Hace unos días apareció #arteparatodos por los medios de comunicación. Se trata de una iniciativa llevada a cabo por Mall Plaza que, con la consigna “Juntos más vida a mi ciudad”, inauguró espacios gratuitos de exposición artística a la vez que de talleres educativos sobre distintas técnicas en artes visuales. Con la imagen y participación de artistas como Gonzalo Cienfuegos, y el sorteo de una cámara polaroid previo comentario a un video en redes sociales, se intenta instalar al mall como espacio desinteresado destinado al bien público, esta vez por medio del arte. Pero ¿quién es el “todos” al que se apela en este #arteparatodos? El título no es nuevo, hace décadas se vio otro proyecto cuyo “todos” era sustantivamente distinto al propuesto por Mall Plaza. 

En 1970, dependiente del otrora Instituto de Extensión Musical de la Universidad de Chile, comenzó a existir un programa de extensión que difundía el quehacer artístico universitario. El programa, llamado también “Arte para Todos”, pero sin hashtag, consistía en abrir espacios de exhibición musical y de danza en poblaciones donde convergieran tanto los cuerpos artísticos estables de la Universidad, con carácter nacional, como también los artistas de los territorios que se visitaban. Un camión transportaba el escenario por distintas comunas de Santiago y sus grandes dimensiones eran ocupadas por la Orquesta Sinfónica de Chile, grupos folklóricos universitarios y el Ballet Nacional Chileno, cuyas presentaciones se intercalaban con la participación de grupos musicales de pobladores que, incluso, tocaban con instrumentos inventados por ellos mismos. Era el encuentro entre distintos quehaceres artísticos y formas, tanto académicas como populares, de descifrar estéticamente el mundo. Eran los años de la reforma universitaria y de la necesidad de replantear las maneras de hacerse arte del arte, cuyo “todos” era un “todos” delimitado por los pobladores, obreros, campesinos y parte de los sectores medios que históricamente se habían visto postergados de la creación y disfrute artístico. Fue en ese “todos” popular donde se fijaron los objetivos de este programa extensional que duró hasta septiembre de 1973, y cuyas actividades programadas para el martes 11 no pudieron realizarse.

¿Cuál es el “todos”, entonces, al que se apela en este #arteparatodos con hashtag? En lo político, con la expropiación por parte del pacto transicional de las posibilidades de participación pública en la definición de nuestras vidas y, en lo económico, con el neoliberalismo como sistema creador de apetencia, de deseo y de insatisfacción por medio de la estética publicitaria, se posiciona al sujeto -debilitado socialmente- como un individuo que encuentra realización personal en el consumo y que accede a sus derechos sociales como cliente. Es la reproducción constante del quiebre del tejido social y de su consecuente ruptura cultural. Cuando el espacio público está destinado al tránsito, y no al encuentro del rostro a rostro, aparece el mall como espacio social para un encuentro ficticio y un estar mediado por el mercado. “La vida en familia se hace cuando miles y miles de personas van a los centros comerciales”, diría Horst Paulmann. El “todos”, por lo tanto, es el “todos” construido por la apetencia mercantil. Es un “todos” en el que nos encontramos como los iguales desustancializados de sensibilidades populares, despojados de emotividades colectivas; iguales neutralizados en el instante previo a la transacción, singularmente desarticulados, y violentamente fragmentados por el consumo. No es el mall el que le da más vida a nuestra ciudad, pues colabora en matarla, ni menos debe ser la plataforma de concentración de las identidades subalternas a través del arte, pues las encubre. De esta forma, no hay espacio para la articulación de sensibilidades compartidas que puedan hacer emerger referencias estéticas populares propias. El arte de Mall Plaza es, entonces, para un “todos” neoliberal radicalmente opuesto al “todos” que se intentó delinear en el proyecto del Instituto de Extensión Musical y de los proyectos extensionales universitarios pre-dictatoriales.

Con la pauperización de la educación, actualmente entendida como bien de consumo, y la expropiación del rol público de las universidades estatales, los proyectos extensionales han sido reducidos a eventos y servicios de autofinanciamiento para sobrevivir más que a procesos sociales de retroalimentación efectivos que hagan poner en crisis las formas del conocimiento. En ese sentido la Universidad de Chile, a través de su Centro de Extensión Artística y Cultural y su Facultad de Artes, bien harían en recuperar su memoria histórica y reivindicar los proyectos de mayoría, como su propio “arte para todos”, actualmente en el olvido para el plantel universitario. Una extensión universitaria que supere la lógica mercantil, ilustrada y civilizatoria, podría colaborar muchísimo en hacer retroceder a la violenta matriz cultural del neoliberalismo y en hacer recuperar esos espacios comunes que tanto necesitamos.

Es imperioso recuperar, con autonomía, nuestras propias posibilidades de emergencias culturales como sectores subalternos. Es imperioso recuperar, crear y construir de manera soberana nuestros espacios de vida en sociedad, incluida la universidad pública y su extensión, con un arte para el otro “todos”, ese “todos” popular que hay que articular por fuera del Chile neoliberal que Mall Plaza nos propone.

 

 


Equipo de cultura Beatriz Sánchez