Me gustaría que ésta columna fuera de felicitaciones; una “palmadita” en la espalda por el solidario país que somos, aplaudir de pie cada aporte solidario en la cuenta 24.500-03 y rendir honores a quien fuera el artífice de una de las obras más reconocidas de nuestro país; el famoso animador de televisión, apodado “Don Francisco”. Desafortunadamente para muchos y muchas vengo, al menos, a cuestionar la solidaridad chilena, esa insignia que llevamos con orgullo cada vez que hablamos de Teletón, ese que parece ser el valor al que alude el eslogan de la nueva versión a realizarse éste fin de semana y que se repite en cada llamado publicitario a sumarse a la campaña.

Hace dos años escribí una columna sobre la situación de personas con discapacidad, la Teletón y el rol del Estado. Los antecedentes dejan a la vista las precarias condiciones que vivimos un 12,9% de chilenos y chilenas, y es que uno no puede sino revisar esa solidaridad de la que muchos se vanaglorian cuando vemos, por ejemplo en el ámbito laboral, que el 90% de personas con discapacidad en condiciones de trabajar está cesante y, del 10% que trabaja, sólo el 1% lo hace con contrato de trabajo, según la Fundación Nacional de Discapacitados de Chile; no puede restarse, como mínimo, de analizar qué solidaridad existe en términos de salud, cuando un 94% de personas con discapacidad nunca ha recibido atención médica ni rehabilitación, según cifras del Censo 2004; resulta complejo afirmar que somos un país solidario cuando, a diario, personas con discapacidad sufren discriminación en distintas dimensiones en el espacio público. Es que hay que ser rigurosos a la hora de asumir que somos solidarios, puesto que ello implica que tal valor se aplica a todos los ámbitos de nuestra sociedad; sin distinción de clase, nacionalidad, etnia, religión u orientación sexual, de lo contrario es un engaño. Sin embargo, y ciñiéndome a algunas situaciones de interés colectivo, ya hemos visto el poco apoyo que recibieron los trabajadores del sector público al exigir un reajuste mayor al ofrecido por el gobierno, vimos más bien las críticas por los aislados hechos de violencia que sucedieron durante el paro que organizaron; no se considera que son trabajadores igual que la mayoría de los chilenos, que muchos trabajan sin contrato y que por ley, no pueden hacer huelgas ni paros. Por otra parte, vemos día a día la xenofobia hacia los migrantes que vienen a Chile en busca de mejores oportunidades o derechamente vemos cómo los estafan con contratos de trabajo falsos, trabajos que por lo demás, rayan en la explotación y la esclavitud (cuando no son rubios ni vienen de Europa, por supuesto) y no, no exagero

¿Dónde está, entonces, la solidaridad con los graves problemas económicos y sociales que viven los haitianos en su país, por ejemplo? ¿Existe alguna cuota de empatía con uno de los países más pobres del mundo? Paralelamente, podemos apreciar las burlas, la trivialización y ridiculización hacia mujeres, organizaciones feministas y todo aquel que repudie la violencia machista y los femicidios en cada manifestación de ésta índole ¿Solidarizamos con las víctimas de femicidios, que hoy ascienden a casi 40 mujeres? ¿Estamos conscientes de la urgente necesidad legislativa que proteja a las mujeres de éste tipo de hechos? ¿Formamos a nuestros hijos e hijas con una educación no sexista y con igualdad de género? Estamos ad portas de ver las críticas que recibirán los trabajadores de Sodimac Homecenter por dificultar la donación de la empresa para Teletón, debido a su huelga por mejoras salariales ¿Es acaso igual o más importante la donación para Teletón que los salarios y las condiciones laborales de esos trabajadores? Somos silentes testigos de cómo Andrónico Luksic, por un lado dona cientos de millones de pesos a la “cruzada solidaria” a través de CCU y por otro, enferma a miles de pobladores con los relaves tóxicos de Antofagasta Minerals en el norte; abundan situaciones en las que no se respetan los accesos a ascensores, rampas, estacionamientos preferenciales o donde simplemente no existe ningún acceso para una persona con discapacidad y así, podría escribir páginas y páginas detallando la falta de solidaridad con los mapuche, los pescadores artesanales, la gente más pobre, la comunidad LGBTI, los jubilados con pensiones miserables y un desolador y largo etcétera.

Con todo, cuesta tomar a la solidaridad como un valor nacional, como algo propio de nuestra idiosincrasia y es por esto que me atrevo a decir que no somos un país solidario, sino todo lo contrario, es más, me atrevo a decir que somos el éxito del neoliberalismo, cuyo eje central es el individuo y tiene sentido, pues la solidaridad se hace carne con el otro, con nuestros pares. Somos tan poco solidarios que poco nos importa y apenas sabemos que Teletón atiende sólo al 1,9% de la población en situación de discapacidad, poco nos importa que al llegar a los 20 años, ese pequeño porcentaje de chilenos no tenga salud, ni rehabilitación ni integración en la sociedad. Somos tan poco solidarios que necesitamos a la Teletón, justamente para tener esta fantasía solidaria, esta catarsis de amor que dura sólo 27 horas, ésta mágica ilusión temporal en que todos nos damos El Abrazo de Chile.


Ex paciente de Teletón.