Algún vivaracho, en todas las épocas hay más de uno, sentenció que la persona resentida era poco menos que un leproso paria del cual no era posible esperar nada bueno.

Del mismo modo en que la cultura dominante instala ideas que de tanto ser repetidas se dan como ciertas, el rechazo al resentido pasó a ser una categoría indiscutible al momento de fustigar desviaciones ideológicas, políticas, religiosas, sexuales y de cualquier naturaleza.

Un resentido debe ser expulsado del partido, del movimiento, de la cama, de la orden.

Por el mero hecho de hablar con bronca en sus palabras, una persona que dice tanto lo que piensa como lo que le indican sus gónadas, en sus más espeluznantes mezclas y variantes, resulta no sólo poco serio, sino que, además, meritorio de un rechazo generalizado.

Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, que dicta los significados de las palabras que usamos en este idioma, para ser un resentido hay que tener un sentimiento, pesar o enojo por algo.

Levante la mano el que esté libre de tal.

Sin embargo, los que quieren trastocar las definiciones para humillar a quien siente en lo más profundo de su alma esos pesares y enojos, lanzan la confusión siniestra: que el resentido es idéntico al envidioso, ese que, tomada la definición del mismo diccionario, siente tristeza o pesar del bien ajeno.

Los dueños de todo, en su ánimo por dejar las cosas tal como vienen estando desde que el mundo es mundo, agregan a sus definiciones adjetivos que suenan como latigazos de los cuales hay que esquivar el cuerpo. Un determinado tipo de resentido puede tener permiso para tan oprobiosa actitud de rechazo, bronca, incluso odio, cuando estos venenos tienen como destinatarios cuestiones pueriles.

Pero que no se le acuse de resentido social.

Para los poderosos de todas las épocas, un resentido social es aquel que siente un tremendo odio contra todo aquello que él, en el usufructuo de su destino de pobre, jamás va a alcanzar.

Y que además, cumple con la condición de hacerlo saber ya sea por la bilis que se le escapa con las palabras, por las piedras que dispara a diestra y siniestra no más se dé la mano, o por el botín que elige cuando escala los muros de la propiedad privada.

Estos actos de opinión política se han vuelto comunes en nuestros patrióticos días.

Usados de preferencia por sujetos que no tienen a mano medios de comunicación normales, han tenido la virtud de perfeccionar legislaciones, sistemas de alarmas y eficacias policiales.

Aunque para las víctimas de estas sui generis maneras que equilibrar la distribución los ingresos, estos tipos no sean más que envidiosos que subliman su resentimiento con conductas delictuales.

Si mediante diversos expedientes se han reproducido los resentidos de facto, también mediante los más diversos y asombrosos disfraces se han mimetizado quienes aborrecen ser llamados de esa manera, aún cuando sus conductas sean tanto o más oprobiosas.

A estos sí se les permite odiar a sus enemigos, asesinarlos cuando otras vías no son tan eficientes para su control, y robar con desparpajo cuanto no más se ponga en sus cercanías aquello que sea susceptible de ser vendido a buen precio o que reditúe frutos atractivos.

Esta gente quisiera ver a su país, este mismo de nosotros, situado entre Luxemburgo y Suiza. Para ellos no hay ni lapidación ni castigo. Contrario sensu, se les reconoce como los únicos aportadores a la grandeza patria.

Y son precisamente estos personajes los que determinan las condiciones para que un sujeto que abjura de esas riquezas o que quisiera tener, aunque fuera una partecita de esos millones cultivados con esmero enfermizo, sea llamado resentido social.

Del mismo modo esos que sueñan con un fuego sagrado que arrase esos parajes que se burlan con su sola existencia de aquellos que para vivir deben sortear cada día obstáculos de miedo.

Y para que aquellos que quisieran que las catástrofes sean en adelante lo suficiente democráticas como para que alguna vez les toque perder a los que sólo saben ganar, sean llamado de manera despectiva: resentidos sociales.

Pobres resentidos.

Viviendo casi en una eterna clandestinidad, de tarde en tarde y de mañana en mañana, reciben palos del lado de quienes piensan del mismo modo pero que no tienen los cojones para decirlo con todas sus letras. En estos casos, la crítica se disfraza de categoría ideológica: el resentimiento debilita las ideas revolucionarias.

El resentimiento, es decir, la acción de volver a sentir, es la condición anterior a la rebeldía contra un orden que tiene por soportes las más crueles injusticias.

Quien en la profundidad de su corazón, no siente y vuelve a sentir el oprobio de una sociedad inhumana, no puede aspirar a cambiarla.