Desde los últimos 30 años en el mundo occidental, y para nosotros los chilenos desde hace 43 años, hemos estado acostumbrados a gobiernos a veces de derecha, a veces revestidos de una retórica progresista, pero siempre con una férrea política económica liberal. Augusto Pinochet, Margaret Thatcher y Ronald Reagan, fueron los arquitectos de un orden de cosas que parecía casi invulnerable. En base a diversos mecanismos, dictaduras, democracias representativas fuertemente controladas por los medios de comunicación y un consenso de las organizaciones políticas y financieras internacionales (FMI, BM, OTAN), habían conseguido establecer un cerco a cualquiera que amenazara el orden neoliberal.

En la última década poco a poco ese consenso se ha ido resquebrajando. En América Latina, durante la década recién pasada, un número importante de gobiernos se atrevieron a desafiar la ortodoxia neoliberal. Sin embargo, la vieja oligarquía latinoamericana ha conseguido en general retomar sus posiciones a lo largo del continente. Paradójicamente, mientras las oligarquías celebraban la restauración del viejo orden en América Latina, el problema les surgió por la derecha y en el primer mundo.

La crisis económica en Europa y Estados Unidos, generó lo que algunos han llamado un momento populista. Los medios de comunicación han catalogado de forma simplista esta crisis, señalando que se trata del descrédito de la clase política. Mirado en profundidad, sin embargo, ha significado una crisis de la clase dirigente en general. Tanto los políticos de la elite, como los dirigentes empresariales no han sido capaces de renovar el pacto de clases, que de golpe parece agotarse en las naciones metropolitanas.

El momento populista, en lo que ya parece ser una tendencia en el primer mundo, lo han aprovechado las derechas soberanistas, que se diferencian de forma sustantiva de las derechas liberales a las que hemos estado acostumbrados. El triunfo del Brexit en Inglaterra, apoyado por la derecha interna del Partido Conservador, el éxito de Marine Le Pen que parece cada vez más cerca del gobierno de Francia, el primer ministro húngaro Viktor Orbán, y el hecho más relevante de los últimos días, el triunfo de Donald Trump, dan cuenta de la emergencia de una derecha soberanista, conservadora y anti migrantes, que gana fundamentalmente porque su discurso va dirigido a la clase trabajadora y no al empresariado. Su discurso no es, “vamos a ser cautos”, “haremos las cosas bien”, “no perturbaremos la economía”, sino que por el contrario le dicen al pueblo que serán audaces, que transformarán el orden establecido. Le dicen al pueblo que el liberalismo les ha quitado sus derechos como ciudadanos, y que son los inmigrantes los responsables. Es que para construir un pueblo se requiere un enemigo, un otro que no sea parte de ese pueblo, en este caso son las minorías. Para enfrentar este discurso debemos construir un pueblo en que los excluidos sean sus verdaderos enemigos, es decir la clase que ha sido la gran beneficiada por la hegemonía de las derechas liberales. Ese pueblo no es la suma de las minorías, no es la suma de los sectores subalternos, es algo nuevo que debemos construir.

Ante derechas audaces y soberanistas, son las izquierdas audaces y soberanistas las llamadas a enfrentar la asonada del fascismo. Y es que si hay algo que quedó claro con la elección de Donald Trump, es que parte importante de un electorado popular, más bien conservador, es capaz de simpatizar con discursos de ultra derecha, como también con líderes de izquierda que pongan en el centro a la clase trabajadora. Por eso, si queremos ser protagonistas en las décadas siguientes, si queremos aprovechar el escenario que se habré en términos geopolíticos con el triunfo de Donald Trump, necesitamos una izquierda audaz. Una izquierda con un discurso convocante y no identitario, que ponga en el centro a la nación y sus trabajadores. Esto significa hablarle a todo el país y no a los sectores que tradicionalmente han simpatizado con la cultura de la izquierda. Tampoco consiste en ocupar el espacio de los partidos tradicionales que han cumplido el rol, como si la política funcionase con las mismas reglas del mercado, de satisfacer la demanda de un electorado de centro izquierda. Hay que superar esos límites mentales, es decir transformar el escenario de la disputa por el poder, cambiar las reglas del juego.

Son precisamente las izquierdas que se han construido bajo estos parámetros las que han tenido éxitos relativos en América Latina. Podemos en España y Syriza en Grecia también lo han intentado con resultados disímiles. Si bien no hay una receta, es este un camino. Pues si hay algo que ha demostrado la nueva asonada conservadora es que se puede ganar, que la audacia trae buenos resultados, y por último que la tesis de que para ganar hay que articular un programa hacia el centro político que tranquilice a las elites, no es una ley universal.


Liicenciado en Historia, Universidad de Chile.