Hay una frase con la que cierta izquierda abstencionista justificó la falta de participación en las recientes elecciones municipales. Esta no era otra que “si el voto cambiara algo, sería ilegal”. Casi como un mantra al decirla, escribirla y compartirla en Twitter o Facebook, se justificaba por completo el hecho de no participar manteniendo, así, la necesaria distancia de quien no busca contaminarse con un orden corrupto, por un lado, y por otro, dejando la verdadera política de la acción directa fuera de la escena electoralista.

Debe ser mencionado que esta frase se adjudicó, casi todo el tiempo, a Eduardo Galeano. Con plena confianza en el algoritmo -que en la forma de meme repetía una y otra vez esta frase- la izquierda de la abstención se complacía en sustentar su rechazo al acto eleccionario teniendo como referente a un hombre de izquierda juicioso y de acción. La voluntad puesta en el algoritmo llevó a pocos a verificar si la frase era correcta o si correspondía a Galeano. El algoritmo parece conocer a la izquierda abstencionista mucho más que lo que ella misma declara de sí. Basta con una frase de tono radical como aquella otra “la revolución nunca se ha logrado desde las urnas sino en la lucha y en la calle” para hacer respirar hondo al hombre de izquierda y dejarlo tranquilo esperando por otros buenos hombres de acción como ellos que tomarán el cielo por asalto y lo cambiarán todo sin la necesidad de legitimar nunca con el voto a una democracia ruinosa.

En este punto creo necesario indicar que la democracia, a pesar de la alta abstención, no está en ruinas. No por lo menos ésta, una democracia elitista y corporativista que ha incorporado en su diseño político la inscripción automática y el voto voluntario. En más de un sentido, la transformación del voto obligatorio por uno voluntario no hace sino verificar el paso de un orden republicano del compromiso cívico a un orden neoliberal de la elección personal. Tal como fue dicho en el momento en que se debatía la necesidad de cambiar la obligatoriedad del voto en Chile, el modelo que sustenta el diseño político de la inscripción automática y el voto voluntario no es distinto al usado por el retail y la banca: independiente si usted quiere esta tarjeta o este crédito, aquí está, de modo automático ha sido generado para usted, puede utilizarlo o no, “eso es voluntario”. Lo que mueve la decisión de utilizar “voluntariamente” la mercancía ofrecida es la ganancia individual. De igual modo funciona la inscripción automática y el voto voluntario: ahí está usted inscrito, puede votar o no, “eso es voluntario”. Lo que mueve la decisión de votar es la “ganancia individual”, y como hace años que sentimos que no ganamos (salud, educación y previsión social), no votamos. La abstención, entonces, es constitutiva del orden de la democracia elitista y corporativista. Es por ello que la abstención no es una interrupción al diseño de la democracia sino que le es consustancial. No hay subversión o radicalismo en no votar es, simple y nuevamente, seguir la orden del algoritmo social del neoliberalismo.

Entonces, ¿qué hacer? Simplemente, lo inesperado. No dejar que nuestra voluntad descanse en frases mediatizadas y averiguar, por ejemplo, que la frase “si el voto cambiara algo, sería ilegal” fue dicha por la feminista anarquista Emma Goldman quien apoyaba la lucha por la emancipación de las mujeres y su derecho a voto, pero lo encontraba insuficiente. No dejar que nuestra voluntad sea manejada por un diseño político de corte neoliberal y hacer lo inesperado: involucrarse, participar, activar pequeños espacios de debates, narrar la política con otros sentidos distintos al de la ganancia individual, comprometerse cívicamente en lo que nos toca diariamente. Y ¿votar? por qué no, si a pesar del diseño neoliberal es posible tener representantes como Jorge Sharp, Rosario Carvajal y Jaime Parada, entre otras y otros. La gran revolución, ésa con mayúsculas por la que espera el Hombre de Izquierda (también con mayúsculas), no llegará compartiendo frases en Facebook, sino que transformando el sentido de la democracia. Y para aquello también es necesario recuperar el espacio que las elites y corporaciones han ganado en la política partidista.