La carcoma de la derrota se hizo de la Nueva Mayoría y de la derecha. Es el sistema el que fue derrotado. El gobierno adjudica la debacle a la Nueva Mayoría y ésta al gobierno. Y la derecha celebra que la abstención no la tocó tanto.

Para otros, el alcalde Jadue de notable votación, no existe abstención, no hay municipalidades emblemáticas, no pierde la NM, la Derecha no habría ganado nada y la NM no habría perdido nada tampoco. Raro.

Y como ícono del fracaso, será recordado por mucho tiempo el retrato feliz de la diputada Karol Cariola con su amigo, Leopoldo Méndez.

Lo que ha sido derrotado el domingo es una cultura política de origen inmoral y que se apolilló mediante la incursión de aquellos que se aprovecharon de la lucha de todo el pueblo y que se hicieron de una riqueza impensada afirmados en el legado pinochetista que administraron con notable entusiasmo.

El llamado a escuchar de la presidenta tiene mucho de atrasado y más aún de cínico: es ella misma quien no ha querido escuchar sino a quienes le avivan, torcidamente, la cueca.

Y el talante oscuro de Ricardo Lagos será la anticipación de su negativa a competir en las presidenciales. Ególatras de ese calibre no pueden quedar al arbitrio de posibilidades. Más aún si los radicales se afianzan y con ellos el fantasma Guillier.

Josefa Errázuriz despliega una soberbia tal que su discurso corresponde a quien ha ganado. Carolina Tohá se revuelca en su fango luego de que la gente le cobrara sus arrestos tiránicos reprimiendo estudiantes, persiguiendo los coleros de la feria y abandonando a su suerte la ciudad. Y luego de ser sorprendida recibiendo dineros de aquellos que estuvieron detrás, delante y al lado de los asesinos de su padre.

Las ideas de una mejor sociedad, libertad, fraternidad e igualdad hace tiempo que quedaron como palabras antiguas, como piezas de museo que solo tuvieron un sentido práctico hace siglos. Hoy la cosa es más terrenal. Y en efectivo.

El desfonde la Nueva Mayoría que debería estará boqueando sus últimos aletazos, ha culminando así su larga traición a la gente esperanzada.

Esa misma que luchó contra la dictadura y que hoy le da la espalda en un gesto que hay que leer en términos políticos  y no solo por el fácil expediente de adjudicar a la flojera ciudadana: fue una linda manera de rechazar a los sinvergüenzas y corruptos que han saqueado lo que han podido.

La derecha tampoco las tiene todas consigo. Lo cierto es que no ha sido capaz de capitalizar el apolillamiento oficialista. Y a lo sumo, su leve superioridad por sobre la NM se explica más bien porque se abstuvieron menos votantes.

En ese contexto de perdedores que no perdieron y ganadores que no ganaron, resalta un hecho que debería leerse de la mejor manera: el triunfo de Jorge Sharp en Valparaíso demuestra que la participación de la gente en procesos que busquen rearticular un proyecto de izquierda es insustituible.

Las imposiciones mesiánicas de candidatos salidos de la nada, o desde sus propios egos, no sirven, y la proliferación de partidos y agrupaciones de las más diversas denominaciones legales no tiene ninguna importancia por cuanto la gente puede articularse sin la necesidad de aparatos que solo dispersan y dividen.

Se puede hacer política desde la gente si se confía en ella y se la respeta. Siempre se ha podido, pero el drama de la izquierda es que casi nunca ha creído sus propias consignas. Y ha podido más la soberbia de algunos de sus dirigentes y cuando no la egolatría de otros.

Queda claro que las construcciones desde arriba, por muchas buenas intenciones que manifiesten sus discursos, no sirven.

En Valparaíso, de ser bien entendida por las buenas personas que con las mejores intenciones intentan algo más que marchar levantando el puño, lo que nace es una amenaza que estará siendo leída con miedo por los agentes del duopolio. Y con esperanza por la gente despreciada.

Todo el poder a la gente es una consigna peligrosa que a algunas personas de izquierda le genera urticaria. Pero es la única que sirve.

Lo de Jorge Sharp y sus compañeros en Valparaíso no es ni una casualidad ni puede ser caracterizado como una sorpresa. Al contrario, es el resultado necesario de la aplicación de una lógica política correcta. Y de una inteligencia colectiva creadora de la mística necesaria para ganar.

Un resultado como ese en el actual contexto, en que el duopolio se revuelca en la inmundicia de la corrupción y el abandono a la gente más castigada, se hace cada vez más necesario de replicar y perfeccionar.

Y, en breve, entender que ése es el desafío para la izquierda atomizada.

Hace dos meses escribíamos respecto del Pacto Urbano La Matriz:

“La pregunta surge por sí sola.

¿Es que solo en Valparaíso se puede dar a la movilización popular el rasgo esencialmente político que adquiere al momento de levantar una candidatura mediante una consulta popular?

En esa experiencia hay un germen que en breve deberá ser emulado porque quienes entienden que es necesario pasar a otro nivel en la lucha en contra del sistema.

Que ya no es suficiente el puño en alto, la bandera bravía, la numerosa manifestación airada. Y que es necesario pasar a la más vasta y decidida ofensiva mediante el uso de los mismos mecanismos de legitimación del que han venido abusando durante  decenios.

Hagámonos de sus armas y apuntémosles con ellas.

Las elecciones pasan a ser momentos de lucha en las que el pueblo movilizado, es decir, seducidos por un idea que lo dispone a los mayores sacrificio para la victoria, se enfrenta al sistema con las armas que ellos han diseñado para la manipulación, pero que en las manos correctas, como toda arma, se transforma en una eficiente herramienta de cambio”.

Los resultados del domingo refuerzan la idea de que por ahí va la cosa. Aún no se acaba el duopolio, pero le queda menos.