Un anuncio de una empresa inmobiliaria que construye un edificio en una comuna de Santiago de Chile ofrece una “vida de barrio”. En el colmo del cinismo, ellos, que destruyeron previamente el barrio para construir su colmena de departamentos insípidos y clónicos, lo ofrecen como valor diferencial. La mezcla sucia de especulación inmobiliaria, desregulación urbana y corrupción edilicia favorecen la aparición de estos “nuevos barrios” sobre los cadáveres de los anteriores. Del antiguo barrio ya no queda nada, excepto unos árboles añosos candidatos próximos a alguna tala indiscriminada realizada por las empresas contratistas de la Municipalidad. Espacios sombríos por la competencia por el sol entre los edificios. El pequeño comercio desapareció y las redes de cercanía y confianza también desaparecieron. Y aunque la densidad de habitantes se multiplicó por diez o veinte, las calles están vacías. Calles fantasmas en sentido literal del término: sólo quedan apariciones post-mortem, almas en pena, restos espectrales de una vida anterior.

El sistema socioeconómico que nos ha tocado vivir, cuya mejor denominación es Capitalismo, suene o no suene bien a los oídos de las derechas y de las izquierdas patrias y mundiales en tiempos de pensamiento espumoso, no tiene más remedio que destruir para existir. El inteligente Joseph Alois Schumpeter lo llamó destrucción creativa. Bien pensado el enunciado inverso es más adecuado: creatividad destructiva, productora de fantasmas.

Estimuladas por el afán de ganancias ilimitadas las inteligencias de muchos son puestas al servicio de tareas de destrucción. Probablemente su ejemplo mayor es la industria armamentística: miles de científicos y tecnólogos son reclutados en laboratorios y fábricas para diseñar artilugios de muerte. Legiones de doctorados y mágisters con toda su batería de credenciales y honores académicos se ponen al servicio del horror. Individuos que han pasado todas las pruebas de suficiencia académica, respetados por sus pares y sus comunidades de pertenencia, después de diseñar bacterias, misiles, bombas y otros artefactos que infectarán cuerpos, quemarán hogares, mutilarán niños, destruirán sembrados, contaminarán aguas, etc. vuelven a su casa y acarician al perro que les mueve la cola. Besan a sus niños, se sientan a la mesa y comenta los asuntos del día con su mujer. Individuos pacíficos y ejemplares que seguramente hablarán con rotundidad y convicción acerca de la neutralidad de la ciencia y serán capaces de dictar cátedra acerca de la objetividad del método científico y de su  compromiso con la verdad, dedicarán sus mejores esfuerzos diurnos a la destrucción de otros.

Algo similar les sucedía  a los torturadores durante la dictadura de Pinochet y aledañas. Lo suyo era un trabajo como otro cualquiera, con horarios y períodos de descanso. Disociación total de la subjetividad de hombres miserables. Estos quiebres morales, desgraciadamente, se extienden a todo el acontecer social donde la creatividad destructiva es puesta al servicio del Capital y su pulsión simultánea de acumulación y destrucción.

La voracidad inmobiliaria es otro ejemplo de destrucción sin límites. Una las mayores industrias del planeta es la construcción de edificios, casas, obras públicas, ciudades enteras incluso. La economía mundial está sostenida por el ciclo de la voracidad constructiva/destructiva/constructiva.  China  orientó su megalomanía atávica hacia la industria inmobiliaria ilimitada. Desde su gran salto hacia el mayor capitalismo de Estado del planeta ha utilizado la expansión inmobiliaria como varita de desarrollo creando obras civiles y habitacionales para salir de su crisis y de paso salvar a otros. Según David Harvey, China “salvó al capitalismo de la gran depresión que pudo haber ocurrido” tras la crisis que comenzó en 2007-2008 en los EEUU, con el estallido de la burbuja inmobiliaria. Tras el debilitamiento del mercado inmobiliario en este país y, por lo tanto, de la demanda de materias primas chinas,  China se lanzó a la construcción interna a una escala sin precedentes en la historia de la humanidad llegando incluso a construir ciudades que todavía no tienen habitantes. Aquí como en otros momentos de la Historia es la urbanización la que salva a economías desfallecientes, dice Harvey. El gran problema, señala, es que “las nuevas formas de urbanización son una locura” no sólo por la escala y el inmenso  daño ecológico que producen sino porque las ciudades se llenan de casas vacías que se compran más para especulación y no para vivienda.

El viejo capitalismo industrial dejó ciudades abandonadas como Detroit: ruinas carcomidas por la humedad y habitadas ahora por ratones y cucarachas. Es un abandono después de haberle extraído al espacio urbano todo su valor de uso para la producción fordista. El nuevo capitalismo financiero  globalizado, post-fordista, por el contrario, se concentra en bienes raíces y rentas cuyo destino es la especulación. Llega, en el límite del delirio, a construir relucientes ciudades vacías como las chinas, antes de haberle extraído los valores de uso al espacio urbano: puro valor de cambio y valor simbólico antes de existir como lugares de con-vivencia.

La especulación financiera y la ganancia rentista producen barrios y ciudades  fantasmas.  Es decir, algo que aparentemente se ve o se oye pero que no tiene realidad, aunque sí efectos reales. Fantasma y fantasía pertenecen a la misma familia léxica. Las ciudades y barrios fantasmas son, simultáneamente, fantasías ofrecidas al apetito de movilidad de las nuevas clases sociales. Todo grupo social busca y deja marcas en el espacio urbano que ocupa. La destrucción/construcción urbana conecta perversamente con las fantasías de ascenso social, realizable a través de la ocupación del territorio y del endeudamiento hipotecario. Los nuevos habitantes nada saben de los antiguos y superponen piscinas, máquinas para hacer ejercicios, conserjes, “quinchos” y olor a asados sobre restos espectrales sin memoria común.

Geografía urbana, política, legislación, economía, clases sociales e ideología son una misma cosa. La máquina del capital arrasa lo que ella misma construyó anteriormente. Lo brillante y lo oscuro: ciudades, barrios y casas de tortura. Se autodestruye para seguir construyendo su expansión ilimitada. Se borra lo que existió previamente, tanto los juegos infantiles en la calle como los gritos de las flagelaciones. Los desaparecidos desparecen, casas o personas, pero los fantasmas no: rondan por ahí para recordarnos lo que hubo, lo que pudo ser y no fue. La Historia es la historia de fantasmas.