Las voces reaccionarias instalan el miedo al uso de la palabra sexuada, especialmente cuando es dirigida a jóvenes o niñes. Culpan a la palabra sexuada porque contiene la tentación del pecado y culpan a ciertos escritos de la decadencia moral. ¿Son situaciones absurdas? No, así quedó demostrado con la edición del manual de educación sexual de la comuna de Santiago, que fue calificada y expuesta como una acción pervertida y como un error político, generando una legitimización de discursos autoritarios sobre el cuerpo. Es el temor a la reproducción de una voz impresa que nos habla y a veces de modo tan convincente, tanto que existe un temor a la palabra sexual, como si leyendo y escribiendo cartas, fanzines, manuales, columnas o mensajes la persona se podría extraviar en el deseo de una escritura promiscua, como si leyendo despertara un deseo escondido, un deseo que nos arroja a palabras casi pornográficas, como “sexo anal”, “semen” o “amor vegetal”.

Aquellos que se oponen a que estudiantes de Santiago accedan a la lectura de un manual con 100 preguntas sobre sexualidad, son adultos atormentándose porque aún creen que los niños y jóvenes no saben sobre sexualidad, adultos otorgando a un conjunto de palabras el poder de transformar radicalmente las formas de afectividad y mentalidad, como si leer “sexo anal” condujera a más divorcios y más desastres para la familia. Posiciones autoritarias para interpretar la lectura, que dan la espalda a los datos que dejan evidencia del incremento del VIH en jóvenes, en nuestras amigas y compañeras, ignorando además que los mismos estudiantes aprenden primero sobre parafilias, como la zoofilia, en videos porno que circulan en internet. Son restrictivos los marcos de discusión sobre sexualidad, como si ciertas publicaciones incitaran a la perversión, Porque este debate público nos demuestra que la sexualidad sodomita en Chile sigue siendo considerada una práctica denigrante. ¿Pero es así? ¿Es acaso que las palabras sobre sexualidad tienen ese poder de emancipar la vida y cambiar los destinos? ¿Por qué se obstina el conservadurismo nacional en clausurar ciertas palabras del sexo?

Foto: Francisco Papas Fritas

Foto: Francisco Papas Fritas

Para Johan Mijail y Jorge Díaz escribir es una práctica política, una forma generosa de colectivizar ideas sobre la emancipación sexual en países donde el conservadurismo sobre los cuerpos y las feministas se expresa cotidianamente, donde a los maricas los siguen golpeando en las poblaciones, donde la violencia sexual contra se vuelve un espectáculo. Quiero pensar su libro con una invitación a la desobediencia sexual. “Inflamadas de Retórica. Escrituras promiscuas para una tecno-decolonialidad”, publicación independiente de jóvenes activistas morenas maricas y feministas, es una provocación y estimulación de escrituras que buscan una “deformación sexual” de sus lectores, citando palabras usadas por un senador de derecha. En el prólogo la poeta Carmen Berenguer califica la publicación que nos reúne como un “libro inusual”.  En sus títulos se expanden “ficciones sexuales”, hay oposiciones como “la academia no existe” o se promueve una “rebeldía corporal”. Este libro fue escrito, no desde la comodidad del artista, sino desde “cómoda incomodidad de la enfermedad” que muchas veces significa la vida activista.

En un ensayo sobre los intelectuales, la autora de “Orlando”, Virginia Woolf, equiparará su pulsión escritural a una enfermedad, como un incontrolable torrente de palabras, que produce malestar. Para la autora inglesa “Esto muestra, como lo haría una erupción o una inflamación, que padezco la enfermedad [se refiere a la escritura]. Y quiero preguntarme cuándo y cómo la he contraído”. ¿Cuándo contrajimos la enfermedad de la escritura? ¿Cuál es la relación entre la enfermedad y la escritura? En “Inflamadas de Retórica. Escrituras promiscuas para una tecno-decolonialidad” muchos textos son escritos desde la enfermedad, desde el agotamiento de cuerpas agotadas de tanta violencia sexista. “Textos afiebrados” que hacen político lo personal. Es el dolor del cuerpo homosexual, frágiles memorias donde la sodomía se presenta lúdica y apocalíptica.

Recojo el diálogo político feminista, experimental y afectivo entre Johan Mijail, quien piensa su extranjeridad inmigrante en un Santiago hostil, y Jorge Díaz, quien desde su experiencia como científico feminista descentra la mirada masculina de la ciencia, y entre ambas, inflamadas de dolor por la morenitud de sus textos orgánicos, nos entregan un libro donde exponen una escritura ubicada entre el ensayo, la poesía, la performance y la bitácora. El libro es publicado de manera independiente, sin apoyo de ningún fondo estatal ni institucional, porque no tiene género, porque son parias, tecno-manifiestos impresos en la urgencia de hacer del tiempo de internet un tiempo político.

Para mí y mis compañeras feministas, este libro es un gran festejo tanto en su escritura sinvergüenza, sin pudor, sin temor al riesgo de escribir de la importancia de politizar el sexo y denunciar los espacios poder. Un texto feminista porque se permite experimentar con la palabra, no escribir desde el autoritarismo hetero-académico. Un libro que es un ensayo a su manera, entrecortado, abierto, un manifiesto poético y visceral. Valoro una escritura situada desde nuestros contextos, donde se piensa desde los blocs sociales, desde la cama con fluidos o desde el wifi de la biblioteca.  Volcar públicamente textos que recogen el resentimiento creativo de maricas morenas manifiesta que el escritor o intelectual tiene un cuerpo más o menos pordiosero. Son porno-revolucionarias, negras que se pintan la negrura para resaltarla, un texto escrito a dos manos, donde se trasponen cuerpos, camas, amantes, trabajos, casas y países.

No es un encuentro hemisférico y armonioso entre Chile y República Dominicana, sino que se conjugan las miserias y se acumula la violencia sexual y colonial que marca a dos nacionalidades racialmente blanqueadas. Una más negra que otra. Una más blanca que otra. Como la trabajadora caleña del strip club que me dijo que su hermana era negra, como el dominicano burlándose de las orejas del haitiano, como el chileno insultado al otro gritándole negro culiao, como el negro condenado a llevar sobre sí la marca de un caribe comercializado.

La inmigración caribeña en Chile está marcada por trabajos precarizados, generalmente los trabajadores inmigrantes no tienen el tiempo ni el deseo de participar en protestas o festivales de culturales, Mijail es uno de los pocos trabajadores dominicanos que conozco dedicado al trabajo de la escritura. Los ojos extranjeros, los ojos líquidos, los ojos secos, permiten apreciar la dictadura corporal que se vive en Chile. Dictadura corporal que disciplinan en la educación, cuando nos hacían separarnos en la fila o rezar a la virgen, cuando nos enseñan que todo el sexo es heterosexual y que debemos sentir vergüenza de la sexualidad.

La ciencia puede llegar a ser un lugar muy conservador, es necesaria una ciencia no-autoritaria, científicos que no sientan exógenos a la sociedad y sus luchas, es así como entiendo la escritura de Jorge Díaz en este libro, quien utiliza una desorganización del lenguaje científico, objetivo, celular, para observar el cuerpo como una máquina de fármacos, imaginarios porno, fluídos y bacterias. Jorge Díaz es activista del Colectivo Universitario de Disidencia Sexual, un colectivo que experimenta con el lenguaje, prácticas artísticas y la política. Muchos de los escritos de Jorge han estado impresos en fanzines, en muros de galerías o medios independientes, en obras de teatro, moviéndose entre colectivos de artes, organizaciones políticas y la universidad. Es necesario cuestionar esos lenguajes científicos sobre el sexo, esos saberes disciplinarios que tienen siempre la autoridad sobre los cuerpos. ¿Por qué el periodismo y la política siguen legitimando sólo a adultos científicos masculinos y médicos higienizados para hablar y pensar la sexualidad? ¿por qué sólo la palabra científica tiene la autoridad para hablar sobre la sexualidad? Hay una búsqueda para abrir otras hablas sobre el cuerpo.

Este libro transgrede los límites disciplinares, es un libro trans, en tanto transita entre la ciencia y el hambre, y la visión celular de lo social, ya que el habla científica es utilizada para pensar no ya lo tradicional sino para producir una ciencia ficción de lo anti-social. Es esta esterilidad, esta política anti-reproductiva, la que pasa a ser el lugar para reescribir los lenguajes normativos de la ciencia sobre el cuerpo. Un libro trans, híbrido, cuando vivimos en un contexto donde los saberes de la ciencia no se entrecruzan con el arte, la poesía, la literatura, la performance o el feminismo. Una forma de desafiar las fronteras del saber, de alterar la comodidad de cualquier académico en los saberes de la filosofía, la ciencia o el género.

Cabe decir, de modo más personal, que escribiendo he conocido a Jorge Díaz y Johan Mijail, a través de la intimidad de compartir ideas, imaginando acciones y marchando juntas, sintiéndonos incómodas de la palabra gay y/o queer como categorías anglo que buscan explicar las vidas no-heterosexuales en el sur. Traficando información juntas en un taller de escritura feminista, reunidas en la universidad, en museos, patios o departamentos para discutir de nuestros feminismos y generar espacios de contra información. Hemos encontrado el feminismo como un espacio mucho más acogedor que políticas neoliberales propias de la política homosexual. Somos desertores del sistema gay friendly porque el cuerpo no nos da, porque las situaciones de violencia continúan, porque las marcas en el cuerpo de la apendicitis, porque es urgente cuestionar el patriarcado internalizado.

El libro aborda el incesante cuestionamiento al signo conservador que, a veces, llega a ser la categoría “mujer” en la política, la universidad o la cultura. Julieta Kirkwood advirtió en los 80 sobre el conservadurismo de ciertas políticas de mujeres, partidistas o de señoras. Las autoras nos invitan a escribir en esta página, rayar el libro y hacer política la poesía imaginando más espacios de disidencia.  Como una consulta pública feminista, donde cada una exprese su deseo para la revolución, ya sea tomarse las iglesias o actuar para funar a mujeres políticas nefastas, como Soledad Alvear, que continúa defendiendo el derecho a la vida de los fetos inviables. El feminismo es una pregunta abierta, una política que no es exclusivamente de mujeres, una política que se moviliza rápidamente en el proceso de politización de lo privado y des-legitimación de la política partidaria. El feminismo es un lugar de rebeldía y oposiciones, espacios para desencuentros, de afectividades y cansancio de la cuerpa. Este libro es parte de un feminismo abierto a la experimentación, a la radicalidad de una lengua feminista, que no se siente ni afuera ni adentro del sistema porque ni siquiera tienen un aquí.


Comunicador e integrante del Colectivo de disidencia sexual (CUDS)