La alta abstención electoral registrada en la elección municipal del 23 de octubre (23O) pasado, o la manifestación mayoritaria del “partido de los no electores” ha generado una amplia discusión y polémica. Las posiciones que se asumen van desde aquellos que lo condenan a aquellos que lo defienden. Las formas y los argumentos que se utilizan van desde los más académicos y políticos a los más vulgares y ofensivos. De todo hay, buenos y malos argumentos en un sentido y otro. Pero, en general, diría que hay mucha ignorancia política e incertidumbre sobre el tema.

Ahora bien, como un analista que estudia la abstención electoral y el comportamiento de las y los ciudadanos abstencionistas desde el año 2003 hasta la actualidad, no me extraña. Puesto que, el abstencionismo, como fenómeno y problema político, fue ignorado y despreciado por las ciencias sociales, durante todos estos años. No solo despreciado por los cientistas sociales sino también por la clase política y los actores políticos conformes con la democracia protegida.

He analizado la problemática durante esta última década no solo desde una perspectiva cuantitativa o estadística sino también cualitativa. Fui uno de los primeros en plantear que los no electores iban a determinar los futuros procesos electorales de la democracia protegida, cuando 1997 emergió el partido de los no electores. Y, así ha sido desde esa fecha hasta el día de hoy. Los no electores eligen sin elegir (a los interesados pueden consultar mi libro Política, Democracia y Ciudadanía en una sociedad neoliberal, Chile 1990-2010, CLACSO-ARCIS, 2010).

Una década de estudio me permiten sostener que la manifestación del abstencionismo el 23-O tiene una estructura sociológica y política muy profunda y muy sólida. Diría que lo que observamos en la pasada elección fue la punta del iceberg abstencionista, del cual no sabemos casi nada. Dado que no hemos comprendido los porqués de su obscuras dimensiones políticas e históricas. Pues, su estructura aún permanece oculta para la gran mayoría de las y los ciudadanos como también para los analistas de la política nacional. Algunos con unos cuantos datos estadísticos hacen mofa de un tema serio y delicado como es la abstención electoral.

La abstención electoral ha sido siempre el “patito feo” de los estudios de la ciencia política nacional. La politología analiza los procesos electorales sin prestarle mayor atención al fenómeno abstencionista que no es nuevo, que no es reciente, ni se forjo con el “voto voluntario”, sino que se trata de fenómeno de larga duración, o sea, un problema estructural del régimen político nacional, de la “democracia protegida”. Y, sobre todo, una consecuencia política de la dominación neoliberal en Chile. Los analistas conformes con el sistema que no la vieron ayer y si la ven hoy es solo para denostar a las y los ciudadanos que no fueron a votar el domingo 23 de octubre.

La abstención electoral actual no puede ser comparada como lo hizo, por ejemplo, Marta Lagos con la no participación ciudadana en los procesos electorales del siglo XIX o XX, hacer esa una gran equivocación analítica. En aquellos tiempos, especialmente, durante el siglo XIX, no existía una democracia en forma en Chile, sino regímenes electorales autoritarios, donde el sufragio estaba restringido. Y, en el siglo XX, los regímenes políticos electorales limitados y excluyentes. La gran masa ciudadana estaba legalmente y políticamente “excluida”, o los procesos electorales dominados por el cohecho, la manipulación o el fraude. Por lo tanto, la decisión de no participar no era una decisión ciudadana sino más bien un acto político del poder constituido. En la actualidad, tal vez, esas formas de poder sobre el electorado sean distintas o más sutiles, pero, no existe un cuerpo legal, que excluya o niegue el derecho al sufragio de las o de los ciudadanos como en otros momentos de la historia política nacional. Para los grupos dominantes, el voto o el derecho al sufragio de los sectores subalternos siempre ha sido considerado un peligro. Este es un punto que merece otro análisis, pero sobre el cual habría que volver y hacerlo, pues lo que implica en la actualidad “no votar”.

Pero más allá de esas situaciones históricas. La contundente decisión política de aproximadamente, 9.5 millones de ciudadanos restarse a participar debiera ser respetada y considerada, primero, como una decisión política seria y, en segundo lugar, como un problema político trascendente que interpela a todo el sistema político nacional.

La decisión adoptada por 9,5 millones de ciudadanos debe ser respetada. Y, debe ser considera como un problema político obscuro y profundo. Fundamentalmente, porque la ciencia política como la sociología y la historia política reciente no tienen respuestas para dilucidar el enigma abstencionista.  Desconocen, por ejemplo, las insondables motivaciones que tuvieron las y los ciudadanos para no votar. Y, no aceptar como una “verdad” aquellas respuestas que entregaron a los encuestadores del PNUD que realizaron una “auditoria” de la democracia chilena. Esas respuestas son la punta del iceberg, las razones profundas no se conocen. Los métodos y formas que la ciencia política -de inspiración anglosajona dominante en Chile- no sirven para conocer y estudiar tanto a la abstención, como fenómeno político colectivo, como a las y los ciudadanos no electores. Ante esa esterilidad investigativa lo mejor es el silencio.

Por otro lado, lo absurdo de las elecciones del domingo 23-O es su naturalización política que realizan tanto analistas como los actores políticos de todos los bandos como algo normal. Un aliado para producir esa normalidad han sido los medios de comunicación. Ello son actores centrales en la producción simbólica de dicha naturalización. Esta es muy peligrosa, pues busca presentar como normal un acontecimiento político que, a todas luces, fue un acontecimiento político anormal.

No es normal, por ejemplo, que un cargo público tan relevante como una alcaldía sea asumida por un candidato con, tan solo, el 6% de las preferencias ciudadanas. Ello significa que el 94% de la ciudadanía que voto, ya sea, por otros candidatos como aquellos que no lo hicieron, tienen una postura contraria o de total indiferencia. Asumir bajo esas condiciones es una anormalidad política, aunque sea legal no es legítima.

Siendo la comuna de La Pintana, una de las 12 comunas de la Región Metropolitana donde he analizado -desde el año 2003 hasta la actualidad-, el comportamiento de la abstención, puedo sostener con toda seguridad que no fue “indiferencia o apatía política” lo que predomino el 23-O, sino, esencialmente, un estructural “rechazo ciudadano” a la forma como se ha practicado la política en esa comunidad en los últimos 26 años. Para muchos de las y los ciudadanos no electores la democracia nunca llegó a la comuna de La Pintana, de ahí el profundo malestar con la “política” y la clase política local, pero también nacional.

El rechazo a la democracia impuesta por la dictadura y por los gobiernos concertacionistas es profundo y se ha estructurado en largo tiempo: son diversas las generaciones ciudadanas que lo manifiestan. Para percibir y conocer ese rechazo no basta con ir y preguntar en una encuesta porque no voto. Muchos, van a responder que perdieron el carnet o les dio flojera o cualquiera de las respuestas que los “cientistas sociales” como los del PNUD registraron y transformaron en un dato estadístico duro. Otros, los politólogos, por ejemplo, dirán que, de acuerdo a modelos analíticos de la abstención estadounidenses, los sectores populares, La Pintana, por ejemplo, no votan porque son menos educados, menos informados, o simplemente, son pobres, etcétera.

Lo cierto es que las argumentaciones políticas de las y los ciudadanos de La Pintana son mucho más sofisticadas que las estadísticas que registra la auditoria de la democracia o los supuestos de los modelitos conductuales de la politología norteamericana. Me pregunto cómo explicar la abstención registrada en las comunas socioeconómicas altas como Providencia (63%), La Condes (64%), y Vitacura (55%), por ejemplo. Obviamente, allí las explicaciones y las argumentaciones son distintas de las que desarrollan los ciudadanos de La Pintana (79%) o Lo Espejo (76%) o Cerro Navia (69%). El problema de abstención es social y políticamente transversal.

La democracia protegida se sostiene por un activo grupo de ciudadanos electores que también, por diversas razones, votaron el 23-O. Por cierto, la alta abstención, la vuelve mucho más elitista de lo que ha sido durante estos últimos 26 años. Pero, no puede negarse su crisis.

Negar sus crisis con el objeto de alabar o destacar determinados triunfos de grupos políticos alternativos, importantes pero insuficientes, es tan equivoco como sostener la normalidad del régimen político actual.

Tengo la convicción que muchos de las y los “no electores” tienen un profundo malestar con la “política”, y el 23-O, lo han manifestado. Ese malestar debe volverse activo y transformarse en un hecho político trascendente. Debe servir de base para cuestionar abiertamente lo que intenta realizar el poder constituido perpetuar la “mala democracia”.

Pensemos y reflexionemos con un nivel de rechazo o de indiferencia ciudadana tan alto me pregunto y pregunto si puede funcionar una comunidad política de manera democrática. Tengo la impresión que no.

Por eso lo ocurrido el 23-O no un acontecimiento irrelevante es muy trascendente. Una comunidad política nacional que tenga 9.5 millones de ciudadanos militando en el “partido de los no electores” no puede ser considerar que el régimen democrático es “normal”. El 68% de abstención es solo un problema político para los que hoy han perdido como la Nueva Mayoría o como para los que han ganado, el Chile Vamos, o como para algunos sectores alternativos que obtuvieron, ya sea, un cargo de concejal o de alcalde, es, un problema para toda la sociedad, incluyendo a los no electores.

La pregunta política relevante de hoy es ¿qué hacer? Hay que buscar soluciones políticas viables, imaginativas, transformadoras. El iceberg abstencionista es poderoso, grande y no es posible eludirlo. Hace 26 años que venía conformándose y amenazaba con chocar y destruir el régimen político de la democracia neoliberal. Este régimen se hunde. Hay que ayudarlo a hundirlo. No hay que argumentar a su favor ni en su defensa. Hay que destruirlo. Pero no atacando a los que hicieron posible su crisis final.


Postdoctorado en Estudios Latinoamericanos,UNAM Ph.D. en Ciencia Política FLACSO-México. Investigador asociado FLACSO