Después de un período de elecciones es común que cada quien trate de interpretar los resultados con lecturas que lleven agua al molino propio. Sin embargo, la izquierda emergente no puede ser autocomplaciente, como ciertos grupos que ven en la abstención una suerte de rebelión popular de masas o un castigo exclusivamente al adversario. Tampoco en el flagelo de que ningún camino institucional logrará conformar una opción de masas. Se trata de aplicar un criterio materialista en el análisis político, lo que equivale, en palabras de Louis Althusser, a algo tan sencillo como “no contarse cuentos”. Se hace necesario, entonces, despejar ciertos puntos que, como maleza, tienden a ocultar más que a revelar.

1 Sobre la abstención y la despolitización. Nada más fácil y cómodo que acusar despolitización en el pueblo para justificar su baja participación electoral. Y como demostración la clásica frase, que todos hemos escuchado alguna vez: “para qué votar si tengo que trabajar igual” ó “son todos lo mismo”. Pero ¿Es realmente despolitización lo que esta frase esconde? ¿No será más bien la sensación de que en las elecciones no hay nada en juego? Un matiz quizás, pero que lo cambia todo. Porque la sensación de que en las elecciones no se juega nada no es producto de la despolitización, sino de la experiencia de 26 años de política neoliberal. Con sus diferencias, claro, pero todas neoliberales en sus prácticas políticas, en los márgenes institucionales bajo los que se rigen y que se han negado a modificar sustancialmente. La experiencia histórica reciente enseña que, a grandes rasgos, no hay diferencias sustantivas entre que gobierne la UDI o la (Nueva) Concertación.

Por eso votar pierde sentido, porque la disputa política se ha reducido a su mínima expresión, diferencias comunicacionales, diferencias técnicas, diferencias en la aplicación o no aplicación de ciertas políticas públicas focalizadas, cuyo impacto lograría movilizar a los directamente involucrados. No hay una disputa por las condiciones de existencia de nuestro país, como sí la hubo en algún momento de nuestra historia, donde votar por la UP, la DC o el PN claramente afectaba la realidad de las masas. La desafección, por lo tanto, es por la sensación de que no hay nada en juego, lo cual es una verdad política, quizás la verdad política del neoliberalismo. No se trata de que a nadie le interese, porque cualquiera que haya participado en un sindicato, un centro de estudiantes, un comité de vivienda, por poner algunos ejemplos, sabrá que cuando hay un motivo, cuando hay una disputa, cuando hay algo en juego, las personas se movilizan, mucho más allá del voto incluso.

Así, un desafío de la izquierda emergente es dejar de relacionarse con las masas desde la premisa de que éstas están despolitizadas. Se debe cambiar el enfoque aprendiendo a entender las voces del pueblo, sus intereses y la realidad en la que se desenvuelven.

2 Chile es muy facho. La tesis de que la derecha gana elecciones porque la gente es “facha” (insinuando, además, explícita o implícitamente, que la gente es tonta), es la cúspide del desprecio elitista por el pueblo, sus realidades y cómo sortean éstas. Porque, claro, en lugar de hacer la autocrítica sobre qué se ha hecho mal y qué no se ha hecho bien, es más fácil culpar a los otros, a sus capacidades cognitivas o su inherente derechismo: “somos un país facho”.

Nuevamente, es necesario echar mano de una perspectiva materialista para comprender más allá del prejuicio propio de la lejanía. Así, por ejemplo, Gramsci definió el sentido común como una “concepción de la vida”, caracterizada por su desarticulación, incoherencia e inconsecuencia. Inconsecuencia: el terror de una izquierda “radical” muy anclada en la universidad. Así pues, la señora de la feria puede estar a favor de terminar con las AFP y votar por la UDI en su municipio. Eso no la hace necesariamente “facha” ni tonta. Puede ser, remitiéndonos al punto anterior, que votar por un candidato de derecha sí garantice ciertas cosas (sobre todo en sectores más pobres, donde la focalización cae como regalo del cielo). Además está la ideología, que puede entenderse como la forma en que determinados sectores sociales se ven a sí mismos en su relación con el mundo. Esa representación no es necesariamente verdadera, pero siempre viene configurada por una realidad social específica, por lo que siempre, prese a todo, tiene algo de verdad (o esconde una verdad si se quiere).
Por lo tanto, al afirmar con tanta soberbia y poco análisis que la gente es tonta y/o facha se echa por la borda cualquier consideración del factor ideológico y de la necesidad de enfrentar la lucha ideológica, como parte de la lucha de clases. De nuevo, algo en lo que no podemos caer en la izquierda emergente.

3 La conciencia de las masas. Los dos puntos anteriores no pueden verse reflejados en un error clásico de la izquierda (de toda la izquierda, internacionalmente y a través de los años), que es concebir la práctica política como la acción de “impregnar” a las masas de determinadas ideas. “Despertar las conciencias”. Porque claro, el pueblo no tiene conciencia de su realidad, de sus problemas. Sólo cada uno de nuestros grupos políticos sabe qué le conviene al pueblo, sabe cuáles son sus intereses y necesidades. De lo que se trata entonces es de darles a conocer esas ideas, para así activar sus conciencias. Lo decía Althusser: perfecta concepción idealista de la política. Y, añade, esta idea de la política revela todo lo contrario a lo que predica, a saber, el profundo retraso en la conciencia de las dirigencias/grupos políticos respecto a la realidad de las exigencias de la lucha de clases (cosa de ver en qué están los grupos que hacen completamente suya esta idea de la práctica política: solos con sus propios amigos, juntándose a leer).

El desafío pendiente está en construir una alternativa que supere todos estos vicios, cuya fuente podríamos ubicar en el debilitamiento del materialismo y el abandono de la teoría marxista. Acercarse nuevamente a las masas, pero no desde la distancia del prejuicio, no desde la soberbia del grado académico o del libro leído. El día en que sepamos interpretar los intereses del pueblo, sus exigencias, y construyamos un programa político que ponga las cosas en juego, de manera factible, habremos construido una alternativa política con vocación de mayorías, que será capaz de movilizar a las masas no sólo a votar, sino que también a construir el Chile del mañana.


Sociólogo, Sindicato de Honorarios INE