El triunfo electoral en Valparaíso ha desatado toda clase de pasiones. Con mucho apuro los grandes empresarios aparecieron en El Mercurio manifestando sus preocupaciones sobre el futuro de los grandes proyectos que se vienen discutiendo en la ciudad. Poco se les ha escuchado sin embargo sobre los beneficios de esas inversiones para la población, y en particular sobre el impacto que ellos traerán para el futuro de la comuna. Las organizaciones ciudadanas, sin embargo, han avanzado mucho más en estas cuestiones, elaborando diagnósticos, construyendo propuestas con sentido social y calidad técnica. Pero no han sido suficientemente escuchadas. Está claro que la publicidad del miedo lanzada por los medios empresariales no es una buena forma de poner estos asuntos sobre la mesa. Debatirlos con altura, en el nuevo contexto político del Puerto, es un tema pendiente.

La otra discusión pareciera estar en la titularidad del triunfo. Por distintos medios se multiplican las voces que reclaman que esta no es una victoria de Jorge Sharp ni de su organización política, y que es un triunfo de la ciudadanía porteña organizada, cuyo lugar puntual y específico sería La Matriz. No hemos escuchado sin embargo en lugar alguno a Jorge Sharp decir que este es un triunfo suyo –más bien ha dicho todo lo contrario–, ni tampoco hemos dicho sus compañeros ni ha dicho él, que es un triunfo exclusivo del Movimiento Autonomista.

Por el contrario, el discurso político de Jorge Sharp ha estado construido en el marco de la elaboración de un proyecto político que intenta abrirse paso en nuestro país, y que reclama la oportunidad de construir una nueva política sobre la abierta y notoria crisis de la política transicional. Para el Movimiento Autonomista, su trabajo político-social en Valparaíso, que partiendo desde la lucha estudiantil tiene ya al menos 10 años (y no es pura herencia del trabajo de otros), y en concreto, el esfuerzo que significó asumir esta y otras candidaturas a pocas semanas de haber enfrentado un duro proceso de quiebre (proceso en el que esta candidatura en particular sufrió duros cuestionamientos por la prensa), no se relaciona sino con la decisión de avanzar en la construcción de una nueva práctica política de transformación democrática que empiece a cambiar la vida de la gente en entornos concretos, aquí y ahora, en la mayor medida que se pueda.

La falaz dicotomía que alientan algunas entrevistas o una editorial como la de Patricio Fernández, destila por todos lados las viejas formas de la política y pareciera tener su origen más profundo en la preocupación de unos sectores medios que navegaron ayer al alero de la Concertación, y que hoy buscan constituir nuevas condiciones de acción política, sin asumir del todo que la crisis actual de la política no es solo la crisis de los grandes liderazgos y los partidos, sino también la crisis de un método. La crisis de las formas de hacer las cosas en las organizaciones sociales, en los gobiernos locales, en las políticas culturales, pero también en las formas en que la desigualdad se lograba sostener, entre otros mecanismos, sobre una cuidada distribución de bienestar social (la otra focalización) para unas capas medias que no se deseaba tener en contra.

Por cierto que es necesario que esos sectores ingresen con toda fuerza al campo del malestar, que sumen sus energías y sus capacidades creadoras. Pero es necesario, por sobre todas las cosas, que en lugar de defender parcelaciones y tutorías, lo hagan en beneficio de una construcción tan plural como radicalmente nueva. De lo contrario, aquello que de forma gruesa podríamos llamar la emergencia de una nueva política avanzará cojeando por un territorio evidentemente complejo.

Hay allí un desafío para todos. Valparaíso, una vez más, se vuelve revelador en la cuestión de la amplitud social de la nueva política y las complejas maneras de construirla, que, especialmente en 2017, será crítica para la emergencia de lo que hasta ahora se le ha llamado Frente Amplio.

Entonces el triunfo no es de Jorge Sharp. Por cierto. Porque si Jorge Sharp, o Gabriel Boric, o cualquier militante del Movimiento Autonomista reclamara eso, estaría traicionando el sentido más elemental de la construcción que se pretende impulsar. Es esa la razón por la que no lo han hecho.

¿Que el triunfo le pertenece en particular a alguna de las organizaciones que participaron en la campaña? Bueno, habría que interrogar cuál es la pretensión política de quienes intentan instalar esa peregrina idea, porque sin duda la tienen. No. Evidentemente, el triunfo es de todos y todas las que trabajaron en esa campaña, de quienes construyeron por años las condiciones para que eso fuera posible y de quienes pusieron sus esperanzas de cambiarle la cara a la ciudad en este proyecto amplio.

Pero si la pregunta por la propiedad del triunfo intenta dibujar el borde de una pequeña batalla por la hegemonía en Valparaíso, batalla menor, donde algunos sienten la necesidad irrefrenable de frenar a los autonomistas; la pregunta que debería indicar un lugar más productivo es ¿para quiénes es el triunfo? O para decirlo en clave participativa, ¿con quienes se ha triunfado?

Desde ese desplazamiento aparecen al menos tres desafíos importantes en Valparaíso. Uno es la muy repetida necesidad de gobernar bien, de poner en marcha una gestión de calidad en el contexto de las enormes dificultades que deja la administración anterior, y que podemos llevar adelante de cara a la gente, de una forma diferente a la que dispone la mentalidad tecnocrática reinante que tras sus vericuetos burocráticos esconde su falta de compromiso con el bienestar de las mayorías.

Construir una forma diferente de ejercer el gobierno municipal, más justa, más democrática, implica edificar una alianza política mayor que la que participó en esta campaña, que entregue fortaleza y pluralidad a una alcaldía ciudadana que tendrá que sortear múltiples dificultades políticas en cada paso que dé. Una alianza política que convoque a sectores más amplios y que sea capaz de relacionarse de forma efectiva con un campo político en el que resulta aún demasiado evidente la persistencia de los rasgos bipolares. Una alianza política que convoque y devuelva las esperanzas a muchos desencantados, que les muestre el sentido de organizarse y participar de la solución a los problemas comunes, que invite a muchos a desobedecer los dictámenes de sus directivas duopólicas y sumarse. Pero sobre todo, una alianza política que se proponga lograr una nueva amplitud social en el ejercicio del gobierno local ciudadano, que es el desafío mayor.

Se requiere dejar atrás la cuestión menor de titularidad del triunfo y convocar a muchos más, poner las identidades propias al servicio de la edificación de identidades mayores. Se requiere asumir con toda claridad que los que se organizaron e impulsaron la campaña que triunfó el 23 de octubre no son todos los que deben estar, pues para impulsar un cambio real en la ciudad, para revertir de forma efectiva los niveles de desigualdad reales que hoy aquejan a su gente, es absolutamente imprescindible convocar a muchos más, lograr una amplitud social mucho mayor, sumar, sumar y sumar, en particular a aquellos segmentos más pobres, que por años buscaron ser alineados con prácticas clientelares y candidaturas mediáticas. Si hay un para quienes aquí es ese. Son ellos los que no pueden esperar más, son ellos los que faltan en una alianza social para el cambio real en el Puerto. El desafío entonces, más allá de cualquier autocomplacencia, es convertirlo en un triunfo con ellos.


Encargado Político Movimiento Autonomista Valparaíso