El colonialismo israelí sobre Palestina ha tenido en los asentamientos ilegales una de sus más importantes manifestaciones y quizás, la trampa que ha destruido definitivamente la opción de dos Estados, uno israelí y otro palestino. Pero estos han sido, además, la punta de lanza del neoliberalismo desde los años 90’s, haciendo confluir en un mismo proyecto el carácter mesiánico colonial con la regulación de los cuerpos a través de formas de vida controladas y predispuestas hacia la producción a bajo costo. En un texto fundamental de 2006, Gadi Algazi relata cómo la compañía informática Matrix, creó la primera central de producción “offshore” llamada Talpiot que, ubicada en el asentamiento de Modi’in Illit (al norte de Jerusalén, fundado en 1996 y que ocupa tierras palestinas de Ni’lin, Kharbata, Saffa, Bi’lin y Dir Qadis), contrata mujeres judías ortodoxas a precios inferiores, aprovechando que los colonos viven en un sistema de subsidio preferencial por parte del Estado israelí. Uno de los gerentes de la empresa explica: “En Talpiot, las mujeres religiosas obtienen empleos en centros de desarrollo cercanos a sus casas, en un entorno homogéneo que les provee de sus necesidades específicas… Porque la población religiosa que compite por los puestos de trabajo tienen costos de vida relativamente bajos, Matrix es capaz de proveer sus servicios extrernalizados offshore a los consumidores a precios similares a aquellos en los países del Lejano Oriente, pero con la ventaja de la proximidad geográfica y cultural” (1).

Los asentamientos son, de esta manera, un lugar propicio para la configuración de una nueva forma de vida israelí, donde la religión no funciona como un anexo a la producción, sino como el motor secreto del neoliberalismo. El anquilosado Estado israelí ha dejado de ofrecer, a ojos de los colonos, esa fuerza vital sintetizada en las palabras del primer presidente israelí Chaim Weizmann, que decía “Por un lado, las fuerzas de la destrucción, las fuerzas del desierto, han surgido, y al otro lado están las firmes fuerzas de la construcción y la civilización. Esta es la antigua guerra del desierto contra la civilización, pero no seremos detenidos” (2). Esa fuerza “civilizatoria” del sionismo primitivo ya no se encuentra representada en las instituciones israelíes, sino en los grupos ultrareligiosos, que buscan, incluso, reemplazar el concepto “Estado de Israel” por el de “Tierra de Israel”, un concepto abierto, sin límites, que ahora entremezcla de manera perfecta el avance neoliberal, que asume la posta civilizatoria, y el racismo contra los palestinos.

Los beneficios de la vida religiosa son muchos y muy provechosos para el funcionamiento del mercado. Como indica un empresario de Matrix, en referencia a las mujeres que contrata su empresa en los asentamientos, “Aunque muchas son madres de seis, pierden menos días de trabajo que una madre de Tel Aviv. Estas mujeres no tienen problemas. Sólo trabajan. No fuman ni hacen pausa para el café, no conversan por teléfono, ni andan buscando viajar de vacaciones a Turquía. Las pausas son solo para comer o amamantar en una habitación especial”(3). Estas son mujeres con una vida destinada a la producción, que no conocen instancias de diversión más que el dolor gozoso de la renuncia al goce. Pero ellas, y todos los colonos que participan de la empresa colonial, sirven con sus propios cuerpos al despliegue de una ideología de mercado en la que se entrelazan la mano de obra barata con la racialización del territorio.

Los asentamientos creados por colonos, a través del respaldo activo del Estado (a veces posteriormente a su construcción), funcionan como espacios homogéneos, donde la forma de vida es regulada por cada comunidad en particular. De este modo, pueden rechazar a quienes no cumplen con las normas impuestas, generalmente muy estrictas y asociadas a la religión judía, o bien a quienes no adhieren a los motores ideológicos del colonialismo. Esto funciona no sólo como un modo de proteger la religiosidad, sino de impedir que los palestinos con nacionalidad israelí accedan a los asentamientos (4). La garantía de exclusión de los palestinos de los asentamientos israelíes está dada también por el tipo de propiedad de la tierra. Los espacios confiscados por el Estado de Israel, las llamadas “tierras del Estado” son transferidas a la custodia de la Agencia Judía y de la Organización Sionista Mundial, ambas también instituciones privadas, creadas para resguardar exclusivamente el bienestar de los judíos como grupo étnico-religioso y no de los israelíes como conjunto de ciudadanos.

En la construcción del espacio colonial israelí no habitan sólo militares, sino toda una red de civiles que han hecho de la conquista una verdadera empresa y muy rentable. Así como la ocupación controla día a día la vida de millones de palestinos encarcelados en su propio territorio -a quienes, por cierto, también invade cultural y económicamente el neoliberalismo-, por sobre ellos, en el mismo pedazo de tierra, se alzan los asentamientos israelíes, con sus carreteras exclusivas para judíos, un muro modificable que favorece su desplazamiento a los centros urbanos de Jerusalén y Tel Aviv y todo un aparato militar dispuesto a defender sus vidas frente a los “peligrosos árabes”. Pero de un proceso brutal como la ocupación y el Apartheid nunca salen incólumes quienes perpetran el crímen. Sus vidas nunca son “normales” porque siempre viven en la inseguridad y la necesidad de inmunización, tanto así, que están dispuestos, para cumplir con la promesa divina de la tierra prometida, a vender sus cuerpos a bajo costo para empresas nada  ingenuas. Como bien dice Algazi “¡Grande es la fortuna de los capitalista israelíes! Enfrentados a los retos de la globalización, no tienen necesidad de buscar por mano de obra barata en paises lejanos; lo pueden encontrar en su propio patio interior colonial” (5).

 

NOTAS

(1) Algazi, G., “Offshore Zionism”, en New Left Review, No. 40, jul-ago 2006, pp. 27-37, p. 27.

(2) Chaim Weizmann citado en Massad, J., The Persistance of the Palestinian Question.  Essays on Zionism and the Palestinians, Routledge, New York, 2006, p. 21.

(3) Algazi, G., “Offshore Zionism”, p. 33.

(4) Ver Weizmann, E., Hollow Land. Israel’s Architecture of Occupation, Verso, London/New York, 2012, p. 126.

(5) Algazi, G., “Offshore Zionism”, p. 35.


Doctor en Filosofía, Universidad de Chile