El final de la vida terrenal de Fidel Castro es el inicio de la revolución contrasexual, de un fin de siglo. El momento de la renovación de un ciclo planetario. Es el libre albedrío del huracán del año del mono de fuego. De la apertura del ano social: del amor vegetal. La pérdida de un gran líder a pesar de lo que podríamos agregar, es el espacio para sanar una pena, escenificar un ritual funerario junto con todas las plantas y animales del planeta, con las ánimas. Esa pausa es contextual y esa revolución es el replanteamiento de una política histórica y antropocéntrica que no dejó jamás que el sujeto trans del sujeto subalterno hablara. Enaltezcamos su proyecto radical de política, mientras actualizamos el lenguaje y la gramática, intentemos lograr  que en la escuela pública latinoamericana cada niñx lea el libro Antes que anochezca. Vayamos a su cuerpo gusanoso y preguntémosle en su podredumbre por su sexo, por su sexualidad. No hay una revolución completa si la misma no está pensando críticamente los espacios de la sexualidad porque hacer caso omiso a las cuestiones del sexo es negarle el derecho a vivir a quienes están incómodos con la identidad, a quienes no están pensando en reproducir el binarismo sexogenérico y el orden normativo de la afiliación afectiva construida desde la racionalidad de la mente hétero. El final de la vida terrenal de Fidel Castro si bien es el devenir de cualquier materialidad orgánica, la consumación de una muerte, es a la vez una utopía simbólica para pensar las imágenes y los cuerpos que todo proceso político ambicioso puede construir. Es el tiempo, entonces, de la regeneración, como ya dije, de la renovación, del mundo monstruoso sin géneros, el tiempo de la utopía transfeminista. Es el momento donde nos vamos al malecón y le decimos, en voz alta, al mar Caribe una opinión mientras traficamos por correos electrónicos los poemas favoritos de Lezama Lima  y Virgilio Piñera. Es el tiempo de Fidel Castro y Salvador Allende llenando de dignidad y honor los espíritus. Es el tiempo de la discontinuidad del tiempo donde un corazón puede latir por otro corazón, por miles de corazones latiendo en una intensidad animalista y vegetariana con espacio a la contradicción y la posibilidad de la errancia. Es también el tiempo de leer nuevamente lo que entendimos por negritud, por Regla de Osha-Ifá, de que bailemos salsa, las canciones de La Lupe pero con una rebeldía sicosomática que nos quite el daño que produce el silencio de esta herencia masculinizante que asesina mujeres. Este es el tiempo del respeto a la memoria. De no ser como José Miguel Villouta.  De la batalla de Cuito Cuanavale, de saber qué se decían Minerva Mirabal y Fidel Castro en las cartas que se enviaron, la revolución escrita en esa correspondencia. Es el tiempo de que asumas la responsabilidad de lo que provocaste en la psiquis de ese compañero de clases del que te burlaste en la adolescencia porque sabías que era maricón. Es el tiempo del lesbianismo, de Aída Cartagena Portalatín, de una travesti presidenta, de una transexual que se niega a pasar de un género normativo a otro género normativo. Es la muerte de la clínica y el espacio para la comunización. El final de la vida terrenal de Fidel Castro es el tiempo de una nueva revolución, donde las minorías sexuales, de género y raciales –y los indocumentados-, el cuerpo de la disidencia corporal y cognitiva se colectiviza para construir un espacio común de resistencia que nos contenga en este proceso de neoliberalización global de la política que se viene. Es el tiempo de la isla, del pueblo (cubano) completo.


Escritor y performer de la República Dominicana. Vive y trabaja en Chile