Lina Meruane Boza (Santiago, 1970) es escritora y docente chilena. Actualmente enseña cultura latinoamericana y escritura creativa en la Universidad de Nueva York y ha publicado obras cuyos géneros abarcan el cuento, la novela y el ensayo, entre las que se cuentan “Las infantas” (1998), “Sangre en el ojo” (2012), “Viajes virales” (2012), “Volverse Palestina” (2013) y “Contra los hijos” (2014).

De ascendencia palestina e italiana, se inició en las letras como periodista cultural y luego como cuentista. Su ópera prima “Las infantas” fue alabada por Roberto Bolaño y su novela “Sangre en el ojo” recibió el Premio Sor Juana Inés de la Cruz en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Además, ha escrito libros de no ficción y ensayos donde ha reflexionado sobre temas como el conflicto en Medio Oriente, el rol de la mujer en la sociedad y sobre el VIH.

El SIDA y sus significados

En tu libro “Viajes virales” utilizas el concepto acuñado por Paula Treichler que refiere al SIDA como epidemia de significación, es decir, que la enfermedad no sólo da cuenta de sí misma, sino también construye las identidades y prácticas de quienes la padecen, particularmente entre homosexuales. Sin embargo, en Chile hay preocupación puesto que los casos de VIH en jóvenes entre 15 y 29 años han aumentado un 125% en los últimos cinco años, muchos de ellos heterosexuales. ¿Podemos decir que cambió el rostro de la enfermedad?

El aumento de la infección en comunidades heterosexuales se inicia con la epidemia, se sabía y se suponía que iba a ocurrir en el resto del mundo. La pregunta en la actualidad, sin embargo, es si acaso en Chile existe esa “epidemia de significación” o bien podríamos hablar de una peligrosa “epidemia del silencio”. Recordemos que esa idea de Treichler alude a las practicas discursivas norteamericanas de los 80 y los 90, prácticas que incidieron en la creación de una mal llamada “epidemia rosa”.

Pero habría que ver si esa idea y su uso son aplicables a la realidad chilena todavía hoy. Tentativamente puedo decir que los últimos años han sido de silenciamiento de la crisis en la medida en que no se encontró una cura, pero sí un tratamiento que hace transitar al virus desde su condición terminal y letal a una condición crónica. Con la aparición del cóctel surge la fantasía de que la epidemia ya no es grave y desaparece del discurso público. De discurso pero no de la realidad. En Estados Unidos, donde yo vivo, el contagio no sólo no ha disminuido sino que, por el contrario, se ha disparado en la población más vulnerable, menos educada y con menor acceso a recursos.

Se cumple un designio maligno del SIDA, que es el de todas las enfermedades infecciosas: siempre acaban afectando a las comunidades más abandonadas. Es un círculo vicioso porque son esos sectores en desventaja los que están más expuestos al contagio, reciben menos ayuda y están menos informados sobre la transmisión del virus. Y en el discurso capitalista chileno, en sus retóricas exitistas, esa es la gente que se ve menos, que “importa menos”. En esa distinción jerárquica el SIDA desaparece de vista, esto mismo se observa en el caso del aborto: si éste afectara directamente a las mujeres de clase alta, si ellas no pudieran hacerse el procedimiento en otros países o en otras clínicas que proporcionan seguridades de todo tipo, la despenalización ya sería un hecho. Lo grave en el caso del SIDA es que la medicación sigue siendo cara pese a que el estado chileno subsidia, en parte, su obtención, junto a que, como ya dije, no está la voluntad de hablar sobre el tema y las campañas de prevención son deficientes y poco realistas —quienes están a cargo de ellas las realizan desde una perspectiva moralizante de la sexualidad que no se corresponde con la realidad del contagio—.

En tu exposición en Puerto de Ideas desarrollaste ampliamente el tema de la enfermedad y el manto de silencio que se tiende sobre ella. En Estados Unidos, en los círculos académicos, se ha instalado el debate en torno al capacitismo —formas de discriminación o prejuicio social contra las personas con discapacidad— y da la impresión de que en Chile hay sólo una fecha en la que como sociedad podemos hablar libremente de enfermedad, que es durante el desarrollo de la Teletón. El problema es que dicha fecha generalmente coincide con el día mundial de la lucha contra el SIDA —1 de diciembre—, por lo tanto, el único momento del año en que podría existir la instancia para dialogar sobre ella se ve opacado por la Teletón. ¿Qué puedes decir al respecto?

La atención (o su ausencia) dada a una enfermedad u otra tiene que ver con la visión sobre el enfermo. Las personas con capacidades diferentes son vistas como víctimas que merecen cuidado y apoyo y, por ende, no se estigmatiza su condición. En las enfermedades de transmisión sexual pasa lo contrario: quienes las padecen son vistos como victimarios: no sólo son responsables de su propio contagio, sino que se entiende que comportan un riesgo para el resto de la población. Se entiende que su infección es producto de malas conductas y se les castiga por ello e incluso se instrumentaliza su situación para marginar todavía más a los sectores vulnerables de los que provienen. Este giro ya está inscrito en en la historia, tanto con la tuberculosis como con la sífilis pasaron de ser asociadas a la vida bohemia a ser consideradas enfermedades de la pobreza, de la falta de higiene y educación; es decir, fueron despojadas el halo romántico del arte como exceso, para quedarse sólo con lo negativo, en el doble sentido del mal y de la pobreza como falta de recursos de todo tipo.

Sin embargo, dentro de la misma comunidad homosexual aquí en Chile existen diferencias. Por un lado, están aquellos que siguen relevando al VIH como un tema que hay que tratar y “sacarlo del clóset” que, en su mayoría, son activistas que no han abandonado su posición política como travestis latinoamericanos desde el fin de la dictadura hasta ahora; por otro lado, están quienes han adoptado la identidad glamorizada del homosexual, del drag, importada desde Estados Unidos, que han abandonado parcialmente este debate.

Esto habría que leerlo, y lo digo tentativamente, desde los códigos del capitalismo, desde el fenómeno del celebrity, con el drag convertido en espectáculo de consumo. En ese espacio el drag se desprende de su origen más precario y marginal de la loca latinoamericana para volverse una draga televisiva, bien hablada, bien vestida y ostentosa. Todo esto entrecomillado, por supuesto, no acuso a nadie de no hablar bien, de no vestirse bien, sino que estoy parodiando ciertos modos de pensar. Pero para cerrar la idea, esa transformación tiene el peligro de que la loca se olvide de dónde viene y sobre todo de la comunidad que deja atrás. Que se olvide de las circunstancias políticas que determinan su lugar ahora vuelto espectacular. Que se anule su subjetividad y se vuelva puro objeto de consumo de otros, que deje de ser una incomodidad y se vuelva commodity de los demás.

Hace no mucho tiempo Víctor Hugo Robles, el Ché de los Gays, generó polémica al sostener que “los homosexuales somos usados como un maquillaje de transformación social” y que la primera lucha es siempre la de clases.

Le encuentro razón. No queremos reconocer, en nuestra sociedad arribista, que la clase existe y nos determina, o tiene el poder para hacerlo. Y no se puede olvidar que estas distinciones —clase, género, raza— no se anulan entre sí, sino que se suman y sobreponen. Esa fue la bandera que enarboló la tercera ola del feminismo, hacer ver que las luchas de género no eran solo de género, que no podían descontextualizarse; los movimientos queer han tendido a relegar esas condiciones a un segundo plano.

Interseccionalidad

En Valparaíso también hiciste referencia a tu condición de clase, al deseo arribista del inmigrante que te acabó brindando las posibilidades de formarte. Esa aspiración de que fueras todo lo que tus abuelos no pudieron ser. No obstante, eres mujer y migrante y, aunque resides en Estados Unidos, me imagino que estas distinciones importan todavía.

Esas claves biográficas nunca desaparecen: son puntos de partida que una va modulando, que yo he modulado, a lo largo de mi vida. Lo que yo he hecho es reivindicar mi posición de mujer, chilena-palestina. Para mí es importante nunca olvidarme de ese lugar de origen, pero a la vez no puedo ocultar que yo he tenido muchos privilegios. No es lo mismo ser de origen palestino en Chile que ser nacida y criada en Palestina, así como tampoco es lo mismo ser una mujer de clase media con educación que una mujer sin recursos, sin esa oportunidad. Una de mis responsabilidades es seguir pensando y visibilizando el lugar de los otros, pero también me corresponde no aprovecharme de los discursos de la vulnerabilidad. Hay que tener cuidado de no usurpar esos lugares.

Dado que mencionas a Palestina, me llama la atención que la violencia ejercida por Israel contra Palestina es muy similar a la que el estado chileno ejerce contra los mapuche. ¿Consideras que estas agresiones son análogas?

Cuando uno analiza la situación en Oriente Medio, todo lo que ha ocurrido desde la formación del estado israelí hasta ahora, se aprecian claves operativas que nos permiten, a partir de ellas, leer otros procesos coloniales. La diferencia más evidente es que lo que ocurre actualmente en Palestina, que es escandaloso, es producto de una colonización reciente en un mundo que supuestamente ya había superado el imperialismo, que ya había entrado en la era post-colonial. Con los mapuche, el proceso colonización sucedió a la par del la formación del estado chileno y, por lo mismo, la historia de lucha es mucho más larga y está más enraizada a la idea de nación. La semejanza está en la dirección de los movimientos reivindicativos, tanto de palestinos como de grupos indígenas, contra las ocupaciones. La dificultad para el pueblo mapuche radica en que es un pueblo ahora más pequeño y que ha sufrido siglos de asimilación, mientras que Palestina, pese a toda la violencia sufrida, pese al enorme exilio, todavía es pensada y leída como un territorio ocupado por las fuerzas israelíes cuyas fronteras aún (y quien sabe por cuánto tiempo) están en el mapa. Los mapuche tendrían que deshacer un largo proceso de borraduras territoriales, lingüísticas y culturales; Palestina está en una etapa anterior, es decir, resistiendo dicho proceso antes de que se vea como irreversible.

Entre Israel y Palestina se reconocen diferentes. En Chile, el estado niega esa diferencia y es reivindicada sólo desde los mapuche.

Sí, así es. Pero aun así, sobre Palestina soy bastante pesimista. Creo que Israel ya entendió que lo que tiene que hacer es poblar todo ese territorio y deshacerse de los palestinos, de una manera mucho más brutal, diría yo, que lo que ocurre con los mapuche hoy. Me gustaría agregar que, dicho todo esto, pensadas esas diferencias, veo un riesgo en pensar las identidades de forma esencialista y excluyente. Me parece importante levantar una sospecha sobre estos discursos, que en su nacionalismo o etnocentrismo rápidamente pueden transformarse en discursos xenófobos. Me complica pensar en los movimientos de reivindicación en esos términos, porque la pregunta a resolver aquí es cómo podemos elaborar estrategias para vivir juntos y no solo para levantar más muros entre nosotros.

Entiendo la preocupación sobre la constitución de estados a partir de dichos etnocentrismos, pero me da la impresión de que, en este momento, resaltar la diferencia en una especie de esencialismo estratégico es lo más conveniente para resistir la asimilación capitalista, que no estar situado en ningún lugar específico y, a la vez, en todas partes.

Lo que pasa es que los estados no sólo construyen sus fronteras hacia afuera, sino también en su interior; y ahí es dónde pueden ubicarse las fronteras de clase y las de género, las de raza o etnia. Es necesario que se otorguen los mismos derechos y oportunidades a todos sin por eso negar las diferencias culturales, religiosas, de género, sin obligar a todos a ser iguales. Hay una zona gris que es compleja de abordar y yo no soy cientista política, pero te diría que, mientras exista discriminación, los grupos discriminados se van a organizar para resistirla, para fortalecerse y ayudarse entre ellos.

Literatura

En “Escribir a contrapelo” dijiste que la literatura puede tener dos direcciones: una, la confirmación del estado actual de las cosas. La otra, como cuestionamiento de ello.

Cuando me refiero a la idea de confirmación, remito a esta literatura que afirma que estamos todos bien, que no hay problemas, que ensalza valores tales como el arribismo, la superación, la inclusión en el olvido de lo que somos. En general, todos esos discursos de una sociedad que quiere imaginarse de una manera que es distinta a cómo es en realidad.

¿Quiénes, en Chile, son exponentes de esta confirmación?

Yo hago esa distinción con la generación de “las mayores”: Isabel Allende y Diamela Eltit. La narrativa de Isabel Allende es confirmatoria porque todos los problemas se resuelven y el final tiende a ser feliz. Diamela Eltit no cuenta la historia de superación sino la historia del conflicto. Ella narra los sufrimientos de mujeres, hombres, trabajadores y su literatura nos remece porque pone de protagonistas a estos personajes complejos, son transgresores y subversivos, pero también oprimidos.

Sobre “Las infantas”, tu primera obra, destaca que en el inicio se insinúe una relación lésbica. Esta compilación de cuentos es de 1998. ¿Tuviste conflictos en el momento de su publicación o hubo algún comentario relativo a ello?

No pasó nada en esa línea. Ese aspecto del texto no se comentó en las reseñas y me pareció interesante que no se hiciera ninguna alusión a ello en la crítica. Sólo alguien, a nivel personal, asumió que yo era lesbiana porque había relaciones entre mujeres en ese libro, y me lo decía para agredirme.

¿Y cómo enfrentas tú el hecho de que tus ficciones sean leídas como un relato autobiográfico?

Eso, lamentablemente, pasa siempre. Con todos los libros que he publicado ha surgido la pregunta si es que acaso lo que está narrado me ocurrió a mí en la realidad. Es tan así, que en mi último libro jugué con eso dado que, como todo lo que yo escriba se va a entender como verdadero, es decir, que dichas situaciones tienen correspondencia con mi vida, le tendí trampas al lector para hacerlo ver que, si él cree que todo es real, entonces yo, autora, tengo que ser un monstruo.

¿Dónde recae la responsabilidad en esta forma de lectura?

Cuando se nos enseña literatura en el colegio, siempre se comienza por la biografía del autor. En cierta medida, el recorrido es llegar al texto a partir de la vida del autor y pienso que desde ahí deriva esta lectura tan poco disociada. Hacemos poco el ejercicio de leer al texto en sí mismo, aunque sea sólo para leer sus claves literarias. Sí, en la literatura está mediando la experiencia vivida del autor, sus lecturas, su lugar de enunciación, etc., pero la literatura no es un conjunto de anécdotas personales. En la ficción ya está contenida esa separación. Contar bien una anécdota no es literatura, porque esta última la trasciende.

En la charla también abordaste la narrativa de los “nietos de la dictadura”. ¿Qué más puedes decir sobre esta metáfora?

Existe, para mí, la literatura de los hijos de la dictadura, de estos niños que crecieron bajo el silencio y el temor de sus padres a hacer cualquier cosa y que los marcó en su adultez: Alejandro Zambra y Diego Zúñiga, por ejemplo. Cuando hablo de la categoría de los nietos me refiero a la generación que, en cierto modo, logra recuperar la agencia en la toma de sus propias decisiones. En “La resta”, novela de Alia Trabucco Zerán, hay una alusión al lugar que tienen los niños dentro del auto de sus padres, esto es, en los asientos traseros, y cómo esto se supera cuando ellos crecen y toman el volante para escaparse. En la literatura de mi generación la figura del padre está tan presente, que nos sobra. Toda nuestra narrativa, la de mi generación, está muy atravesada por la infancia y lo doméstico en su dimensión más tormentosa. Crecimos en dictadura, con un dictador y es muy difícil separarse de dicha experiencia.

Siguiendo en la línea familiar, el año pasado publicaste un ensayo titulado “Contra los hijos”. ¿Qué te movió a tratar el tabú de las madres arrepentidas de serlo?

“Contra los hijos” intenta pensar el lugar de los hijos en nuestra cultura. Parte desde una observación que hice en Chile: mis compañeras de curso son madres que nuestras madres no fueron y sus hijos, a la vez, son hijos que nosotras no fuimos. Vi que las mujeres que son madres hoy tienen muchas más responsabilidades en relación con sus hijos que nuestras propias madres. Puedo concluir que está todo el sistema confabulado en contra de las mujeres. Tenemos más oportunidades educativas y laborales, así como más parejas dispuestas a asumir un rol más activo en la crianza, pero con ello también aumenta la carga física y afectiva de las mujeres, al estar presionadas a cumplir bien en todos estos aspectos. Desde ese punto, fui a investigar en la literatura y la historia y la metáfora que más me ayudo para articular este tema es la del “ángel de la casa”, figura que toma Virginia Woolf. Lo que ella dice es que, cada vez que se sienta a escribir, el ángel de la casa le pregunta por qué no está cocinando para el marido, por qué no está ordenando la casa, por qué no está sonriendo. Esto la paraliza en su proceso de escritura, la distrae y la llena de remordimiento, por lo tanto, ella tuvo que matar a ese ángel.

En “Contra los hijos” hablo sobre cómo este ángel vuelve a aparecer en revoluciones y guerras, donde las mujeres son llamadas a ocupar el espacio público pero que, en cuanto terminan estas situaciones y los hombres vuelven a la casa, nuevamente se les relega en su lugar doméstico y siempre con la excusa de los hijos, porque si ellas no están para los hijos, éstos van a sufrir. Los hijos, entonces, son el mandato que obliga a las mujeres a volver a lo privado.

Finalmente, también trata el tema del devenir tirano del hijo, como cliente de sus padres que debe ser satisfecho a toda costa, muy a la par del avance del capitalismo que ya no vende sus mercancías a los padres, sino a los hijos.