En Chile, de hace unos pocos años atrás que se ha empezado a reconocer la relevancia de la bicicleta como modo de transporte y de a poco ha empezado a atraer a muchos valientes usuarios. Y digo valientes porque la ley de tránsito y la infraestructura actual los hace indefensos legal y físicamente frente a un accidente.

En cuanto a la ley, la letra actual no refleja la diferencia de fuerzas (o energía) que tiene un vehículo motorizado y un ciclista. La presunción de inocencia del ciclista en caso de accidente obligaría a una conducción cuidadosa y podría proteger a los que no están contaminando. Y en cuanto al diseño de la infraestructura, aun en muchos trayectos, ciclistas tienen que competir espacio con los automóviles y buses.

Se necesita entonces de autoridades de transporte que eleven y regulen los estándares de construcción de las ciclovías, para que la interacción bicicletas, vehículos y peatones sea lo más armónica posible, y que la seguridad y calidad de las ciclovías sea mucho mayor y homogénea en todas las partes de la ciudad. Sueño con que algún día las familias se atrevan sin miedo a enviar a sus hijos al colegio en bicicleta (para lo cual falta mucho por hacer).

Hace muy poco, muchos de los alcaldes electos han prometido en sus campañas la construcción de nuevas ciclovías y llamo a la ciudadanía a recordárselos hasta que cumplan. Pero me gustaría llamar la atención a que es el momento de diseñar una buena infraestructura que cumpla múltiples funciones, pensada para el transporte de no solo ciclistas sino que darles espacio para la movilidad a nuestros adultos mayores.

Chile está envejeciendo y necesitamos adelantarnos a esta realidad de una manera integral en todo nivel, considerando desde los desafíos de salud hasta los que respectan al transporte (entre muchos otros desafíos). Para muchos adultos mayores de muy avanzada edad, el transporte debe ser 100% asistido de puerta a puerta. Pero para varios otros que aun siendo autovalentes el cuerpo se les cansa cuando caminan distancias medias o largas, las motos eléctricas especiales para gente de la tercera edad son una fuente de empoderamiento y libertad que les mejora la calidad de vida.

Una buena red de transporte para adultos mayores y también para ciudadanos con dificultades para desplazarse, es una obligación ciudad, para que todas las personas podamos fácilmente ir de un lugar a otro, sin grandes obstáculos.

En Holanda he experimentado a diario que ciclistas y adultos mayores en motos pueden compartir espacio muy fácilmente. Estas motos pueden alcanzar velocidades que no hace conveniente que se ocupen en la vereda junto a los peatones, pero sí es posible que compartan el uso de las ciclovías con los ciclistas.

Hay motos de tres ruedas que si bien son más baratas, en mis viajes diarios en bicicleta al trabajo he visto al menos 5 veces a adultos mayores que se caen cuando llegan a las esquinas. El tener tres ruedas al parecer los hace inestable cuando tienen que doblar y frenar, por lo que motos eléctricas de cuatro o cinco ruedas aunque más caras, son las más seguras y recomendadas para ellos.

Debido a que no tenemos la infraestructura en Chile lista ahora, pensemos inteligentemente en crear los espacios, y veamos las formas de hacer posible el facilitar el acceso a estos vehículos a todos los que puedan ocuparlos. Los adultos mayores ya han sido perjudicados con sus pensiones, para muchos en este mismo momento están siendo vulnerados sus derechos básicos de acceso a una buena alimentación, cuidado y salud, y yo quisiera agregar que nuestra infraestructura actual de transporte los obliga a quedarse encerrados en sus casas. Todo esto en conjunto, disminuye la calidad de vida y el derecho a tener una vejez con dignidad.

Un llamado entonces a los nuevos alcaldes y alcaldesas a que le declaren la guerra a la soledad y al abandono que viven muchos de nuestros adultos mayores. Que vayan puerta a puerta buscándolos, porque la sociedad los ha invisibilizado. Muchos están solos, viudos y viudas luego de años en pareja, a muchos sus propias familias no los visitan por razones que a la larga son inentendibles. Sufren de soledad, pero no van a reclamar, están acostumbrados a aguantar dificultades peores.

Que las batallas de los alcaldes entonces dejen de ser las pequeñeces políticas, y que se enfoquen en eliminar la soledad de los adultos mayores en sus comunas, mejorar su calidad de vida, facilitar el que puedan ir al supermercado ellos mismos si quieren, que puedan ir a visitar a sus familiares o los amigos que les van quedando, o que puedan ir a dar una vuelta al parque con un buen acceso al transporte.

Ellos que nos han dado todo, no podemos seguir sin entregarles nada. Como dicen que “en el movimiento está la vida y en la actividad reside la felicidad”, creo que los municipios deben facilitar con mayor fuerza el acceso semanal a los hobbies que puedan tener nuestros adultos mayores, que los mantengan vigentes y activos, y que puedan movilizarse ellos mismos si aún pueden hacerlo.

Finalmente, para los lectores que hayan llegado hasta estas líneas finales, los desafío a que  visiten y conversen con el abuelito (o la abuelita) más cercano que tengan, sea o no de la familia y pregúntenles por algún recuerdo que tengan de cómo era la sociedad durante su juventud y que desafíos eran en ese tiempo los más relevantes. En mi caso, el abuelo de mi pareja con 97 años y completamente lucido (es holandés y vez que me ve me llama “kameraad”), el desafío fue la reconstrucción de Holanda, luego de haber combatido en la segunda guerra mundial. Y yo que pensaba que mi juventud fue difícil.