Si uno se da el esfuerzo de leer y analizar la historia latinoamericana desde una perspectiva sociocultural, uno podrá darse cuenta de cómo la Iglesia y en un principio las distintas monarquías (también de carácter conservador), fueron quienes sentaron las bases culturales de los respectivos países de la región.

Una cultura promovida por el catolicismo, donde la mujer – que se originó del hombre según la Biblia – está destinada a ser la acompañante del hombre y la encargada de criar sus hijos. Tal como señala en la Biblia en Génesis 3:16: “A la mujer dijo (Dios a Eva): Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti”.

Así, con la imposición y la influencia de una cultura hegemónica conservadora y esencialmente patriarcal (debido a que la Iglesia nunca dejó de tener influencia en el país), fue desarrollándose y creciendo Chile (como también otros países de la región) a lo largo de sus años.

Por algo, recién en 1934 las mujeres fueron lo suficientemente “iguales” como para votar en las elecciones municipales. O en 1952 son lo suficientemente “dignas” como para votar en las elecciones presidenciales como ya lo hacían antes los hombres. Ni hablar de los derechos laborales y reproductivos o lo que es aún el derecho civil chileno, que todavía niegan la igualdad y la dignidad de las féminas en muchos aspectos.

Hoy, más de medio siglo después de la mayor obtención en cuanto a igualdad política de las mujeres, todavía vivimos y padecemos las consecuencias de una sociedad y país patriarcal. Las cifras nos lo dicen: Según la Cepal, Chile es uno de los 4 países con más de casos de femicidios en América Latina, con 40 casos anuales promedio (en el 2016 ya pasamos esta cifra).

También somos un país donde el 88% de las mujeres se ha sentido acosadas sexualmente alguna vez, y donde el 52,7% de ellas afirman haber sido discriminadas por su empleador por ser mujer (datos entregados por La 11º encuesta anual Solo Mujeres de Corporación Humanas). Y más allá, según el Ministerio Público en un informe en el 2011, 17 personas son víctimas de violación y 34 de abusos sexuales diariamente, siendo en el 81% de los casos las víctimas mujeres (en el 96% de las violaciones, los agresores eran hombres).

También a nivel global, cerca del 30% de las mujeres de todo el mundo se verán afectadas por violencia por parte de su pareja. Sin olvidar que casi la mitad (47%) de todas las víctimas femeninas en el 2012, fueron asesinadas por sus compañeros íntimos o familiares, en comparación con menos de 6% de las víctimas masculinas (según data la Edición 2013 del Estudio mundial sobre el homicidio de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito).

Todas estas cifras anteriormente mencionadas, nos hablan de una violencia de género, que está casi naturalizada en nuestra sociedad (gracias a esta base socio-cultural patriarcal). Y claro, tanto conservadores como machistas (que normalmente son los mismos), reaccionan dando datos como que el 80% de los hombres son víctimas de homicidio (y de acuerdo a la ONU el 95% de los homicidas también lo son), que más del 80% de los hombres viven sin techo, que el 80% de las víctimas de suicidios son hombres, que los del género masculino cuadriplicamos el caso de mujeres consumidoras de drogas duras y etcétera. Todas desgracias y realidades que urgen ser cambiadas. Pero que no son violencia de género: al hombre no se le mata por ser del género masculino, no vive sin techo por ser violentado como hombre y lo mismo con los otros casos.

A las mujeres, se les acosa, se les abusa, se les viola y se les mata por ser mujeres. Porque tal como sugiere la cultura patriarcal, la mujer es vista como un objeto más, como un vientre que puede ser alquilado (como diría antes una senadora UDI) por el hombre. A la mujer se le cosifica, sexualmente por sobre todo. Y ese pensamiento de manera explícita y directa (o no), se encuentra en nuestra sociedad, y en gran parte de ella gracias a la educación y formación sexista, que reproduce los roles de género.

Y es ahí, donde parte nuestras desgracias como sociedad bajo el alero del patriarcado. Donde desde pequeñas a las niñas se les enseña a no vestirse de cierta manera provocativa (para cuidarse), a saber cocinar para el marido, se les fomenta a jugar a la casita y a la mamá (por sobre el fútbol y otras actividades que son “solo de niños”), a adorar y admirar referentes no-reales pero influenciables que solo profundizan estereotipos sobre lo que debe ser una mujer (como las princesas). Y más. Dando así origen al constructo social de la mujer dueña de casa, delicada y dispuesta para el macho.

Y el feminismo, además de buscar la igualdad de derechos de la mujer (sean políticos, laborales, sociales o reproductivos) y de ir por una cultura en donde las mujeres no “estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer” (Efesios 5: 22 & 23), ni sean vistas como un objeto al cual hasta pueden acosar (las libertades y derechos de uno se limitan en la dignidad del otro). Además, emancipa al hombre.

“Los hombres no lloran”

El género masculino también es víctima del patriarcado. Ya que la exigencia de ser sinónimo de lo macho, de lo fuerte y de lo dominante, además de condenar a la mujer a lo contrario, le da un gran peso sobre la espalda y una imposición de lo que tiene que ser.

Es así como el hombre es el que históricamente ha ido a las guerras. Es así también, como los del género masculino son los que no pueden estudiar carreras como educación parvularia sin ser vistos quienes lo hacen con asombro (y hasta con burla por parte del resto). Y es así también, como uno no puede abrazar a un amigo y decirle “te quiero”, sin prestarse para la burla o no ser considerado como algo que no supera lo que se denomina una demostración clara de amistad sincera. No, el hombre es el macho, lo rudo por excelencia. Demostrarse suave y sensible, no está permitido.

Y esto conlleva y da origen a las diferentes discriminaciones en cuanto a género, que son para ambos lados. Aunque siendo claramente más perjudicada y violentada la mujer: el objetivo principal de la dominación en la cultura patriarcal.

Por lo tanto, el feminismo nos llama y nos busca emancipar a todos. Que cada uno, dado a su propia individualidad, elija ser lo que más le permita su más sano y feliz desarrollo como persona. Que no hayan más mujeres obligadas a ser madres y a someterse a estándares machistas, que no existan más hombres obligados a ser machos sin la capacidad de expresar libremente sus sentimientos y vivir sus vidas sin barreras ni roles impuestos, ¡no más opresión!

Pero romper cadenas y librarse del yugo patriarcal, cuando hay mitos, es sumamente difícil. Hoy muchos mienten acusando al feminismo de ser anti-hombres o de hacer una mujer un ser intocable. Siendo que solo se pide no criticar a la mujer por ser mujer, sino que sea por sus actos y sus dichos.

Y está la “ideología de género”, el peor mito de todos. Que nace de una reacción conservadora (venida del fanatismo más recalcitrante) hacia el feminismo. Siendo no más que una respuesta del patriarcado ante la lucha de las mujeres por la igualdad de género y la lucha de la comunidad LGTB por la igualdad de derechos, acusándolas a estas de “destruir la familia y la esencia humana”.

Por eso es bueno aclarar que lo natural no es fijo y único, ya que si uno ve la naturaleza, verá a animales como los elefantes (de quienes son conocidos sus lazos afectivos y copulas homosexuales) y los pingüinos (donde el macho ejerce la “maternidad”), que nos dan a conocer la diversidad de familias y realidades que hay en este mundo. Y todas naturales.

El ser humano, siendo sinónimo de animal con raciocinio, tiene además el suficiente empoderamiento racional para evolucionar más allá de lo natural. Las vacunas y los avances médicos, las vestimentas y las tecnologías en general, nos habla de que como una y otra vez superamos lo natural. Así que el argumento de “lo natural”, no sirve para denostar y atacar una conducta o una forma de vida. Aquí se debe discutir con respecto a lo ético, y mientras haya amor, garantización y respeto a la dignidad del otro, no hay por qué preocuparse en cuanto aquello.

Una sociedad inclusiva, diversa, igualitaria (en derechos y en lo social), es una sociedad libre. Es una comunidad donde sus miembros tanto individualmente como colectivamente, se encuentra emancipados, pudiéndose cada uno desarrollar y buscar su felicidad en todo su esplendor. Es por eso que el feminismo al buscar la igualdad de género y erradicar la violencia entre los géneros, nos libera, ya que nos emancipa a cada uno/a de los roles y realidades impuestas que atentan contra nuestra individualidad y el desarrollo de una colectividad sana e inclusiva.

El feminismo, por lo tanto, no nos debe desunir y muchos menos nos debe enfrentar, sino que nos debe unir fraternalmente bajo un mismo fin, objetivo y beneficio. Por eso es tiempo ya, de que mujeres y hombres, nos aliemos y juntos rompamos nuestras cadenas patriarcales.