En la época en que se empezaban a discutir los métodos de la planificación familiar a mi señora le gustaba contar la siguiente historia. Decía que entrevistando a pobladoras de Santiago sobre sus métodos de control de embarazos, unas decían usar el método Billing, algunas recurrían a la patriótica T de cobre, y unas pocas usaban condón o recurrían a pastillas anticonceptivas; la mayoría confiaban en los designios de Dios o del azar. Una, sin embargo, le explicó que usaba el método del tarrito. Consistía le dijo en que su marido, que era bajito, se subía en un tarro para tener sexo con ella y “cuando yo veía que él ponía los ojitos blancos, le pateaba el tarrito”.

Ese desperdicio de la vitalidad se ha confundido a lo largo del tiempo con la masturbación. La confusión es solo aparente. La Biblia no mira exclusivamente a las consecuencias reproductivas de la actividad sexual, ni a la estructura familiar y tampoco se opone al goce erótico. Su mirada apunta al deber ético de aprovechar productivamente las energías sagradas de la vida, lo que es anterior al mandato reproductivo y a los reglamentos de contención del deseo y del placer.

Antiguamente, cuando los jóvenes eran entregados en matrimonio poco después de madurar sus órganos y sus instintos sexuales, la administración de la castidad no entrañaba grandes dificultades. Pero en la actualidad, la madurez sexual se anticipa en una o dos décadas a la madurez social. De modo que el reverso de la castidad suele ser una combinación clandestina de prostitución y masturbación. La culpa viene de exponerse voluntaria e imprudentemente al riesgo de ceder a las tentaciones de la carne.

Es verdad, no se nos ha informado todavía si la prohibición sexual que se busca renovar tiene que ver con la estructura familiar de la reproducción, con la limitación moral del goce o, si tiene que ver con el desvalor de la mercadería usada (por la pérdida de la virginidad). En todos los casos se pide intervención del Estado justificado en la moral y el mercado. En un caso, se apunta a los embarazos indeseados y, la abstinencia que responde estrictamente a esa inquietud, puede incluir la masturbación mutua y el sexo anal porque no implican embarazos. En el caso de la enseñanza de contención corporal, todos los matices de la renuncia, desde el velo hasta el silicio y las duchas frías son posibles. La prevención disciplinaria de los riesgos de contaminación y de impureza del cuerpo, lamentablemente, dejan secuelas imborrables en el alma y en la sociedad. Nos ha costado milenios desprendernos de los prejuicios de ‘suciedad’ asociados a la menstruación femenina y a las diferencias raciales.

Idealizar el sexo y alinearlo e igualarlo al amor, implica un recorte grave en el amor. Entre las consecuencias de esta mirada victoriana, se deja a la intemperie a la familia que va a resultar de este cruce de tiempos heterogéneos. En este romance, decaída la atracción sexual, decaería el amor. Perdido el amor en el sexo, la familia se convierte en un deber a sobrellevar y a compensar con amantes o prostitutas. Los patriarcas antiguos eran menos bobos y no intentaban doblegar las pasiones de la carne de un modo tan insano. Dejaban la castidad a la mujer y ellos daban libre curso a su sexualidad con prostitutas, esclavas y otros animales.

Hace algunas semanas, el Diario Financiero rompió el pacto que limita la exposición pública de los dramas sexuales privados. Buscando reencontrarse con su base social, la prensa escrita se hizo eco del descubrimiento de la castidad y la abstinencia sexual como pilares de la convivencia y de la dignificación de la mujer. No es extraño, el mercado, lo sabemos, adolece de vista corta y no percibe la insalubridad de largo plazo y de amplio impacto de las energías sexuales reprimidas.

El instrumento del hallazgo retro de una sexualidad angélical es joven llamado Niño.  El personaje se ha hecho famoso en estos días posando como Clark Kent y anunciando resolver como Superman los problemas de sobre erotización de la sociedad chilena. El hombre se ve bien cuidado y encariñado con su cuerpo y su figura. No hay duda que en la abstinencia varonil ha desechado la mortificación en aras de la autosatisfacción de la carne. Además del humor, este debate interesa como síntoma de los brotes anacrónicos chilenos en la verdadera primavera jurásica que se vive en el mundo.

No se puede hablar de abstinencia sin hablar de deseo, ni se puede proclamar ideales de castidad sin someter a vigilancia sus alternativas y sus implicancias. Ni la masturbación ni el coitus interruptus califican como castos ni tampoco como abstinentes.  Sin embargo, son esencialmente diferentes; una implica el goce solitario de un narciso y el otro, un goce sádico a costa de una mujer que, en el acto, es agredida como simple objeto de uso. La tradición bíblica incurre en una confusión aparente entre el coito interrumpido y la masturbación. Onán fue condenado porque cuando se allegaba a Tamar interrumpía el acto y derramaba su simiente en la tierra. La mirada que unifica esas prácticas en una misma condena se enfoca en el desperdicio de la semilla y del impulso vital. La Biblia no pone en juego la promesa atlética de sublimar el goce ni la planificación familiar.

En la psicología moderna, el onanismo, la masturbación compulsiva, es el síntoma de un narcisismo patológico. En esta enfermedad el hombre solo puede amarse y obtener satisfacción de sí mismo y por su propia mano. Mientras en la niñez ella corresponde a una etapa de descubrimiento y de entrenamiento corporal, el sadismo del acto interrumpido envuelve a la pareja en el dolor y el daño de un corte violento, unilateral y arbitrario, que abre a distintas derivaciones de la frustración y la violencia en la convivencia.

Decir ‘abstinencia’ implica arriesgar una descripción de las prácticas admitidas y prohibidas. Tal vez si partimos de la cultura islámica tradicional, en la que está prohibido tocar o aun mirar el rostro y el cuerpo de la mujer, podremos entender mejor el feminismo casto que se nos propone alegremente en estos días. Nos tendrían que definir los límites del tacto y de la mirada para que, tal vez, volvamos a la prohibición del bikini –sin ir tan lejos como la burka-.

Así, rozar su piel en el extremo de una mano, tocarse en un arrebato de audacia, mirarse con intensidad y en la complicidad del deseo; qué decir de besarse. Todas esas aventuras pueden calificar como actividad sexual y como infracción de la castidad.

Al parecer nos hemos extraviado en la consistencia de la educación sentimental de nuestros jóvenes. Cada uno es libre de elegir sus servidumbres y la gracia de las sociedades modernas, es que la libertad para vivir una inclinación personal no necesite permisos especiales ni la imposición de la misma servidumbre al resto de la población.


Director Fundación Chile Ciudadano