Es Rancière uno de los que duramente ha atacado la estructura de la política cuando se presenta como un orden que divide a las inteligencias superiores de aquellas inferiores que requieren ser conducidas. El orden explicador es, para el francés, la ficción que articula una división que llega a ser tan profunda como la de la clase social: la brecha que divide a sabios de ignorantes y que hace de la política una ciencia capturada por la experticia de quienes conocen las razones, frente a quienes solo les cabe obedecer.

No hago esta discreta cuña filosófica de puro pretencioso. Es Jorge Castro quien puso la cuestión de las inteligencias en el centro de su campaña por la alcaldía de Valparaíso. Su controvertida inserción en un periódico local, dirigía su ofensiva hacia sus opositores con una fórmula que resultaba abiertamente paradójica. Por una parte, denostaba la figura de Leopoldo Méndez como un personaje con pocas luces para comprender la complejidad de la gestión municipal. “No entiendo lo que Leo”: así se ironizaba con la silueta del rapero enfrentado a un gráfico de barras como símbolo de las competencias necesarias para asumir una alcaldía. En el otro extremo, los ataques apuntaban al hoy electo Jorge Sharp, calificado como “el candidato de quienes se sienten intelectualmente superiores”, y como quien pertenece al grupo de quienes nunca ha trabajado con sus manos. Así, por un lado, se descalificaba a quien no sabe de política al mismo tiempo que se enviaba un mensaje a la clase trabajadora sobre su distancia con este joven universitario que criticaba con análisis densos  y palabras difíciles.

Hoy cuando el candidato del oficialismo ha sido derrotado, el fracaso de su estrategia insinúa chispazos que van en otra dirección. Finalmente la ficción que separa a quienes trabajan con sus manos de quienes ocupan su cabeza parece haberse deshecho y tendido una trampa a Castro. Resulta que los vecinos ya no estaban tan cómodos con esta división “evidente” a partir de la cual sólo resta ser conducidos hacia el desarrollo. Resulta que una mayoría importante decidió reconocer la palabra  inteligente que se les había sido dirigida y responder a ella a través del voto.

Lo de Sharp, sin duda, fue sorpresivo. Ninguna agencia técnica –de esas “especializadas” en tendencias electorales– pudo anticiparse a que el candidato aparecido de unas primarias ciudadanas –con votaciones hechas en la precariedad de centros culturales, almacenes de cerro y juntas vecinales– iba a superar la suma de los votos de los partidos tradicionales. Ninguna encuesta olió que la organización vecinal –esa que forma parte de una lírica romántica siempre desestimada–, iba a desnivelar la balanza.  Pero el grano de arena ya se había introducido y trabado la vieja y fatigada máquina de la desesperanza electoral. En efecto, muchos de los votantes de Sharp no esperaban el triunfo. Lo obvio era que ganara uno de los de siempre. ¿Por qué fueron a votar entonces? Se trataba, ante todo, de un rugido de ratón ante una política chata, sin proyecciones, turbia y llena de frustraciones cotidianas: que la basura, que el mall, que la mafia inmobiliaria,  que el borde costero, que la deuda a los profes, que el abandono de los cerros… mil y un razones sabidas pero nunca escuchadas. Se trataba entonces, simplemente, de no ceder y darle otra vez el voto al “menos malo”. Se trató, esta vez, de un voto digno. Si hay algo que fue clave en el voto de los porteños a favor de Sharp, fue el compromiso con el propio descontento y con la posibilidad de decirlo en las urnas, aun cuando ello no llevase a ningún resultado. El triunfo de Sharp en Valparaíso fue fruto de voluntades sin cálculo, lejos de la suma y resta propia del mezquino cominillo electoral habitual.

Valparaíso dio muestras de que el orden de la política puede ser alterado y re-inventado. Contra la cansina tendencia nacional, se ha ganado algo más que un sillón municipal. Simbólicamente se ha ganado mucho. Se ha ganado una cuota de incertidumbre que renueva el paisaje de lo que puede ser la política venidera. Se ha ganado una mirada algo menos mortecina. Esta noche, en Plaza Victoria –aquella plaza donde hace algo más de un año, dos jóvenes morían asesinados en una manifestación–, hubo cantos y banderas que abrazan un nuevo entusiasmo, el entusiasmo de una ciudad que puede pensarse más allá de todo pronóstico.


Profesor de Filosofía en el Instituto de Asuntos Públicos de la Universidad de Chile y en Colegio Alonso de Quintero