Sharp y Jadue son la refutación práctica de la tesis de Lagos-Eyzaguirre. Esta tesis decía: las reformas han de ser “responsables”, lo cual equivalía a no hacer reforma alguna. La tesis Lagos-Eyzaguirre (LE) se impuso en el gobierno apuntaladas desde los partidos de la Nueva Mayoría, pero articulada desde el intento absolutamente vano por reeditar la fábula de Chile que estructuró a la “transitología” como razón de Estado. La tesis Lagos-Eyzaguirre implicaba cambiar la retroexcavadora por la mesa consensual para así renovar los acuerdos cupulares que se dieron con fluidez durante los años 90 entre poder político y poder económico. Ponce-Lerou y su matrimonio con la hija de Pinochet da la pauta: el poder económico de la burguesía se anuda en un vínculo sagrado (el matrimonio) con el poder político de los hijos de Pinochet (entre ellos, los miembros de la Nueva Mayoría). El gran pacto que formalizó dicho vínculo fue la Constitucion de 1980 que el propio Ricardo Lagos terminará por legitimar el año 2005 al sustituir la firma de Pinochet por la propia y ratificar que todos los conceptos concertacionistas no eran más que conceptos pinochetistas secularizados.

Pero la historia jamás se repite igual. Y, como sabía Marx, muchas veces, lo que tuvo lugar en versión tragedia vuelve ahora en versión comedia. Y una comedia tiene la virtud de que los personajes son capaces de sacarse las máscaras y exhibir lo que son. Este segundo período de Bachelet está marcado por una glorificación de su figura para suturar la descomposición de su coalición. Así, desglorificada la mandataria, expulsada la máscara.

Las municipales han sido la exhibición de dicha comedia en cuyos enormes niveles de abstención se ha visibilizado lo que los partidos de la actual Nueva Mayoría no quisieron jamás atender: la cuestión propiamente política de la crisis de legitimidad. De hecho, podríamos decir que la Nueva Mayoría fue una coalición armada para impedir ver dicha crisis, para extender un poco más el relato transitológico de la fábula y, eventualmente, tener la posibilidad de reeditarlo en un nuevo ciclo histórico. Toda la Nueva Mayoría se articuló en función de la conjura de la potencia popular abierta desde el 2011. Creyeron que era fácil, que bastaba con personalizar dicha potencia en la figura de Bachelet, pero rápidamente las encuestas comenzaron a decir lo contrario.

A contrapelo de la tesis Lagos-Eyzaguirre, los triunfos de Sharp y Jadue muestran que lo que hay que hacer es impulsar la radicalidad de las reformas evocadas por las diversas movilizaciones populares; ir por un proyecto común que convoque a la potencia popular cuya fuerza no ha dejado de actuar. De hecho, la enorme abstención que ha tenido lugar en las recientes elecciones municipales se contrasta con una enorme participación popular que no se ha visto interrumpida desde el 2011. La movilización va en alza y la representación decae, la movilización irriga las calles y la oligarquía queda aislada. Mantuvieron el CAE mientras caían sin saberlo, después de las municipales, la Nueva Mayoría se volvio una Vieja Minoría.

La potencia popular es una sola, pero que acontece de manera múltiple. Sea convocada desde el problema estudiantil, ecológico, trabajador (portuarios o mineros) o desde la consigna no más AFPs o feminista (“ni una menos”), la potencia popular se cristaliza en cada uno de dichas instancias, recorre las calles y las llena de imaginación. Sharp convocó a una amplia coalición de izquierdas para derrotar al “duopolio”, Jadue realizó una gestión clave abriendo la posibilidad de las farmacias populares. No importa que uno sea autonomista y el otro comunista (que uno no sea de la NM y el otro si), lo importante es que ambos se han pronunciado a favor de la profundización de las reformas que ha imaginado la potencia popular.

Pensar que la “abstención” es un problema es seguir pensando en términos técnico-procedimentales y obliterar la cuestión más decisiva: la legitimidad. No es la abstención es la legitimidad, no es la economía es la política lo que está de fondo aquí. Si Sharp y Jadue han ganado sus respectivas alcaldías (Jadue ratifica un segundo período, Sharp estará por verse cómo se desenvuelve en Valparaíso), si la abstención electoral estuvo cerca del 70%, y si la derecha ha recuperado sus comunas emblemáticas es, básicamente, porque la Nueva Mayoría no llevó adelante las reformas exigidas, porque la Nueva Mayoría se configuró para impedir que dichas reformas pudieran tener lugar, porque la Nueva Mayoría terminó por sacarse la máscara y mostrándose como una coalición económico-gestional y no político-estatal, una coalición que pretende negociar con y no revocar a los poderes fácticos.

 Acaso el voto castigó a los candidatos de la Nueva Mayoría, antes que a los de Chile Vamos, porque los primeros fueron abandonados por sus propios electores quienes muchos de ellos, querían llevar adelante reformas que su propia coalición ha terminado por abortar. La “abstención” es un efecto de la crisis de legitimidad que atraviesa al sistema político. Pero tal crisis no se debe ni a la inercia de una coalición, ni a su estupidez en la gestión, menos aún al poco carisma que inspira la presidenta, sino a que la intensidad de la potencia popular que no ha dejado de habitar las calles. Una potencia que se expresa en los diversos movimientos sociales, y que ha terminado por exhibir la dimensión fáctica de la democracia “corporativa-financiera” liderada por la Nueva Mayoría.

Pero, no basta con decir que existe una “crisis de legitimidad”. Es preciso especificar al sistema que está en crisis, a su historia y a sus formas de ejercicio del poder. El sistema que está en crisis es aquél emergido del sagrado vínculo entre Ponce-Lerou y Verónica Pinochet, entre el poder económico y el poder político consolidado en la Constitución de 1980 impuesta en dictadura y ratificada “cupularmente” en democracia. Como tal, la “crisis de legitimidad” hay que pensarla en el registro de lo que ha sido la matriz del poder en Chile.

Y bien ¿cuál es dicha matriz? A mi juicio, es la forma pastoral cristiana que, desde la conquista, la colonia y posteriormente en la construcción de los Estados independientes articularon una forma “económica” de ejercicio del poder. Que la casa presidencial se haya identificado con La Moneda resulta más que sintomático al respecto. Sin embargo, dicha matriz pastoral sufrió una radicalización fundamental con la penetración de la lógica neoliberal implementada desde la dictadura por los teóricos de Chicago. Su “poder individualizador” artculó a individuos, familias, escuelas, universidades bajo la forma “empresa”. No sólo el patrón de acumulación desarrollista mutó en un nuevo atrón de acumulación flexible y trasnacional, sino que además, el criterio con el que se evaluará a los Estados será un criterio abiertamente económico: como vio el mismo Foucault, el problema clásico de la “legitimidad-ilegitimidad” queda desplazado por el problema neoliberal del “éxito o fracaso”. El nuevo “régimen de verdad” examina al Estado con ojos económicos y, por tanto, la antigua matriz pastoral encuentra aquí una radicalización fundamental. Me parece que es dicha forma la que ha sido impugnada. La forma pastoral cristiana que funciona como matriz del Estado subsidiario de corte neoliberal la que está en cuestión. Además de su poder individualizante, el pastor es aquél que “supuestamente” sabe como conducir a sus ovejas. Sabe cómo gobernar. Y precisamente: la potencia popular no ha necesitado pastor alguno que le conduzca, sospecha enteramente de aquellos que dicen conducir al pueblo en aras de su propio bien. Y, si bien el discurso neoliberal le ha dicho a los individuos que cada uno puede ser su propio pastor (un protestantismo empresarial), las movilizaciones sociales acontecidas en los últimos años impugnan esa forma de subjetivación que se expresa en el rechazo generalizado a la capitalización individual promovidas por las AFPs, a la privatización total de la educación nacional, al desastre ecológico promovido por un abierto compromiso de la legislación vigente con las grandes trasnacionales mineras, el movimiento “ni una menos” que impugna la impunidad de la violencia masculina en el espacio privado precisamente, protestando en las calles.

Pero el efecto más profundo de la lógica neoliberal ha sido la instalación de la cesura entre lo social y lo político. Dicha división la encontramos claramente en Frederich Hayek cuando distingue entre el mercado y el Estado. Tal cesura es enteramente neoliberal en cuanto lo social aparece reducido al dispositivo gremial (la reivindicación estudiantil es sólo estudiantil, la ecológica es sólo ecológica, todo se “individualiza” para su administración) y lo político termina identificado excusivamente al dispositivo oligárquico (el discurso ya cómico a esta altura del “deber cívico” como único lugar de expresión política resulta enteramente excedido por los acontecimientos). El primero podrá hacer protestas que serán administradas eficazmente por el segundo gracias a sus “mesas de diálogo” y a la precarización laboral que promueve. Desactivar esta cesura significa ver en lo social la revocación de la división social del trabajo, en lo político la vitalidad de lo social que excede a su cristalización oligárquica.

Para eso, necesitamos una concepción impersonal de lo común que funcione como una potencia capaz de cobijar las imágenes evocadas por las calles. Pero aquello no se encuentra ni en las aulas de una academia, ni en los intelectuales orgánicos que pudieran circular en algún think tank  sino en la potencia popular que, a través de sus diversas expresiones, ha imaginado a un país más allá del enclave teológico-económico de la razón neoliberal. Una potencia popular que jamás puede hacerse visible como tal sino tan sólo a través de sus múltiples expresiones que la singularizan. ¿Cómo se singulariza dicha potencia? Gracias a la imaginación que irrumpe y que da lugar a diversos “agenciamientos” que pueden asumir múltiples formas.

Revocar el dispositivo pastoral de la razón neoliberal significa imaginar otro modo de vivir-juntos que se actualiza en la reelección de Jadue y sus “farmacias populares” y en la promesa de Sharp y su compromiso en contra de la desigualdad. Revocar el dispositivo pastoral de la razón neoliberal significa liberar la potencia popular de su captura personalista, asumiendo que en el Otro no hay más que “nadie”. “Nadie” nos espera, “nadie” está del otro lado para salvarnos, ninguna persona –ningún pastor- está “detrás” de la razón neoliberal. Deponer la cesura entre lo social y lo político impuesta por la razón neoliberal, quizás, implique imaginar una nueva Unidad Popular. Unidad Popular que no sea devorada por el poder pastoral, su filosofía de la historia, sus actuales ensambles bancarios y que, sin prescindir de un horizonte estatal-nacional se abra hacia un carácter enteramente cosmopolita (como forma política de impugnación a la “globalización” neoliberal). Quizás, la Unidad Popular del siglo XXI deberá asumir la única fórmula abiertamente revolucionaria: que lo único que puede salvarnos es que no hay “nadie” para salvarnos.


Académico, Universidad de Chile