Hace un par de semanas anunciamos que con el premio Nobel de Dylan iba a ser oportuno revisar los textos de Leonard Cohen, y claro, siendo distintos, pertenecen a la misma hornada de poetas cantantes. Cohen más que Dylan, por eso la pertinencia de revisitarlo, en el sentido que el canadiense antes que cantar escribió, y escribió mucho, su transformismo hacia la canción vino después de una larga vuelta por la literatura.

Por eso su edad, el cantautor más maduro de todos, quizás no el primero pero si el líder. Porque empezó más viejo, no en la adolescencia como la mayoría de los poetas, letristas, cantautores, que construyeron sus primeras baladas en la frescura de la juventud más joven. Por eso nunca importó que su voz fuera casi un susurro en tonos menores, superpuesta a una textura musical muchas veces valseada, desplegando con aparente monotonía sus textos directos y expresivos, sus versos crípticos y sicológicos, su poesía nostálgica y doliente, sus canciones de temas maduros y madurados. Si Dylan, el Nobel de literatura, es el relato de los tiempos cambiantes en modo bufonesco, es Cohen el cronista intimista de sentimientos benditos.

Como a todos los grandes, en este caso opacado por el brillo de lo superficial, los destellos encandilantes del negocio de espectáculo, donde muchas veces la música y el cine son sus guaripolas, nos costará desentrañar los misterios de su mensaje poético o comprender el significado de las imágenes surreales de su danza en el fin de los tiempos. A propósito del lanzamiento de su último disco hace pocas semanas, Leonard anunció que se encontraba preparado para morir. No sé si era una premonición o la satisfacción de un ciclo terminado, lo que sí me queda claro que no era esta la forma de decirnos adiós.


Periodista, Magíster en Comunicaciones. Director Ejecutivo de Chopazo Films y profesor universitario