Rajoy mandó publicar una nota de prensa y supimos cuál era la composición del nuevo gabinete que, teóricamente, ha de gobernar durante los próximos cuatro años. Más allá del debate sobre si la legislatura será larga o corta, resulta evidente que será cómo el Presidente quiera que sea. Esto es: si el susanismo se afianza en el control el PSOE y prosigue en su deriva entreguista –por el bien de España y del partido-, nada hace pensar en una convocatoria electoral antes del próximo verano; por el contrario, si la Gestora viera peligrar el control de la organización por la sedición de la militancia, o si un nuevo congreso del partido cambiara la actual correlación de fuerzas, el panorama podría ser el contrario: dada su falta de apoyo, Rajoy llamaría a elecciones antes de las vacaciones estivales.

Mientras tanto, un sol primaveral seguirá luciendo esplendoroso en los dominios del PP, en tanto que las embarradas trincheras de la oposición permanecerán bajo los efectos de la pertinaz borrasca. Quiero decir, por ser claro, que de seguir con las pautas de comportamiento tradicionales, el Partido Popular seguirá como amo y señor del cotarro político hispano por mucho tiempo.

Mientras el PSOE se debate entre la vida y la muerte como partido de la izquierda moderada, la mayor responsabilidad de lo que ocurra en el tablero político recaerá sobre Podemos y afines y –en menor medida- sobre las otras formaciones d’esquerres de la España periférica. Los socialistas tienen que resolver si aceptan seguir la senda del PASOK o prefieren revisar algunos de los axiomas que han mantenido durante las últimas décadas y ofrecer así una alternativa acorde con los tiempos que vivimos. Podemos,  por su parte, debe resolver si prioriza no asustar a buena parte del electorado potencial –como dice Errejón- a riesgo de perder apoyo en los segmentos más radicales, o al contrario: decide seguir a Iglesias en aquello de Luchar, crear, poder popular y se convierte en Izquierda Unida bis. Las otras izquierdas, las periféricas, [catalana, vasca, gallega, valenciana y balear], habrán de resolver si priman el factor nacional o el factor social. Si hacen lo primero, en la línea de ERC, Bildu y la CUP, la estabilidad del gobierno de Rajoy será más sólida, y mucho menos si –por puro pragmatismo- optaran por lo segundo.

En cualquier caso, en la medida que en Catalunya nada volverá a ser como era, los socialistas tienen necesariamente que revisar su posición en cuanto a la plurinacionalidad de España y actuar en consecuencia. La evidencia empírica demuestra que la derecha nacionalista española puede gobernar siendo casi residual en Cataluña y en el País Vasco, mientras que es impensable que el PSOE pueda volver al poder siendo minoritario en Cataluña y testimonial en Euskadi. Además, si siguen perdiendo fuelle en todas partes menos en la España del sur, entonces la pasokización está asegurada.

¿Qué decir de Ciudadanos en esa disyuntiva de legislatura corta o larga? Todo lo fían a recuperar fuerzas e imagen apareciendo como aquella UCD de Suárez, la de “lo bueno de la derecha y lo bueno de la izquierda”. No lo tienen fácil porque el verbo florido y la pose kennedyana de su fotogénico dirigente no pude ocultar que son los teloneros de Rajoy y su banda. Esa charanga de mucho ruido y pocas nueces tiene los días contados, y es que entre el original y la copia los electores siempre acaban eligiendo lo mismo. Necesitan tiempo y claridad de ideas, así como poder apuntarse algún gol moderando a Rajoy y obligándole a flexibilizarse en aspectos que sean evidentemente explícitos. Difícil misión.

El registrador de la propiedad ha formado un gobierno que es más de lo mismo. No se cansa de hablar de diálogo, pero se desmiente con sus hechos. Ni siquiera tuvo el decoro de explicar por qué había elegido a unos nuevos ministros y prescindido de otros, y se limitó a enviar una nota de prensa a los medios. Además, manteniendo a De Guindos, Montoro y Báñez deja claro que ni la política económica ni la de empleo van a modificarse, ni va a mejorar el clima financiero con las comunidades autónomas, ni siquiera se va afrontar el necesario rejuvenecimiento de las plantillas del sector público. En paralelo, el ministro de educación, Méndez de Vigo, ya ha dicho que la ley de su negociado no admite más que ligeros retoques cosméticos. Con una genérica apelación a negociar sobre el pavoroso problema de las pensiones, y sin noticias de cómo afrontar el recorte de más de cinco mil millones de euros que exige Bruselas, ha arrancado este nuevo Ejecutivo que sólo ha obtenido aplausos de los incondicionales de Rajoy.

No obstante, el Partido Popular cuenta nada más que con 137 diputados, lo que le impone la necesidad de conseguir apoyos para gobernar, comenzando por la aprobación de los presupuestos. Excepto que Ciudadanos se avenga a inmolarse –cosa no descartable, que ya hemos visto lo sucedido en el PSOE- la que ahora comienza debiera ser una legislatura en la que los pactos entre los partidos de la oposición obligaran a Rajoy a revertir algunas de sus leyes más emblemáticas y a moderar su política económica incorporando una sensibilidad social que en el PP es inexistente.

Sydney Pollack dirigió, a finales de la década de los sesenta, una película ambientada en los años de la Gran Depresión norteamericana que es todo un clásico del cine social. Personas desesperadas participaban en maratones de baile simplemente para conseguir comida y cobijo, mientras los espectadores disfrutaban del cruel espectáculo para intentar olvidar sus propios problemas. El film se estrenó en España bajo el título Danzad, danzad, malditos.

Pactad, pactad, malditos sería un buen título para una película que se rodara ahora en el Congreso de los Diputados. Si las fuerzas políticas de oposición quieren sobrevivir, si no se resignan a destrozarse entre ellos para mayor gloria del lamentable espectáculo dirigido por Rajoy, tienen que entenderse, tienen que pactar, pactar y volver a pactar. Deberían y podrían alcanzar acuerdos mínimos, básicos, que les permitieran ser oposición efectiva al gobierno, obligando a éste a moderar su neoliberalismo agresivo y desalmado, transmitiendo a quienes les votaron que han comenzado a cumplir con las promesas que les hicieron en campaña electoral. Eso les permitiría afrontar con mejores expectativas las elecciones que, sin duda, Mariano Rajoy convocaría antes del verano próximo.


Académico del Departament d'Història Contemporània, Universitat de València