“En junio murió Emilia Mena Mena. Su cuerpo se encontró en el basurero clandestino cercano a la calle Yucatecos (…) En el informe forense se indica que fue violada, acuchillada y quemada, sin especificar si la causa de la muerte fueron las cuchilladas o las quemaduras, sin especificar tampoco si en el momento de las quemaduras Emilia Mena Mena ya estaba muerta (…) El basurero no tiene nombre oficial, porque es clandestino, pero sí tiene nombre popular: se llama El Chile.” (Roberto Bolaño)

El escritor chileno Roberto Bolaño, en la cuarta parte de su novela 2666, relata así, de una manera cruda y seriada, noventa y siete femicidios en la ficticia ciudad de Santa Teresa. Ésta representa Ciudad Juárez, al norte de México en la frontera con los EEUU. En dicho lugar, desde el año 1990, se han producido más de setecientos asesinatos a mujeres con la complicidad de políticos, policías, narcos y grandes comerciantes que sostienen económicamente la zona. De esta manera Bolaño intenta denunciar e inscribir uno de los contenidos actuales que toma el mal y el horror, que últimamente ha conmovido no sólo a Chile sino al mundo entero a partir de escalofriantes casos.

Un poco más al este de Ciudad Juárez, un sujeto hace explotar su cuerpo para causar así un mal a otros en honor a sus oscuros dioses. Otro dispara a diestra y siniestra por no tolerar lo diferente, antes de poner la última bala en su nuca. Todo esto mientras un futuro presidente desarrolla una explícita y violenta performance apoyado por las masas.

Pero: ¿Cómo pensar esta cosificación del otro para el sujeto moderno? ¿Acaso antes no había violencia? ¿Cómo pensar de que hay unos que piensan que la vida de algunos no merece ser vivida, que debe ser desechada, reducida?

Cada tipo de violencia no puede ser comprendida desde una sola línea argumentativa, tienen sus particularidades dadas por las coordenadas sociales específicas y sus singularidades que dependen del caso a caso, sin embargo, propongo decir algo sobre lo universal para dejar planteadas algunas ideas básicas que puedan aportar a la discusión. Desde el desarrollo de las ciencias sociales y del psicoanálisis, sería ingenuo pensar el fenómeno de la violencia sin tomar en cuenta dos argumentos:

1.- El histórico-político. La violencia explícita durante la primera mitad del siglo XX; las guerras mundiales, la bomba atómica, el stalinismo, el fascismo, el nazismo, el Holocausto han dejado una marca en la historia de la humanidad. No es que sea una causalidad lineal, lógica, ni cronológica, sino una huella traumática, un molde, una “primera vez” donde la cosificación, la deshumanización y la reducción al otro a nivel de objeto desechable, llevó a una devaluación del lazo social que retorna hasta hoy.

Considero al nazismo como el caso paradigmático donde surge lo “ilimitado”, de la mano de la técnica científica, de la tecnología de fábricas y montajes industriales burocráticos para masacrar organizadamente cuerpos humanos. En esta etapa, lo ilimitado se interioriza a nivel del Ser como señala el psicoanalista Jorge Alemán.

En Latinoamérica, como la elite política siempre ha seguido de reojo a la Europa, sin centrarse por ejemplo en el conocimiento de sus propios pueblos originarios, no tardó en reproducir los campos de exterminios de la mano de los militares y de los EEUU. Esa es nuestra marca que no cesa de no de escribirse. Hay algo de ese mal, que no tiene nombre, con el cual Bolaño intenta hacer algo en su novela, o a través de la lucha de los familiares de los detenidos desaparecidos en Chile o de las Abuelas de la Plaza de Mayo en Argentina, etc.

2- Del sujeto. La violencia ha existido siempre, desde los orígenes del ser hablante, es decir, de lo que llamamos cultura. El mal no viene solamente de un sistema político perverso que oprime al pobre sujeto, sino que hay una fuente destructiva en todos los seres humanos, uno por uno. Freud lo pudo pensar a partir de su concepto de pulsión de muerte, plantea: “El ser humano no es un ser manso, amable, a lo sumo capaz de defenderse si lo atacan sino que es lícito atribuir a su dotación pulsional una buena cuota de agresividad. En consecuencia, el prójimo (…) es una tentación para satisfacer en él la agresión, explotar su fuerza de trabajo sin resarcirlo, usarlo sexualmente sin su consentimiento, desposeerlo de su patrimonio, humillarlo, infringirle dolores, martirizarlo y asesinarlo (…) el mandamiento ideal de amar al prójimo como así mismo, que en la realidad efectiva sólo se justifica por el hecho de que nada contraría más a la naturaleza humana originaria”

Esta posición freudiana cruda sobre la naturaleza humana hay que tomársela en serio. Es verdad, no todos pasan al acto explícito de la violencia, algunos la hacen menos salvaje, la canalizan en actividades simbólicas, la dirigen contra sí mismos, la reducen a palabras o a posteos en internet, y otros en su foro interno, al caer la noche, sueñan con el retorno del padre dictador que ordenará nuevamente al país de las lacras….por lo demás: ¿Quién en su cotidianeidad de Santiago de Chile, como ciudadano de a pie, más allá de las apariencias, aseguraría no tener deseos enormes de destrucción cuando las cosas no andan?

Repito: hay que tomarlo enserio. Tal como lo hizo Hannah Arendt en sus investigaciones sobre la responsabilidad del mal ejercido por los nazis, llegando a la escalofriante conclusión de que el horror en los campos de concentración era ejecutado por personas “psicológicamente normales”, neuróticos. En otras palabras, si pudiésemos ir más allá del pánico del noticiario, que funciona como un señuelo que no nos deja pensar, el mal no está en los locos, ni en los perversos, tampoco en los burgueses, ni en los empresarios, o en los políticos, ni en los marginales, sino que es transversal a todos nosotros humanos.

Antes de pasar al siguiente punto, es importante marcar que la separación entre lo social-político y lo del sujeto, es un poco ficticia ya que ambas entran en una dialéctica imposible de apartar y por ende abolir. El marxismo ortodoxo pecó ingenuamente de este error, creyendo que cancelando la propiedad privada podría llegar a acceder a un terreno donde la naturaleza humana, íntegramente buena, llevaría a una purificación colectiva…

 ¿Qué hacer? En Chile…

Ahora bien, que la violencia no sea erradicable no se trata entonces de quedar de brazos cruzados, dice Freud: “no por eso la cultura va a renunciar a intentar prevenir los excesos más groseros de la fuerza bruta”. Es la lucha constante, infinita, del cuerpo social para intentar reducir esa pulsión destructiva. Es la cultura entonces, paradójicamente, la encargada de regular la violencia porque el asesino que anida en la humanidad está a la espera, e incluso creará las condiciones sociales para expresarse, señala el psicoanalista argentino Osvaldo Delgado. En esa tensión se mueve el humano siempre.

Algunos reducirán la discusión a la acción penal de la cultura: “todo flaite violento debe ser castigado” se escucha decir. Pero “la ley no alcanza a las exteriorizaciones más cautelosas y refinadas de la agresión humana” advierte Freud, o sea, en algunos casos sí y es necesaria, pero en otros, el cuerpo se hace explotar haciendo su propia justicia, los dichos ideológicos violentos son impunes pero encuentran sumisos oídos que lo reproducen, el joven recurre al pillo cálculo de sortear el castigo de la ley, o el “encapuchado con corbata” empresarial violenta con total libertad. Ahí la “la ley no alcanza”. Es más, todo lo que no está prohibido se vuelve una obligación hoy, para decirlo de una vez tomando a Lacan.

  La “mano dura” chilena es una ilusión. Si nos emancipamos un poco de la manipulación mediática, del conservadurismo y perdemos el miedo de aceptar que en el centro del ser humano está la destructividad, quizás podamos plantearnos políticas públicas más orientadas a su reducción que no aplasten la singularidad de cada sujeto. Sigue Freud: “La cultura tiene que movilizarlo todo para poner límites a las pulsiones agresivas de los seres humanos, para sofrenar mediante formaciones psíquicas reactivas sus exteriorizaciones”. Personalmente propongo pensar esto también a nivel estructural-social, a nivel de un Estado que no sea cómplice pasivo. A través de una política que otorgue derechos ciudadanos básicos sin la injerencia de lo “ilimitado” del mercado en: educación, vivienda, trabajo, salud y recursos naturales, que en Chile fueron privatizados en dictadura tal como lo trabajé en otra columna. Esto permite que el ciudadano, sobre esa base, pueda crear proyectos individuales singulares o políticos-colectivos, que inhiban la pulsión destructiva. En jerga lacaniana: una sintomatización del goce destructivo del sujeto.

En la otra vereda está la marca traumática de lo “ilimitado” ya no de la destrucción organizada de los cuerpos comandado por Hitler, Pinochet, etc, pero sí de lo ilimitado del consumo, de la adicción, del “imposible is nothing”, o del espantoso sin límites de pensar que sí hay cuerpos a los cuales se puede violentar (mujeres niños del SENAME, inmigrantes, etc). Freud descubre que los seres humanos odian sus propios aspectos oscuros, lo rechazan y lo desplazan hacia al exterior. En Chile esto está muy presente en la violencia de la palabra: “el boliviano”. “el peruano”, “el negro”, “el flaite”, “la mina puta”, pareciera que dijesen: “estos merecen ser castigados, violentados, porque contienen el mal de nuestro país”.

 Para concluir, y sumándome a la discusión pública, creo que el neofascismo de Trump, no es lo mismo que la política de Piñera, Macri o Clinton, sin embargo, estoy convencido que es el camino para llegar allá. El neoliberalismo adoctrina, produce sujetos vía sus dispositivos (fármacos, evaluación, des-politización, individualismo, miedo comunicacional, etc) que producen cuerpos dóciles, útiles y auto-controlados. No obstante surge el desamparo, la desorientación frente a la decadencia mundial de la clase política (en Latinoamérica la estrepitosa derrota del populismo de izquierda) y frente al verdadero poder: el imperio económico transnacional cuyo control, se sabe ya, se mueve entre las sombras. Este panorama es aprovechado por el neo-fascismo de Europa o de Estados Unidos, a través de un personaje que no es ni tonto ni loco (como se dice para ocultar el efecto del neoliberalismo en el tejido social), sino que, tomándose del significante clave de la era neoliberal: “lo ilimitado”, lo lleva a un plano discursivo donde engancha la destructividad de cada cual en el Otro “ajeno”, externo, dirigiéndola hacia aquello que el mismo perverso sistema por un lado ha favorecido y necesitado, pero por otro violentado: los inmigrantes, mujeres decididas, las minorías sexuales, los locos y los marginales.  ¿Será posible que en Chile se encarne este discurso fascista que ya circula por nuestras calles?

Todo esto acentúa la irresponsabilidad por el otro, centrándola sólo en la propia familia amurallada con alambres de púas y tramitado a través de la caridad. Queda obstruida entonces la vía más básica y potente frente al cual se pueda reducir la violencia: la recomposición de la colectividad, del lazo social integrativo, la organización política participativa que canaliza el malestar pero no intenta anularlo. Creo que la esperanza en Chile se abre con el trabajo del Frente Amplio anti-neoliberal que está por constituirse.

 


Psicólogo Universidad Católica de Chile. Psicoanalista.