El triunfo electoral de Donald Trump en EE.UU. nos sitúa con incertidumbre frente a la crisis de los refugiados y de Medio Oriente. Su triunfo constituye uno de los grandes fracasos de la “democracia de audiencias”, que ayudaron a construir los liberales y socialdemócratas con la benevolencia de los capitales provenientes de los medios de comunicación de masas. El concepto de “democracia de audiencia” fue estudiada por el politólogo de la Universidad de Nueva York, Bernard Manin (1998), quien la definía como la correlación entre el sistema político democrático y las audiencias televisivas. Los medios de difusión han significado una importante tecnología de socialización política, y así lo demuestran los estudios antropológicos sobre la radio y su papel en la alfabetización en zonas rurales de América Latina, o su influencia sobre la formación de la opinión pública. Pero, a pesar de sus posibles victorias sobre la cultura política, los inconvenientes están desbordando las capacidades democráticas del liderazgo populista, amén de sus discursos que rozan con el fascismo.

La tesis descriptiva del declive de las ideologías que explicaría en gran medida la transición de una democracia de partidos a una democracia de audiencias, no advierte que la democracia y el espectáculo forman un oxímoron. La identificación de los “votantes flotantes” con los representantes se construye a partir de criterios basados en los índices de popularidad y tiempo promedio del candidato en los programas de mayor audiencia. La frivolización de las candidaturas políticas no es un tema nuevo, pero tampoco es un fenómeno que haya quedado abandonado en las esquinas de la historia.

La contradicción entre el espectáculo y la democracia se basa fundamentalmente en la preeminencia de la irracionalidad sobre las ideas; o, con mayor claridad, un proyecto político basado en una popularidad a costa del “enemigo exterior” deja amplios márgenes a la discreción política, y así lo han demostrado los gobiernos corporativos de la República Fascista de Saló y del Régimen Nazi. De este modo, la cuestión parece avanzar hacia asuntos todavía más profundos. George Lakoff, un eminente psicólogo cognitivo de la Universidad de California, Berkeley, escribió un libro fenomenal sobre lenguaje y debate político, titulado “No pienses en un elefante” (2011), y en él incursiona los avatares del discurso político progresista y conservador.

Recuerden que estamos hablando de Donald Trump, de modo que sería al menos ilustrativo resumir alguna de sus ideas: a) todos nuestros actos están supeditados a los marcos conceptuales: “Richard Nixon lo descubrió por la vía dura. Presionado para que dimitiera durante el escándalo del Watergate, se dirigió al país a través de la televisión. Se presentó ante los ciudadanos y dijo: ‘No soy un ladrón’. Y todo el mundo pensó que lo era”, y sabemos que Trump no se arrepiente, se alaba: “Soy muy rico”, “He hecho favores a Hillary Clinton…después ella estará para mí, por eso fue a mi boda”, etc. En consecuencia, no uses su lenguaje, usa tu propio marco conceptual; b) las metáforas importan: la tesis del “padre estricto” como línea política tradicional del Partido Republicano. Sobre el modelo de padre estricto, nos dice Lakoff: “El mundo es peligroso. Siempre habrá ganadores y perdedores. Los niños nacen malos, porque el bien cuesta y ellos quieren hacer lo que les place. Hace falta un padre estricto que proteja y sostenga a la familia y que enseñe a los niños la diferencia entre el bien y el mal. Mediante el castigo (incluso físico) se enseña al niño a obedecer. Gracias a esto se consigue la disciplina”;  c) como en su obra “Moral Politics” (1996 y 2002), sugiere que el triunfo electoral del republicano Arnold Schwarzenegger en California fue posible gracias a los valores de los votantes y de lo que “admiran”, de lo que les representa (no solo se trata del líder, sino también a quién “atrapa”, pues para que haya poder ha de haber consentimiento).  Muchos líderes, pues, son una viva imagen de sus ciudadanos; y d) tradicionalmente los republicanos buscan y premian el “agua limpia” (es decir, una sociedad “higienizada” formada por ciudadanos que corren el peligro de “infectarse” de las malas costumbres de los extranjeros). Todo esto constituye una de las tantas ideas del libro, aunque me interesa resaltar aquellas que representan el éxito de Donald Trump, basado en el discurso de las “cloacas” de Estados Unidos: mexicanos, chinos…y, en definitiva, todo lo que suene a “chino”. No hay tantas vueltas que darle: líderes enfermos para una sociedad enferma; si en la época del nazismo se controlaba la hipótesis de W. Reich sobre la relación entre la represión sexual de los ciudadanos y el éxito de Adolf Hitler, tal vez la sociedad estadounidense tenga algo que decir sobre el ascenso de candidatos frenéticos del Partido Republicano.

De este modo, Trump no ofrece una fidedigna imagen de los tradicionales “padres estrictos”. Sin lugar a dudas los países con una tradición democrática estable, con principios y valores prefijados en sus cartas fundamentales están más que nunca sumergidas en una crisis relacionada con la contradicción entre espectáculo y democracia, lo cual ha significado una profunda ruptura con la razón, el diálogo y el respeto. Donald Trump es el presidente que “no ofrecerá perdón por nada”, que en psicoanálisis puede dar lugar a muchas interpretaciones, aunque tal vez haya una que cobre especial relevancia para una proporción del votante promedio estadounidense y la imagen de Trump: la teoría de los instintos de Freud.

Como se sabe, la agresión humana (una de las formas de conservación de sí mismo) es tan primaria como la líbido (placer). En una aproximación psicoanalítica de la política, cuando se habla de derivas agresivas contra los inmigrantes se suele decir que hay algo detrás: la profunda frustración de las élites conservadoras en ofrecer, como el “buen padre estricto”, la estabilidad que ellos mismos han quebrado; y, de hecho, cuando Donald Trump habla de China, en realidad habla de la crisis que EEUU no ha sabido resolver; y cuando habla de los “peligrosos” mexicanos, en realidad habla de las frustraciones de los propios ciudadanos estadounidenses que no saben a quién culpar. Es como el padre o la madre complaciente que racionaliza el mal comportamiento de sus hijos culpando a otros. En las experiencias políticas, el instinto de agresividad suele tener su expresión racional en forma de ley, con la imposición de reglas, de “muros” contra la angustia de un país que no ha podido resolver sus problemas sociales. Así, la construcción del principio del placer en el discurso de Trump, ha de buscarlo en la “plenitud de gozo inmediato” que puede entregar el odio y el racismo; en definitiva, la transferencia de todos los “pecados” de Estados Unidos a los extranjeros, de un país que se exculpa de sus fracasos, y los desplaza hacia los “otros”. El principio de exculpación en Donald Trump se manifiesta en su lema ¡No pido perdón!, un carácter televisivo que amenaza con la seguridad y la estabilidad democrática. Su frenesí es comparable con la peor época de occidente.


Sociólogo (UCM)