¿Cuál sería la relación entre filosofía y género? Con la calma de la certeza se dejaría escuchar una primera respuesta que haría notar la total ausencia de relación. El campo de la filosofía no es el del género. El orden de la idea nunca se ha dicho en la particularidad de un sexo, sea cual sea éste. Es por ello, que o bien la pregunta estaría mal planteada, o bien sería irrelevante saber si tiene género la filosofía. La filósofa francesa Genéviève Fraisse señala en “Desnuda está la filosofía” (“Nue est la philosophie”, 2005), no sin ironía, que la inteligibilidad del mundo no ganaría en nada con la pregunta relativa a la diferencia de los sexos o con el concepto de género.

Otra respuesta, más benévola sin duda, entendería la relación entre filosofía y género en el “menos”: faltan mujeres. Esta benevolencia que permite la entrada de las mujeres en la filosofía, Genéviève Fraisse la describe nuevamente con ironía. Fraisse indica que “los filósofos” quedarían satisfechos con la idea de una reparación histórica, facilitando el acceso de las mujeres al “saber filosófico” y aceptarían horrorizados la misoginia del campo, siempre y cuando esta apertura quedara restringida al “actuar” y no al “pensar”. Esta acción conllevaría políticas de reparación tendientes a la visibilización e incorporación de las mujeres al quehacer y al canon filosófico: es posible leer, entonces, a Hannah Arendt, Simone Wiel y quizás los más altruistas incorporarían también a Simone de Beauvoir. Esta respuesta implicaría hacer visible el trabajo de algunas mujeres en el área de la filosofía. No sólo hombres, sino también mujeres. Esta segunda respuesta implicaría, a su vez, la desestabilización de claustros, equipos, escuelas y departamentos de filosofía con la introducción de la diferencia de los sexos.

¿Es esta última respuesta la única relación que se podría establecer entre filosofía y género? O, ¿tendríamos que admitir que hay más bien una complicación de la filosofía con el género? Siguiendo lo que esta última pregunta plantea, ha sido dicho que esta complicación no sería otra que la reproducción de un orden androcéntrico por los saberes que la propia filosofía porta.

Así, por ejemplo, lo ha vuelto explícito la filósofa estadounidense Susan Moller Okin, en Women in the Western Political Thought (1979). Texto fundamental en que se pone en evidencia los modos en que la filosofía —a pesar de su bullada abstracción y universalismo— organiza un orden social basado en la familia y el amor romántico, lugar y afecto de las mujeres. Hobbes, Kant y Hegel en esto no son una excepción. Esta complicación de la filosofía con el género no la deberíamos entender como un dato anacrónico (hubo cierta vez que la filosofía era escrita por hombres y para hombres, pero bueno ya no es así, ahora somos modernos!).

La misma Susan Moller Okin se da a la tarea de demostrar la falsedad de aquello en su crítica a Theory of Justice (1971) de John Rawls. En Justice, Gender and the Family (1987), Moller Okin vuelve visible el modo en que inadvertidamente se narra la justicia en la persistencia de un orden marcadamente masculino contradiciendo con ello, por ejemplo, el reconocido y celebrado presupuesto de imparcialidad rawlsiano figurado en el “velo de ignorancia”. Esta crítica implicó una corrección a la teoría de la justicia de Rawls. Este tipo de reelaboraciones críticas de la tradición filosófica configuró un área de estudio específica: la “justicia de género”. Iris Marion Young, Nancy Fraser, Seyla Benhabib, Robin West, Drucilla Cornell, Catherine Mackinnon, Wendy Brown son algunos de los nombres con los que se debe pensar hoy la filosofía y la política. En consecuencia, no es posible la enseñanza de la filosofía política, por ejemplo, sin tener en consideración esta área y estos nombres. Esto implica, necesariamente, una transformación de las mallas curriculares en las escuelas y departamentos de filosofía en lo que se refiere a este punto.

¿Esto  resuelve la complicación de la filosofía con el género? No, sin duda. Desde otra perspectiva, no sólo se ha puesto atención en las “ausencias” sino que también en el modo en que es definido el propio concepto de “género”. Se busca llamar la atención sobre la rápida asociación entre las palabras “género” y “mujeres”. ¿El género siempre y únicamente quiere decir mujeres? Para la filósofa feminista norteamericana Judith Butler no lo es. Distinto a ello, para Butler el concepto de “género” se deja definir mejor como un dispositivo de poder que describe una norma: la heterosexual. Así descrito el género no sería sino el nombre de la diferencia sexual entendida como lo masculino y lo femenino (diferencia figurada en el hombre y la mujer).

Desde esta definición, la filosofía no estaría tan distante del género, por el contrario, estaría demasiado cerca. Dicho de otro modo, el propio canon de la filosofía —su corpus— narraría en sus conceptos, insistencias y ausencias el cuerpo heterosexual. No tan solo en su “idea” sino que también en su “materialidad”. No olvidemos en este punto el texto de Judith Butler Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del “sexo” (Bodies that Matter. On the Discursive Limits of “Sex”, 1993). Es en este seminal texto en que provocadoramente se insistirá que el relato de la filosofía no sólo contribuye, y con fuerza, en configuración de un orden androcéntrico, sino que también, y “performativamente” (a golpe de palabras, letras y narraciones), constituye los modos en que entendemos y describimos la diferencia sexual, entendida como heteronorma. ¿Esto nos debería llevar a abandonar la filosofía? De ningún modo. El trabajo que impone esta interpretación feminista de la tradición filosófica implica releer polémicamente sus enunciados, nombres y textos.

En esta peculiar forma de relacionar filosofía y género, es imposible no mencionar a la filósofa francesa Luce Irigaray y su excepcional texto Espéculo de la otra mujer (Speculum, de l’autre femme, 1974). En un notable trabajo escritural volverá visible los modos en que la filosofía platónica describe un orden sexuado. Idea, línea, rectitud, luz, hombres por un lado. Cuerpo, inclinación, apariencia, sombra, mujeres por el otro. Similar ejercicio filosófico realizará con la obra de Nietzsche (Amante marine. De Friedrich Nietzsche, 1980) y Heidegger (L’Oubli de air —Chez Martin Heidegger, 1983)

¿Es posible leer y enseñar hoy la tradición filosófica sin poner atención a estas referencias y cuestionamientos de signo feminista? No lo creo. Esta incredulidad está lejos de la simplista idea de la actualización académica o el de estar a la “moda” con los tiempos. Muy por el contrario, hoy la filosofía no podría entenderse sin estos nombres, textos y cuestionamientos.

¿Esto resuelve la complicación de la filosofía con el género? No, sin duda. Todavía es necesario preguntarse cuál es el género de la filosofía en los márgenes, cuál sería el género (cuerpo y letra) de la filosofía en América Latina.


Académica