Sebastián es un hombre joven. Anda abrigado, el frío de junio comienza a calar. “Me compré esta chaqueta y no paso frío, me la pongo, tomo la bici y en quince minutos estoy en la pega”. Pasa a comprar pan a la esquina para la once. Fernanda lo recibe y le pregunta dónde está la bebida, Sebastián la mira y se ríe, “se me olvidó, pero traje pancito”.

Sebastián Retamales ingresó a la cárcel a los 18 años. Durante casi diez años delinquió en su comuna, San Bernardo, en una pandilla con otros jóvenes. “Mi mamá me pasaba plata pa’ salir con tal de que no estuviera molestando en la casa”.

Llegó sólo hasta octavo básico, a los trece tomó el camino de la delincuencia. Su papá trabajaba en el extranjero, su familia no estuvo pendiente de él ni lo ayudaron a a terminar el colegio, y claro está, a esa edad nadie es capaz de decidir su destino.

Hoy tiene 30 años, está casado y tiene un hijo pequeño de dos, trabaja como ayudante de carnicero en San Bernardo, en un local pequeño, y espera encontrar sus papeles perdidos en el antiguo sistema judicial, limpiarlos y poder acceder a trabajar en una empresa más grande, con mejor remuneración, y previsión, para darle una vida mejor a su familia y poder avanzar de una vez por todas.

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Cárcel de Puente Alto

“Yo adentro aprendí a robar más y mejor”. Sebastián está sentado comiendo sopaipillas con mostaza y recordando su vida hace doce años: “Adentro es como la ley de la selva, los gendarmes te agarran y te meten y tú ves cómo te las arreglas”.

Él tuvo suerte, entró y vio a un grupo de hombres sentados en círculo tomando mate, el gendarme se dirigió a ellos y dijo, “aquí les traigo carne fresca”. Uno de ellos lo miró y le dijo, “yo te conozco, tienes hambre”, y le dio un pan con huevo.

“En la cárcel te organizas por casas, igual que en una familia, está el jefe de hogar, y siempre hay un perkin, que tiene que hacer lo que se le diga porque si no, cagó. A ese se lo violan y a nombre de él mandan la marihuana”. Sebastián cayó bien porque le gusta cocinar, con un par de ingredientes que se pudieran rescatar hacía una carbonada, y todos quedaban felices. Claro que obtener ingredientes era lo complicado.

“‘Llegó el rancho’, gritaban desde abajo, y nosotros mandábamos al perkin, y le decíamos trae carne, toda la carne que puedas, y a veces llegaba morado’’.

Gracias al conocido que tenía, Sebastián no tuvo que dormir en el baño como muchos otros “pollos” a los que nadie quería en su casa, y quienes debían acostumbrarse al frío y a achicarse lo más posible para evitar las goteras. Los que no querían dormir en el baño tenían otra opción: convertirse en hermanos evangélicos. “Yo no me metí porque hacían turnos, de repente se levantaban a las tres de la mañana a orar, y todos a las seis de la mañana planchando el terno, eso no me gustó”.

Apenas se entraba había que hacerse un cuchillo en caso de necesidad. Sebastián se hizo uno con una cuchara. No existía el temor de la decomiso, pues los gendarmes no entraban a las casas, se quedaban en el pasillo. “A veces, cuando había algún herido teníamos que romper la reja con un galón de gas, si no los gendarmes no se enteraban. No se acercaban porque creían que podía ser un motín”, recuerda.

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Fuera, en la calle

El papá de Sebastián se preocupó cuando supo lo ocurrido y contrató un abogado, lograron sacarlo pues se esclareció que había sido una detención ilegal, que Sebastián tenía diecisiete años en el momento del presunto delito, y que realmente no tenía discernimiento.

“Hice unas peguitas por aquí y por allá, pero no tenía nada concreto”. Se metió en la pasta base, hasta que conoció a Fernanda y decidió terminar con todo su pasado.

Se conocieron por Facebook. Fernanda había sido cercana toda su vida a una iglesia evangélica, y Sebastián había estado durante un tiempo en otra. Ella no quiso aceptarlo al principio, creyó que tal vez era homosexual por su foto de perfil, hasta que un día lo aceptó y comenzaron a hablar. Se juntaron en el centro para conocerse y desde ahí que están juntos.

“Estaba flaco”, dice Fernanda, mientras se toma una taza de café al lado de Sebastián. Gracias a la marihuana logró dejar su adicción por la pasta base. “Le daban ataques, sudaba y la marihuana lo relajaba”. Sebastián asiente.
Su hijo corre por la casa, es inquieto y con tan solo dos años se expresa como un niño grande. Se llama Mateo, que significa regalo de Dios. Fernanda había intentado quedar embarazada pero no podía. Un tiempo después de haber egresado de Técnico en Enfermería se enteraron de que tendrían un hijo.

Sebastián cambió absolutamente, comenzó a buscar trabajo, pero en ninguna parte lo admitían, nadie quería tener como empleado a un hombre que había estado en la cárcel. Tuvo que falsificar sus papeles y logró entrar a la carnicería donde hoy trabaja.

Viven en una casa pequeña, atrás de la los padres de Fernanda. Sebastián cortó relación con todos, visita muy poco a su familia, a veces hablan por teléfono, pero no van mucho más allá. El apoyo de la familia de Fernanda ha sido muy importante en su camino a la reinserción. ‘’No es solo un reinserción laboral, es social’’.

Fernanda lo incitó a entrar a Master Chef, postuló sin que él supiera, y cuando quedó seleccionado lo llamaron para que preparara un plato. “Les gustó mi historia, pero yo no quise, me dio vergüenza”, él sabía que más que sus platos lo que llamaba la atención para el programa era su pasado, y él ya había cortado con todo.

Recuerda los días en que conoció a Fernanda, no tanto tiempo atrás. “Yo no tenía nada, nada, ni siquiera una muda de ropa, dormía en el sillón de una prima de la Fernanda, y ahora tengo una familia”.

*Publicado originalmente en Revista Bello Público #77