Tras once meses de idas y venidas, de ilusiones y de miserias, de esperanzas poco fundadas y de decepciones entre irritantes y melancólicas, la peor noticia se ha confirmado: Mariano Rajoy seguirá en La Moncloa, presidiendo un gobierno que ofende y asusta al tiempo. Ofende porque su investidura en el Congreso de los diputados rebaja el listón de lo tolerable en la acción política a mínimos alarmantes. Asusta porque los ciudadanos más vulnerables van a quedar durante los próximos cuatro años en manos de un partido neoliberal obediente y complacido con los austericidas de Berlín y Bruselas, acusado de ser una organización criminal en los tribunales, sin la mínima sensibilidad social esperable en sus católicas creencias, autoritario según la más rancia tradición española, y capitaneado por un ser mediocre que, no obstante, ha sabido auparse de nuevo a la presidencia merced a la inanidad de sus adversarios, a los que ha sabido enfrentar y desactivar.

A los partidos de la oposición no les ha importado que cerca de 14 millones de personas no votaran por el tándem Rajoy-PP, sino que con su insolvencia han permitido que se impusiera la voluntad de menos de 8 millones que sí lo hicieron. Las posibilidades abiertas para la aritmética parlamentaria y el margen para la geometría partidaria variable, así como la higiene democrática y el discurso regenerador con el que habían apelado a sus electores, hicieron concebir esperanzas de un desalojo del gobierno de Rajoy y los suyos. No fue así. Mintieron a los ciudadanos sobre el objetivo irrenunciable de echar al PP, y ahora esos 14 millones de ciudadanos pagarán por su incapacidad de cumplir con la palabra dada. Es cierto que la responsabilidad no es la misma en términos porcentuales, pero eso ahora no importa. Incompetencia, soberbia y miopía se reparten de forma asimétrica entre el PSOE, Podemos y Ciudadanos, pero a quién le importa eso ahora que se ha consumado el desastre que agravará todavía más la brecha de las desigualdades en España.

La publicidad engañosa de Albert Rivera y su partido Ciudadanos ha quedado blanca sobre negro, y ha resultado evidente que no es otra cosa que una fuerza auxiliar de los conservadores, incluso si la ayuda a éstos les fuerza a abandonar los que parecían principios con los que se decían juramentados. Las pulsiones adolescentes de Podemos, que se debate desde hace meses entre el fundamentalismo zigzagueante de Pablo Iglesias y el realismo impotente de su compadre Errejón, malograron la única posibilidad que existió allá por el mes de enero de echar, literalmente, a Rajoy de La Moncloa.

Ahora sabemos que la frustración de esa esperanza no fue una responsabilidad exclusiva de los podemitas –aunque sí cabe adjudicarle la cuota mayor por su miopía- porqué el grupo dominante del PSOE no tenía otro objetivo que seguir siendo la leal oposición al PP. Más allá de una lucha cainita por el poder en el partido de los socialistas, y de un pánico cerval a verse superados electoralmente por Podemos, en el PSOE no ha habido durante diez meses más que el vacío de las frases hechas de hidalgo venido a menos, y una competición con el PP a ver cuál de los dos es más nacionalista español. Finalmente, los socialistas hispanos han elegido la forma más desgarradora, cruenta y cruel de las opciones de autodestruirse: regalarle al gobierno a Rajoy, partiendo la organización en dos y convirtiéndose en objeto de escarnio público entre sus sufridos electores. No se pueden evaluar todavía los costos y efectos del siniestro total en el que ha quedado el PSOE, pero los expertos coinciden en que ha quedado para el desguace. El espectáculo de la segunda sesión de investidura, una auténtica y explícita exhibición del cisma que lo ha roto en dos o tres pedazos, con la dimisión previa de Pedro Sánchez como diputado, queda retratado –literalmente- en la instantánea en la que Antonio Hernando –el que fuera escudero principal de Sánchez- finalizada la votación, como un zombi, acepta la mano tendida de Rajoy y la estrecha con los ojos cerrados.

Rajoy, el astuto y parsimonioso dirigente de la derecha hispana, el político que genera más rechazo entre los electores, el que ha sabido hacer un arma política de su capacidad para no hacer ni decir nada durante semanas, el que parece torpe y casi estúpido cuando se trabuca y dice marianadas, ha conseguido derrotar a todos sus contrincantes. Es cierto que no ha parado en pequeñeces como la de rendir cuentas en el Parlamento en tanto que gobierno en funciones y que ha subordinado las instituciones a sus intereses personales y de partido, pero hay que reconocer que ha conseguido que los demás se hayan enzarzado en batallas internas y también entre ellos. Ha impedido así una colaboración entre sus opositores que para él hubiera sido letal.

Hasta tal punto ha sido hábil Rajoy, hasta tal punto ha controlado los tiempos y maniatado a sus adversarios, que el resultado final no puede sorprendernos por dos razones objetivas: una, porque consiguió que buena parte de la ciudadanía aceptara la increíble idea de que si no había gobierno era responsabilidad de los socialistas, lo que éstos no supieron rebatir; dos, estableció un pacto con el felipismo y los barones socialistas para preservar en lo posible las bondades del bipartidismo pasado que el PSOE añora ahora como un paraíso perdido. En cualquier caso, lo que han evidenciado estos once meses de gobierno en funciones es que el país está en manos de mediocres ambiciosos a los que se les puede aplicar aquello de que en el país de los ciegos, el tuerto es el rey. El one-eyed Rajoy, hábil como ninguno en la parte más obscura y maloliente de la política partidaria, ha conseguido imponerse a sus invidentes contrincantes.

Del debate de investidura se puede hablar mucho, pero estamos en un punto en el que no tiene demasiado interés profundizar en lo que en él se dijo. Rajoy ofreció poco de nuevo, incluso se permitió remitir a la audiencia a que leyeran el Diario de Sesiones del debate anterior, en el que no fue investido. Además, -hasta tal punto se siente inmune e impune-, se atrevió a hacer bromas sobre sus SMS al que era su gerente en el PP, Luis Bárcenas. Rajoy dividió a los representantes populares en dos grupos, los que él llama constitucionalistas, los buenos [nacionalistas] españoles; y los que no lo son, es decir podemitas, nacionalistas no españolistas y separatistas varios, los malos. Con estos últimos, una especie de versión actual de la Anti-España del franquismo, Rajoy no tiene nada que hablar. Ni siquiera eso. Además, dado el encefalograma plano del PSOE y su portavoz en la primera sesión, Antonio Hernando, Rajoy aceptó que Pablo Iglesias luciera como el jefe de la oposición, lo que el líder de Podemos agradeció encantado. Del intercambio de golpes entre ambos, duro en algunos momentos, quedaron ambos más que satisfechos, mientras que los socialistas adquirían con el paso de los minutos conciencia de ser simples extras de la película que se desarrollaba en el hemiciclo.

Quizá lo más destacable del primer debate, en cualquier caso, es que ya apenas importa lo que diga o deje de decir Mariano Rajoy. Como alguna prensa destacó al día siguiente, el presidente en funciones mintió y tergiversó lo que le vino en gana sobre lo que ha hecho y sobre lo que va a hacer. Fiel a su estilo, puso pompa y circunstancias a la idea de que estamos en un tiempo nuevo, tiempo de diálogo y negociaciones, para añadir  a continuación que no está dispuesto a cambiar nada de lo que él considera como obra sustancial de la legislatura anterior. En la segunda sesión, con los votos ya en el zurrón, endureció el gesto y el tono para afirmar que quiere colaboración sumisa de los socialistas, so pena de convocar nuevas elecciones, ahora que navegan a la deriva.

Rajoy es de nuevo presidente, y salió de las Cortes aclamado por los suyos. No es para menos. Ha conseguido descuartizar al PSOE, que lo ha hecho presidente negando su propia historia para vergüenza de sus militantes y desesperación de sus votantes, a cambio de amenazas y sin contrapartida alguna; ha obtenido el voto favorable de Ciudadanos, gratis total, sin que a estas horas se sepa a qué aspira este partido dirigido por el que parecía prometedor Albert Rivera; ha convertido a Podemos en la imposible alternativa, aunque sus dirigentes parezcan creer lo contrario; y, finalmente, ha convertido en personajes de reparto al resto de los partidos representados en las Cortes. Para conseguirlo no ha reparado en nada. Ha abusado de las instituciones hasta el punto de situar como tercera autoridad del Estado a una correligionaria que preside el Parlamento como fiel ama de llaves de su señor, ha fracturado la representación popular en dos grupos, los buenos y los malos, ha prostituido el lenguaje y el debate políticos hasta límites peligrosos, se ha negado a abordar siquiera problemas que preocuparían a cualquier líder político responsable, y ha establecido de manera indeleble que España es como él y su partido entienden, y que no hay otra forma de gobernarla que la que ellos dispongan.

Que 14 millones de electores votaran en contra de eso que es lo que entienden y apoyan, parece, los cerca de 8 millones que metieron las papeletas del PP en las urnas, no le importa a Rajoy en absoluto. Así entiende el Partido Popular la democracia, como entiende las instituciones, como una forma y unos medios para conseguir sus objetivos. Los confesables y los que no lo son. Tiempo habrá para reflexionar sobre cómo se ha llegado a esta nueva edición de un gobierno presidido por Mariano Rajoy; mientras tanto, la izquierda política hispana recuenta sus víctimas y evalúa los costos terribles de una larga batalla política que ha finalizado con una derrota completa, con una rendición sin condiciones. Tras once meses de calvario, el electorado progresista vuelve a sentir que vive en una España irrespirable.


Académico del Departament d'Història Contemporània, Universitat de València