En lo más recóndito y austral del mundo, una manera original y única de interpretar la realidad se ha estado perdiendo paulatinamente a causa de la intervención del hombre blanco. A partir de su llegada, desgastó y aniquiló a los indígenas del extremo sur de nuestro continente, legando luego esta labor colonizadora y devastadora, tras los procesos independentistas, al estado chileno y argentino.

Allí, en la Patagonia y siempre en contacto con el mar, chonos, aonikenk, kawésqar, selk’nam y yámanas vivían como cazadores-recolectores canoeros y nómades. Desde el siglo XVI, estos pueblos comenzaron a tener contacto con los navegantes europeos, quienes atravesaban el Estrecho de Magallanes para completar la vuelta al mundo. Sin embargo, tras encontrar el paso por Cabo de Hornos, aún más al sur, el estrecho cayó en desuso. En consecuencia, sólo dos siglos más tarde se inició un trabajo constante a partir de las impresiones de los viajeros en estas tierras.

Los visitantes, capaces de navegar por meses e incluso años desde sus países natales, fueron personajes como Fitz- Roy, Martin Guisinde e incluso el fundador del evolucionismo, Charles Darwin. Todos ellos, con una visión positivista, plasmaron en su obra perspectivas que hasta nuestros días generan prejuicios sobre los modos de vida indígenas. La desvalorización que se les otorgó ha generado distancias aún más grandes que las geopolíticas.

En este contexto, las misiones evangelizadoras fueron frecuentes y sin éxito, debido a la imposición de una vida sedentaria que no les acomodaba. A esto se le suma el escaso interés de los gobiernos y el hábito de usufructuar de ellos, convirtiéndolos a veces en mano de obra gratuita pagada con licor.

Al rescate de la lengua

Desde la promulgación de la Ley Indígena en 1993, varias instituciones han creado programas para la preservación de estas culturas. Sin embargo, el exterminio es inminente, a causa de la inevitable aculturación y el mestizaje gradual al que las etnias autóctonas han estado expuestas.

Pero el panorama no es tan negativo, ya que al menos se ha intentado rescatar y preservar sus lenguas, tal como se ha hecho con el quechua y mapudungún, permitiendo registrarlas de forma escrita. Así ha sucedido con los kawésqar.

“Muchas veces la gente que mandaban a trabajar no eran especialistas, lo que dificultaba el acercamiento. Hace muy poco que comenzó a considerarse a los antropólogos”, señaló a La Nación el académico Óscar Aguilera. Para subsanar esta falencia, este etnolingüista se esmeró en conocer la lengua desde la década de los setenta, convirtiéndose, hasta ahora, en el único hablante de kawésqar que no pertenece a la etnia.

En la obra de Aguilera destaca “Gramática Kawésqar”, “Geografía Kawésqar”y “Cuentos Kawésqar”, entre otros, estudios en los que ha sido fundamental la colaboración de José Tonko Paterito, trabajador social, antropólogo y documentalista kawésqar. Tonko ha apoyado a Aguilera en múltiples ocasiones desde dentro, ya que además es dirigente de la comunidad kawésqar de Puerto Edén.

Aguilera también impulsó la elaboración del primer diccionario kawésqar, luego de un exhaustivo trabajo de grabación que recopiló palabras directas que luego fueron transformadas en acciones, para encontrar el equivalente kawésqar en español y así plasmarlas en el papel. Esta obra, iniciada a partir de un proyecto de financiación japonés, dependiente del Ministerio de Educación, Arte y Deporte de ese país, se publicó el 2005.

Esta investigación no fue sólo en beneficio de la academia y las ciencias sociales, sino que también buscó revitalizar a los pobladores de Puerto Edén, quienes resultaron favorecidos por la posterior producción de manuales para los hablantes de esta lengua. Así se generó un portal entre ellos y los descendientes no hablantes, dando pie para la interculturalidad en los establecimientos de la duodécima región.

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Ser kawésqar hoy

Actualmente, como actividad económica principal, los kawésqar se dedican a la pesca artesanal, la recolección de mariscos, la cestería y el tallado en hueso de ballena. Ser kawésqar hoy también implica la condición de vivir aislado, a partir del paralelo 49° sur, bajo un clima hostil y con las memorias de una cruel colonización bajo un estado irresponsable, con casi nula inversión pública en el sector.

Kawésqar significa ser racional de piel y hueso (kawes: piel, qar: hueso). Kawésqar significa gente. Según algunas investigaciones, se calcula que llegaron a ser entre 3 mil y 4 mil individuos que se acostumbraron a vivir con 6° C, en promedio anual, y en contacto con sus vecinos chonos, aónikenk, yámanas y selk’nam.

De acuerdo al naturalista francés John Emperaire, la población descendió de 500 individuos, a finales del siglo XIX, a 60 en 1950, debido principalmente a enfermedades venéreas. Otro factor fue el ocaso del nomadismo por el estilo de vida moderno y las imposiciones de las organizaciones que intervinieron en el sector. Éstas reprimieron su modo de vida errante, desarmando la estructura familiar, el que dependía del trabajo canoero concentrado en diferentes puntos, lo que permitía que no se agotaran los recursos.

Los que quedan hoy conviven con el mito de la extinción, que dice que sólo quedan 15 o 20 kawésqar, con suerte. Un mito que convenientemente ha tildado a los kawésqar y a las etnias contiguas como pueblos extintos, confinándolos al olvido, a la enciclopedia, al libro y no a la existencia.

Una pesquisa veraz, pero sólo en Puerto Edén, ya que hay más comunidades repartidas en toda la región (cuatro en Punta Arenas y dos en Puerto Natales). Según la Conadi, se han acreditado aproximadamente 400 kawésqar en la Región de Magallanes. Por otra parte, el Censo del 2002 reveló que 1.423 hombres y 1.199 mujeres se identificaban como kawésqar, de los cuales 569 residían en la XII Región. La mayoría son mestizos, posiblemente, y que migraron de su ubicación originaria, motivados por la precariedad en la que se vieron envueltos.

Una manera única de interpretar la realidad

Una que no migró es Gabriela Paterito, madre de José Tonko. A la mujer la podemos ver en el premiado documental “El Botón de Nácar”, traduciendo al kawésqar varias palabras que le nombra el director Patricio Guzmán. Playa, cholga, canoa, botón, camisa, lluvia, ventana, mar, agua, tormenta, hombre bueno y hombre malo son los conceptos que le nombra el documentalista. Hasta que le menciona “dios”. “No, nosotros nunca tenemos eso”, le responde ella. Lo mismo sucede cuando le pregunta por la palabra kawésqar para “policía”. Tampoco tienen una palabra para referirse a eso.

“Tampoco tenían palabras para otros conceptos relacionados con lo trágico. Ellos tienen otro sentido de la vida, otra forma de ver el mundo, con el mar siempre como telón de fondo”, señaló Guzmán a la prensa, en vísperas del estreno del documental.

En esta lengua también destaca la relevancia de ciertas palabras. Así como el latín comprendía múltiples modos para la palabra llorar (fleo, lacrimare, collacrimo, etc.), en kawésqar esto sucede con las 32 formas para decir “aquí”. Para este movedizo pueblo era determinante poder precisar los lugares geográficos que necesitaban reconocer entre la extensa red de canales patagónicos.

“Puede ser un aquí en una isla, en un istmo, en una playa, en un terreno en declive, como un barranco o acantilado, en un cerro o una quebrada”, se explica en Textos Kawésqar, obra de Aguilera en conjunto con la escritora Diamela Eltit. Lo anterior obedece a lo que se denomina un ecosistema lingüístico, según Aguilera, en el que converge el paisaje en el lenguaje.

Otra particularidad es que los kawésqar no cuentan con tiempos verbales asociados al futuro. Al no formar parte de una categoría en su sistema, el futuro no representa una amenaza. Para este pueblo sólo es primordial el tiempo pasado, que puede ser inmediato (lo que acaba de suceder); reciente (hace años, semanas, o días atrás); o bien, mítico (que se refiere lo primigenio)

La existencia o no de palabras para denominar ciertas realidades no es un detalle anecdótico. Así lo entendía el lingüista y fonetista sueco Bertil Malmberg, cuando advertía sobre cómo la desaparición de un idioma significaba no sólo “la pérdida de materiales de estudio preciosos”. Malmberg señalaba que también implicaba “algo mucho más esencial desde el punto de vista cultural y humano. Implica la pérdida de una manera particular de pensar y de considerar el mundo; una manera original y única de interpretar la realidad, sin correspondencia exacta de ninguna otra parte.

*Publicado originalmente en Revista Multiverso.