Han pasado trece años desde el último libro de Sergio Muñoz (Valparaíso, 1968) y el autor ya no es el mismo. Su nombre aparece en Lengua muerta (1998) para luego tarjarse en 27 poemas/ Lengua en blues (2002) y Lengua ósea (2003) al lado del seudónimo Gabriel Cereño. Como explica, documenta y versifica allí, antes de que la autoficción se pusiera de moda, su gemela murió en el parto y él fue inscrito como hijo de sus tíos Muñoz y no de su padre biológico Cereño. Este conflicto de identidad que el poeta descubre a los dieciocho años funda su peculiar estilo, en el cual nada de lo dicho es seguro y siempre merodea otro mensaje, recargado, musical, que huye. Lenguas de humo transparente (2016) continua hoy sus exploraciones tarjando también al reemplazante, a la segunda identidad de Cereño, una certeza que no aguantó el paso convulso de la década. La pérdida de confianza en el lenguaje repercutió sobre el nombre que debió recibir al nacer. Muñoz ya no espera del lenguaje la solución o al menos una respuesta de las muchas posibles al vacío de la experiencia ni nos anuncia de antemano las acrobacias formales que realizará en cada texto. Ahora los poemas sencillamente suceden y, desde esa falta de programa previo, emocionan. Clarificadora de las intenciones que agrupan a estos poemas sueltos es la cita de Paolo Giordano de la que Muñoz coge el título: «esperando palabras que no llegaron,/ que flotaron en el aire como lenguas de humo transparente».

Este es el libro que registra la espera de esas palabras que no llegaron: «me forcé a través de años de silencio/ a la transparencia exacta del adiós» y el ripio que constituye el mismo acto de habla. Si ya no se logró callar, estos poemas intentan que ni siquiera se cuenten historias o argumentos en ellos. Ponen en cuestión así las funciones comunicativas del lenguaje prefiriendo las sensaciones que este produce en el oído o al gusto, por ejemplo. Sergio Muñoz asume, en fin, la dificultad que tienen las palabras para representar la realidad o referirse a ella. «Yo me excito sabiendo que entre tú y yo no hay ya palabras sino tiempo» declara en «el río» que se lleva eso propio de la literatura –las palabras– al mar de la música. La música solo puede ocurrir en el transcurso de tiempo requerido para tocarla y escucharla, y a su vez, la poesía de la quinta región ya ha tratado musicalmente sobre el tiempo mismo. Casi se sienten la partitura y la interpretación de Rubén Jacob en el poema titulado precisamente «el tiempo», más propias de la poética de Muñoz en versos de «élitros» como «presentir del presente la simetría que el tiempo esconde en su latir» o la de Juan Cameron en «erratas», suerte de reescritura, de apertura de lo que él cerraba en el poema «Fe de ratas», con ambos porteños reiterando esa máxima «donde dice» tal cosa debe hacerse tal otra.

¿De qué tratan entonces estos poemas nuevos de Sergio Muñoz? Del amor y de la noche, tal vez seudónimos de la muerte, del intento de decir todo aquello en donde el lenguaje se queda corto: «Estoy cavando en un dolor que no sé». O más certero sería responder que aquí la experiencia no es exterior al lenguaje, que estos poemas no tratan sobre algo fuera de ellos mismos, de la exploración de lo que alguien religioso llamaría el misterio o un sicoanalista buscaría en los sueños, porque estos poemas ofrecen su propia lógica interna y pasan de una escena a otra de modo onírico. Muñoz lo ejecuta con falsas subordinadas, ideas que supuestamente justificarían otras, pero que más bien se yuxtaponen, expuestas de modo equivalente en el «todo vale» de la poesía. Por vía de alejarse del habla coloquial se acerca paradojalmente a ella, porque irse por las ramas es justamente la manera que tenemos de conversar tan lejos de la fuente de nuestra lengua. Muñoz opera sin más puntuación que las interrogaciones que lo mueven, sin mayúsculas, secciones ni propuestas gráficas. El lenguaje al desnudo como esos amantes que cada tanto aparecen y que también son sujetos distintos cada vez. Ambiguos, sonoros. Como el humo, transparente, además, estos poemas optan por ser inasibles, por mezclarse con el aire. Pueden a la larga ser cualquier cosa, así en el poema «Underwood»: «que es un cetro que es una cabeza que es un bolígrafo/ que es un peinado que es una caja que es un río/ que es un pájaro muerto     tal vez un collage resucitando». La recurrencia de estos dispositivos abiertos, inconclusos, en los que se puede entrar o salir varias veces durante el poema, amplían su campo de batalla obligando a un lector activo que vaya retirando las minas antipersonales desperdigadas por ahí.

Es reconocida la afición de Muñoz por la numerología: el libro tiene los mismos veintisiete poemas que Lengua en blues y uno incluso titulado «27». Comienza con «toda la nostalgia», termina con «su útero» y está marcado efectivamente por ese recorrido en reversa «entre lo que somos y fuimos». El título del primer poema cita el de una canción de Thelonious Monk a su esposa, pero dista de tocar solo algunas notas como el jazzista. Más bien recuerda la densidad que desarrolla T. S. Eliot al comienzo de Los cuatro cuartetos. «Estar aquí es estar en todas partes     y si no es el fin/ es al menos el retorno al río o a algo que se le parece» dice Muñoz y el ronroneo de las aliteraciones invita rápidamente a leer en voz alta esta poesía alineada con los ciclos vitales de la naturaleza. El agua baña casi todo el libro y «vuelve una y otra vez al tacto enceguecido» en el poema «karma». También al amor: «cuando ya nadie nos mire/ jugar a presagiar las lunas y las sombras de las lunas» y su reverso: «la caricia exacta y dolorosa de un adiós que dice adiós». Resulta de interés cómo prueba los límites en los que se agotarían los mecanismos de lo amoroso en el extenso poema que da título al libro, por ejemplo, haciéndose cargo de una tradición que parecía extinta luego de Gonzalo Rojas, a quien Muñoz cita a menudo. La palabra que para el lebulense es un aire, un aire, aquí se renueva como humo transparente y como la amada, que en otra voltereta histórica, es quizás una excusa para jugar con estas sílabas a la manera de los poetas provenzales.

Con todo, el principal ímpetu de este libro parece ser el de escrutar sus propios mecanismos, militar en la metapoética que escribe «como un flujo que gira eternamente/ en un cielo fijo». Muñoz dimite de la denuncia o la anécdota cotidiana a la que nos tiene acostumbrados la poesía nacional. En Lenguas de humo transparente no hay afán denotativo y se toma la molestia de explicarnos cada tanto por qué: «pero así es el día     contradictorio y efímero/ y lo llenamos de pequeñas ocupaciones/ de las que no sabemos gran cosa». Muñoz escribe la poesía de lo otro, de lo que está por arriba o por debajo, más bien a través del tráfico diario. Lo que vivimos son apenas manotazos, «detalles que al morir alguien conocerá por nosotros». Por mientras quedan sus ganas de aferrarse a algo, de recuperar algo a la manera de Jorge Teillier, resistiendo, mirando atrás, pasando a la retaguardia con los barrocos, aunque el mismo Muñoz se desmarque diciendo que «las cenizas de su trino me hicieron reír con los ritos de una severidad que no era mía». «Y si nada de esto vuelve?» se pregunta con las oscuras golondrinas de Bécquer, pienso, pero se responde un poco más allá, con la hermana nonata y la distancia de la esposa, otras partes de sí que se alejan y que, insisto, están más cerca del simbolismo que del cotidiano «donde te vas porque te vas no más». En días en que todo se conoce de antemano por el acceso a la información y a los cuerpos, Muñoz nos acerca, por último, a lo imposible: «he acariciado/ tus manos y tus senos como si no los conociera». La estrategia no es encandilar como manda la época sino cubrir con muchas capas la fuente hasta que tomemos conciencia de los mínimos rayos que podrían colarse entre ellas: «pondré tierra y hojas que buscarán la luz».

 


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