A veces pareciera que hemos sido echados fuera del Jardín del Gigante Egoísta, esa fábula del escritor irlandés Oscar Wilde que escribió en 1888 que contaba de un gran gigante que, cercando su jardín, no dejaba que las y los niños jugaran libremente en él. En pleno auge de la Revolución Industrial, Wilde esbozaba una crítica a un sistema que hacía ver que el egoísmo y la competencia serían este “gigante” que se impondría y que, cientos de años más tarde, continúa acentuando lógicas de competencia desmesurada, utilitarismo y soledad, lo que ha provocado transversalmente -sobre todo en los sectores más vulnerados y golpeados por el modelo- un clima de malestar.

Respecto a este malestar, Charles Taylor, filósofo y politólogo canadiense, en su libro “La Ética de la Autenticidad”, sostiene que actualmente las personas experimentan un malestar respecto de la sociedad debido a que ciertos rasgos de la cultura contemporánea se encuentran en declive. El individualismo y la autodeterminación -considerado por algunos como el logro más grande de la sociedad moderna- se ha instaurado como un valor rector en la sociedad y ha eliminado de la esfera pública y del debate político el valor del sacrificio y del amor por el prójimo.

El concepto moderno de libertad, además de generar un descrédito a los modelos sociales del pasado -con las consecuencias negativas y positivas que eso conlleva-, deviene en un liberalismo vaciado de espiritualidad y propósito salvo la propia satisfacción, lo que conduce a un desencantamiento del mundo y una pérdida de la dimensión comunitaria de la vida y sociedad.

Finalmente, la exacerbación del individualismo, del emprendimiento personal y de la competencia -valores fundamentales del liberalismo- logran generar un blindaje del ser humano hacia sí mismo que desplaza el interés por los demás y genera un sistema de valores en donde prima el utilitarismo y la razón instrumental; así, la naturaleza y las personas caen en una mirada económica, en donde todo es tratado como materia prima.

No podemos negar que nuestras sociedades han evolucionado, y que la técnica aplicada a la salud y a la innovación en diferentes aristas de la vida nos ha traído muchísimos beneficios, pero la sociedad al liberarse con lo técnico corre el riesgo de que lo más profundo de ella caiga en términos económicos; como justificar el crecimiento de un país con la desigualdad de riqueza y renta, o explotar el medioambiente hasta el punto de llegar a un desastre en potencia. De esta manera, los objetivos duraderos que como sociedad nos hemos puesto son apartados en beneficio de lo sustituible e instantáneo. El paradigma del artefacto ha sustituido al compromiso por el beneficio automático y personal.

La Comunidad como respuesta:

Uno de los problemas más patentes de la sociedad moderna, herencia latente de este Gigante Egoísta, es la fragmentación social. El rompimiento del tejido comunitario ha hecho que se desintegre el barrio, que la solidaridad quede reducida a una campaña anual, o que actuar por la comunidad ya no sea una opción siquiera agradable. Estamos en un mundo en donde con un smartphone o un computador podemos comunicarnos con alguien a miles de kilómetros de distancia, pero no sabemos cuál es el nombre de nuestro vecino de más allá u olvidamos saludar al chofer del bus o decir buen día a la recepcionista que nos recibe en la oficina. La Forma Comunidad -por forma se refiere a una constitución social que expresa manifestaciones múltiples de organización – ha retrocedido en muchos aspectos ante la “Forma del Gigante”, la forma mercado, ¿pero debemos desanimarnos ante este fenómeno?

Ante tanto negativismo y desilusión se nos abre una ventana de esperanza: la forma comunidad va recuperando fuerza en las universidades, en las parroquias, en los barrios, municipios y en distintos lugares de acción y encuentro. En los últimos años diversos movimientos sociales se han articulado en torno a demandas socioambientales, de educación, salud, vivienda y diferentes derechos. Poco a poco se vuelve a entender que la convergencia de fuerzas y la comunidad -forma más compleja pues supone un cambio social e interior- son clave no solo para lograr la conquista de derechos, sino que para formar una sociedad sana y fraterna, ya que de otra forma se continúa reproduciendo un sistema con un conjunto de subjetividades económicas, políticas, sociales y culturales que llevan al ser humano al malestar, el aislamiento y el vacío interior. Poco a poco, volvemos a comprender que la forma de ganarle al Gigante Egoísta y su sesgo individualista es con un nuevo paradigma de cooperación, entendiendo a la comunidad como el centro del desarrollo y a la cooperación como motor de éste.

La forma comunidad desborda las fronteras de la política, ya que un elemento esencial de ésta es la empatía. Ponerse en el lugar del otro supone un ejercicio que nos involucra con la persona, que nos “abaja” a realidades desconocidas, injustas, o que nosotros evitaríamos. Uno de los paradigmas fundamentales de la forma mercado es el trabajo y surgimiento individual, idea que se contrapone a una mirada al otro no como una herramienta u obstáculo para llegar a un fin, sino como un otro que constituye parte de un sistema compartido, un otro que puede estar siendo vejado en uno de sus derechos o que necesita de nuestra solidaridad y apoyo en sus luchas y motivaciones.

Ante el escenario de una política destruida por la corrupción y la desconfianza, un desafío importante para quienes participamos de la política o de diversas iniciativas sociales, es fortalecer la idea de que el Gigante Egoísta no es invencible, y que depende de nosotras y nosotros derribar los muros de su jardín.


Estudiante de Pedagogía en Historia y Militante Territorio Las Condes de Revolución Democrática.