Durante cuarenta y tres años recortó noticias acerca del abuso de poder. Las ilustró con fotografías y reportajes sobre arte e historia; compuso inventarios y monólogos. Mezcló descripciones detalladas de las torturas con la sicología de los victimarios. Del montaje original de Retratos hablados se desprende que no ha habido otro mundo que el de quienes sirvieron a los abusos y el de quienes se resistieron a “que la guerra sea interminable”. Ambas posturas ligadas (de ahí viene la religión) por los pontífices (o puentes). Sciolla escribe Abuso de Poder en altas, también Autoridad, Patria, Actos de Servicio y el nombre de la protagonista de este debut, la Virgen Chilena, en una autoedición conconina con más páginas (664) que ejemplares (100). Por ello parece destinada a desaparecer como los discursos de las miles de víctimas que son sus personajes secundarios. Sciolla le quita letras a P n ch t y une las de Transi Cióna Laseu Dodemo Cracia. Advertidos desde el comienzo acerca de las trampas del lenguaje, quizás el verdadero protagonista del libro, nos hundimos, luego, en el horror.

Retratos hablados es inclasificable. Lo guardé en la sección de poesía por su indagación de los enclaves autoritarios que empiezan en la lengua. Un “Léxico autorizado” introduce palabras como “contexto” y “negro”, y la decantación simbólica de “escoria”, seguida de “sátira”, “alegoría” y “fábula”. Nos recuerda la ambigüedad de “obediencia”, por ejemplo, restringida por los adjetivos “ciega” o “debida”, a la manera de la democracia, que cuando se la llama “protegida” deja de serlo. Y si este es un ejemplo de derechos humanos, para la función anuladora del adjetivo pienso más en las vanguardias poéticas, partiendo por los concretistas brasileños, que mostraron cómo el exceso de adjetivos en nuestra poesía manipulaba los sentimientos de los lectores. Para los hermanos De Campos y para Pignatari, la poesía estaba, por el contrario, en la cosa, en el sustantivo. También para los objetivistas estadounidenses: nombrar, nombrar, nombrar y que el lector activo venga a rellenar con sus propias emociones lo enunciado. Se referían al efecto intenso de la elipsis. “Presta mucha atención a lo que no digo” agregó después Paulo Leminski, otro brasileño, o la misma autora en la última definición de “blanco” que da aquí, luego de las acepciones raciales: “espacio que en los escritos se deja sin llenar”. Es lo que ella hace en los ochenta y tres inventarios con número de Retratos hablados, algunos de hasta cinco partes, que constituyen por sí solos un libro de poemas. O la novela que faltaba sobre la dictadura, en la que la subjetividad se reduce al núcleo duro de los discursos. La soñada novela posmoderna sin otro protagonista –por más que se nos diga que es la Virgen– que el lenguaje, el montaje y el detalle minucioso (y en el comercio enemigo un “detalle”, no por casualidad, es un defecto). Los inventarios son también ejercicios de comprensión lectora asimilables a los de Facsímil (2014) de Alejandro Zambra. La autora aísla conceptos, les quita el apoyo del discurso hegemónico y los impone en verso como una contraorden militar: esto es lo que debes recordar del capítulo que leíste. El inventario opera como ayuda memoria y, como puede sospecharse, en cada línea de ellos la autora enuncia una cosa o una idea. El inventario 1, por ejemplo, es tan literal en expresar los objetivos y procedimientos del libro que no puede tomarse sino como una alegoría, comenzando a desestabilizar los planos de sentido –como dirección y no como significado– de Retratos hablados: “1. Algunos textos intercalados por fragmentos de un archivo compuesto por recortes de diarios y revistas, fotografías y dibujos.// 2. Las múltiples relaciones y asociaciones producidas por la lectura de los fragmentos y la atenta observación de las fotografías, recolectadas con el fin de construir un muestrario de la burla, la obscenidad y la violencia”.

En los textos denominados “Nota al margen”, la autora no se aguanta de comunicar la certeza con la que distingue el bien del mal e informa de la crueldad y de los indefensos. Esto hace aún más eficaces, por contraste, los textos aparentemente neutros que he denominado poemas y los monólogos basados en personajes reales (“La Ministra”, “El Ángel de la Muerte”, “La Dama de Hierro” y “La Hiena de Dachau”, entre otros). La distinción entre la neutralidad aparente que construye Sciolla cuando muestra sin demostrar, en las logradas elipsis del texto poético, y la “Impostura de la Neutralidad” que le asigna a los altos funcionarios civiles de la dictadura es porosa y uno de los problemas más relevantes de su propuesta: la lucha por hacerse del poder del relato pretendidamente imparcial. Por ello la recurrencia a la prensa como hilo narrativo de Retratos hablados. Pero, por supuesto, ni la prensa ni los tribunales de justicia son imparciales, basta con leer hoy, avergonzados y rabiosos, lo que en otros momentos declararon. Cuando la propia rabia de Sciolla la pone del lado correcto de la historia, sin desgastarse en las posibilidades de la empatía e interpretando con exactitud al lector, concede los pocos momentos débiles del libro. Pero aun en esos casos en que confirma la emoción esperable, Retratos hablados opera sobre las virtudes de la yuxtaposición: pone registros tan disímiles, uno al lado del otro, que la fricción entre ellos detona, pronto, reacciones sorpresivas e incluso físicas.

Cada fotografía –ella las denomina registros– informa algo al pie, “A. La mirada de la Generala Janis Karpinski”, por ejemplo, y luego es imposible sacárnosla de encima como si la torturadora en Irak fuera la mismísima muerte mirándonos a los ojos. Imposible creer las declaraciones exculpatorias de la generala en la siguiente página. Sciolla usa de vuelta así las operaciones de manipulación emocional de la información y las hace visibles, literalmente. La intensidad de los registros sube, el libro empieza a doler. La autora construye un morbo, que no por muchísimo menos grave que el de los soldados estadounidenses que torturan iraquíes, deja de tener puntos en común con ellos. El lector quiere seguir mirando lo culturalmente prohibido que, ahora, se le permite, pues ¿cómo podían saber las víctimas criadas en Colonia Dignidad que las reglas de afuera eran otras? “Registro 6 (…) B. El prisionero de la cárcel de Abu Ghraib amarrado con la correa de un perro”, “Inventario 3// a. “Yo soy chora” (…) d. “No soy Candela, soy Candelaria. Virgen de la Candelaria”./ e. “Yo no doy Candelaria. Soy Irene Morales”./ f. “Soy Janis Karpinski. Generala de Abu Ghraib”./ g. “Me solazo humillando a los enemigos y hago como que los mato”. Son mujeres las principales victimarias de este libro dedicado a la Virgen, que cuidó a P n ch t y a los conquistadores de América. Sciolla delata, además, los intentos históricos de limpieza (“blanqueamiento” se diría sin medir las implicancias raciales que la autora también denuncia) de la Inquisición o de los Borgia en la boca misma de sus protagonistas. Sus declaraciones los ponen en evidencia (los “aclaran”).

Kenneth Goldsmith mecanografió una edición completa del New York Times y la presentó igualando la importancia de cada artículo con la misma letra y sin énfasis, en formato de un libro, Day (2003), que no pretende ser leído. Este es un ejercicio radical de “apropiación”, uno de los procedimientos de la poesía conceptual. Robert Fitterman compuso Holocaust Museum (2013) copiando los pies de fotos del museo en cuestión sin incluir las fotos. Propone un viraje de la atención del lector desde la imagen al texto, llamándolo a construir una narrativa nueva a partir de lo traumático que falta. Fitterman problematiza la representación misma, como Sciolla cuando escribe en los inventarios I y II sobre el rol del pintor. Leer Retratos hablados de corrido es una empresa independiente de la significación de la obra, que es, también, un material de consulta, no de un día como en el proyecto de Goldsmith, sino de un estado de cosas, de una igualación del pasado remoto y del pasado reciente en un presente de abusos. Como Fitterman, Sciolla hace más doloroso el dolor al despojarlo de referentes explícitos y enfocarlo en la aparente neutralidad informativa. La información es demoledora en sí misma, no se puede leer sin que el cuerpo remita al elemento ausente. También puede considerarse en su caso que el acto mismo de recopilar este material por décadas es la obra de arte, pero sus motivaciones son tal vez más relevantes para el análisis de lo que resultan las de sus colegas estadounidenses. Y Sciolla las responde a través de otras voces, de personajes comprensibles en la brutalidad del contexto chileno, en el que antes de renunciar al sujeto de enunciación resulta más urgente denunciarlo. Retratos hablados puede leerse así como el antagonista del proyecto en tres tomos de Bruno Vidal –Arte marcial (1991), Libro de guardia (2004) y Rompan filas (2016)– por cuanto extiende la voz en primera persona de los torturadores, que aquí condena, a la de los cómplices activos y pasivos y a las víctimas de distintas épocas y orígenes, desde la base común con Vidal del trabajo de archivo y la parodia. Aquí el lenguaje seco nace de los lugares comunes de la prensa, los bandos oficiales y los discursos políticos y por ello recuerda a libros como Variaciones ornamentales (1979) de Ronald Kay. Se trata del lenguaje del poder expuesto como pornografía, desde un collage que si bien es textual, decanta por sus elementos gráficos, como La nueva novela que el villalemanino Juan Luis Martínez publicó ese mismo año. Ejercicios recientes de apropiación e intervención de imágenes, como el de Diego Maquieira en Annapurna (2013) y de Carlos Soto Román en Chilean Project (2015), que tarja documentos liberados por la CIA sobre la intervención estadounidense en Chile, o de monólogos de victimarios que son a su vez víctimas, como el Tila en Criminal (2003) y la agrupación de información fechada en Almanaque (2010), ambos de Jaime Pinos, dialogan en torno a la necesidad de Sciolla de tensar los materiales con los que contamos para decir nuestra historia, entre la imposibilidad de la representación artística y el acopio de la obra total armada con los retazos de la censura.

La apuesta de la autora por la prensa resulta contingente, a su vez, a semanas del triunfo de Donald Trump en las elecciones estadounidenses, que demostró el escaso poder convocante que hoy tienen los medios. Todos los periódicos principales se manifestaron a favor de Hillary Clinton y editorializaron como nunca antes su apoyo, sin obtener el resultado buscado por ellos ni predicho por las encuestas. Aun cuesta pensar la prensa como historia, pero sí puedo asegurar que está cambiando el paradigma de su poder totalitario bajo regímenes igualmente totalitarios o aun en democracia. Con todo, leer la prensa sin la inmediatez para la que fue concebida es un ejercicio espeluznante. Las entrevistas consecutivas a M n ca M d r g, en dictadura y en la transición, son un ejemplo. Sciolla opta por omitir algunos autores o entrevistados, emulando el tarjado del nombre en Juan Luis Martínez, pero siempre indica la fecha, ahora desprovista de cierto peso en un libro en el que todos estos abusos son simultáneos y sostienen el sistema de signos bajo el cual los leemos. La prensa es mayoritariamente chilena, pero las noticias son también argentinas, salvadoreñas, estadounidenses, italianas, del Medio Oriente o de África, en idiomas diversos, y provocan un efecto arrollador al entremezclarse con declaraciones de líderes que no asumieron después sus responsabilidades, entre ellos los democratacristianos. Luego las noticias empiezan a cortarse, no se las necesita enteras, son pedazos de cuerpos mutilados que forman otro cuerpo monstruoso. Los mismos inventarios pasan a barajar las informaciones previas y las siguientes. Aun en su cara puramente informativa este libro ya es indispensable, por agrupar entrevistas a los jueces, cartas al director de familiares de detenidos desaparecidos, apariciones de la Virgen, descripciones del ornato religioso, y un largo etcétera. Sciolla se opone así al epígrafe que usa de Wittgenstein: “Lo que está deshilachado debe dejarse deshilachado” al aunar conceptualmente la política mundial del abuso. En “Inventario 3.1”, por ejemplo, resume siglos de “razones esgrimidas por los Promotores de la Civilización Cristiana Occidental para imponer, organizar o implementar: el sometimiento de los indios por la fuerza; la expulsión de los judíos; la obligatoria conversión de los judíos so pena de destierro; el despojo de tierras; el comercio de esclavos negros; el trabajo forzado en los lavaderos de oro; el linchamiento de esclavos rebeldes; el azote de esclavos montaraces; la invasión y conquista de territorios para su explotación comercial y la eliminación parcial de sus habitantes; la imposición del diezmo para financiar a la Iglesia; la utilización de la hoguera para disciplinar, escarmentar o castigar a un grupo de personas acusadas del delito de Herejía; la reclusión de las razas consideradas inferiores o grupos de personas consideradas subversivas en Campos de Concentración o Campos de Exterminio; el adiestramiento militar de hombres y mujeres para asegurar el dominio y control de las Colonias por medio de la violencia, de la tortura y de la guerra”. La lectura revuelta de estos y otros excesos equipara la experiencia de Retratos hablados a la de Alex DeLarge frente al tormento de la pantalla y con ganchos abriéndole los párpados en La naranja mecánica.

Agotados los discursos de victimización de la izquierda (Alfredo Jocelyn-Holt resumía en clases esta tendencia gritando “azótame, negro” y saltando hacia delante con cara de goce, como si efectivamente lo azotaran) y recuperándose cierta vocación de mayorías que la misma izquierda extravió por años, Retratos hablados llega justo a tiempo para pegarle una cachetada al olvido. Indisoluble de la disposición espacial y tipográfica de sus diversos elementos, del diseño de Constanza Jarpa Luco, a quien se deben impresionantes libros de artista, junto con títulos de la editorial Catálogo, de Viña del Mar, y de Palabra Ilustrada, Retratos hablados también puede leerse desde el efecto dramático del fin de cada página, como capítulos de una telenovela. Asimismo, como una obra de teatro: “De las voces e indumentaria de los personajes de la Obra” lo justifica al comienzo. En fin, como arte visual. Las míticas camisetas de Jenny Holzer con la leyenda “abuse of power comes as no surprise” (“el abuso de poder no es nada nuevo”, de Truisms, 1983) deberían venderse con una copia de este libro, y este libro debería encontrarse en las bibliotecas de su país y de este. Regístrese, publíquese y archívese. Amén.


Escritor