acá, eran diversas; podían ser tribadas, mujeres que efectuaban frotamientos sexual-amorosos entre ellas, podían ser mujeres que no creían en el dios masculino de la iglesia ni en el dios blanco del colonizador; mujeres que no querían producir riqueza para los invasores o para los señores feudales, mujeres que muchas veces se negaron a parir más esclavos, y mujeres que creían en el espíritu de todo lo viviente, guardianas de los ríos y lagos donde, en creencia ancestral, habitan espíritus femeninos. Fueron cerca de 60 mil las mujeres asesinadas sólo en Europa en este genocidio patriarcal. Las “indias”, “negras”, “mestizas” –nuestras ancestras- no han sido contabilizadas como un crimen específico del colonialismo.

Está pasando

“¡Despertemos, despertemos humanidad!, ya no hay tiempo, nuestras conciencias serán sacudidas por el hecho de solo estar contemplando la autodestrucción, basada en la depredación capitalista, racista y patriarcal”. Esta es una frase de Berta Cáceres Flores, defensora lenca del Río Gualcarque, de 45 años, que sus tres hijas, su hijo y su madre, recuerdan en un Comunicado Público tras su crimen en Honduras en Marzo 2016.

El crimen contra Bety Cariño, feminista que resistía contra las multinacionales mineras en su territorio, asesinada por paramilitares en Oaxaca, en abril 2010 dio una voz de alarma. En 2002, en Kauñiku en el Alto Bio Bio, Walmapu, en proceso de recuperación de territorio, había sido asesinada Agustina Huenupen Pavián, dirigente pewenche, cuando 90 hombres atacaron a su comunidad de 20 personas, asesinaron a su hermano, José Mauricio y mataron a Agustina ensañándose con su cuerpo: la defecaron y le cercenaron los senos (y no dijimos nada). Vino la desaparición forzada de Sandra Cuellar en 2011, defensora de los derechos laborales y ambientales frente a la expansión del cultivo de palma aceitera y de caña, una de las 50 defensoras y defensores del medio ambiente asesinados en Colombia en los últimos 12 años. Luego, en diciembre 2013, Nicolasa Quitremán Calpán, férrea opositora -junto a su hermana Berta-, al proyecto de la Central Ralco en el Alto Bío Bío, Walmpau, que gritó que “ni muerta la sacarían de sus tierras”, apareció flotando en las aguas del lago artificial de la misma central. Margarita Murillo, otra feminista, campesina y defensora de los DDHH, fue asesinada por varios hombres que le dispararon en agosto de 2014 cuando cultivaba la tierra en la aldea El Planón, Villanueva, Honduras. Lesbia Janeth, activista de la misma organización que Berta Cáceres, Copinh, fue asesinada en julio 2016; su cuerpo apuñalado fue hallado cerca de un vertedero de basura en la Región de La Paz, Honduras. Macarena Valdés Muñoz, activista por la defensa de la salud contra un proyecto hidroeléctrico, apareció muerta hace dos meses, en agosto 2016, en Tranguil, Liquiñe, Walmapu.

Por todo el territorio, mujeres de comunidades, de organizaciones, de pueblos ancestrales que resisten al patriarcado colonial y defienden la Tierra, el Territorio y las Aguas, están siendo perseguidas y hasta asesinadas. El capitalismo ha colocado su mira en las mujeres para usarlas en sus campañas de buenas prácticas y si se resisten a ser integradas, las persiguen. La relación entre violencia sexual, dominio territorial y explotación de recursos naturales es estrecha pues la insurgencia como la resistencia cotidiana de las mujeres es amenazante para el sistema.


Terapeuta, escritora, lesbiana feminista wallmapu