Fidel Castro, líder de la revolución ha muerto a los noventa años. Toda la prensa mundial se hace eco de la noticia, salpicada de viejas fotografías junto a otros próceres de la revolución cubana. La figura política de Fidel destaca, por contraste, con los degradados líderes contemporáneos… Se trata de una figura cuasi mítica, un hombre de otro tiempo, el tiempo de nuestros padres, cuando la vida y la muerte se jugaba, todavía, en convicciones ideológicas y sueños revolucionarios.

Los tiempos han cambiado, la muerte de Fidel, hoy, es, finalmente, una efímera noticia… Para las nuevas generaciones, más próximas al desencanto que a cualquier pasión revolucionaria, la muerte del prócer cubano rememora una gesta valiente para expulsar de su país a un grupo de gansters estadounidenses que habían convertido la isla en un antro de casinos y prostitución, con la complicidad de Fulgencio Batista, un pequeño dictador miserable que terminó escapando.

Lo que vino después es historia conocida. En el contexto de la “Guerra Fría”, la revolución giró desde Washington a Moscú, con todas las implicancias políticas y militares que ello significó. Lo que comenzó siendo una noble gesta emancipadora que mereció la simpatía y el aplauso de muchos en todo el orbe, terminó siendo un remedo latinoamericano del llamado “socialismo real”, con todos sus errores, con todos sus horrores.

Todo hombre es hijo de su época, de su historia. Fidel no es la excepción. Hasta el último de sus días siguió fiel a sus ideas; como un revolucionario marxista, continuó advirtiendo sobre los graves peligros que entraña la deriva capitalista mundial en la actualidad, el hambre y la miseria de muchos, la guerra y la depredación de la naturaleza. Con Fidel se puede discrepar profundamente de sus ideas, como es el caso, pero se debe reconocer su valentía y su honestidad intelectual.

En un tiempo en que la política se ha degradado a “performance” y “espectáculo”, debemos reconocer – con respeto – en Fidel Castro a uno de esos personajes que se encuentran grabados en los billetes y en libros de historia: San Martín, Bolívar o Robespierre. Más allá de la valoración política de un personaje, lo cierto es que los pueblos deben hacerse cargo de sus personajes, así, Pinochet le pertenece a Chile como Mao a China o Fidel a Cuba… La historia se encargará de contar la historia, ponderar sus acciones y sumirlos en la devoción o el olvido…


Académico