La política representativa ha culminado en la política-espectáculo: es su destino trágico dentro del neoliberalismo dominante. La política-espectáculo es de la misma naturaleza que la economía-espectáculo, que la delincuencia-espectáculo, que el sexo-espectáculo, que la intimidad-espectáculo, en fin, que la vida-espectáculo. Todo fluye en un mismo curso indiferenciado, en un mismo torrente barroso separado de la experiencia directa. “Toda  la vida de las sociedades en las que dominan las condiciones modernas de producción se presenta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que era vivido directamente se aparta en una representación” (Guy Debord)

No hay desafección frente a la política: hay, en todo el mundo, distancia, indiferencia o burla frente a esta, cotidiana y degradada, política de estos políticos. Los ciudadanos lo expresan, entre otras maneras, ejerciendo el derecho a no votar. Pero no se trata de políticos malos frente a ciudadanos buenos: el sistema total político-ciudadano está devaluado.

Los políticos hablan de ellos mismos y los medios crean o exacerban mediocres debates condimentados con opinólogos de diversa estirpe. Los comentaristas se convierten en actores y los actores en comentaristas. La actividad política de los electores se reduce a la mirada, a la observación de lo que dicen otros y a lo que dicen que hacen otros. Espectáculo es aquello que se ofrece a la vista y que  genera “espectadores” es decir asistentes “a una función o diversión pública” y que están “a la expectativa”, a la espera. Un espectáculo no produce ciudadanos que modifiquen por sí mismos la realidad a partir del abanico de recursos que sus deseos, su mente y su cuerpo les posibilitan. Los electores observan, eligen, piden transparencia pero no gobiernan. “La transparencia que ahora se exige a los políticos es todo menos una reivindicación “política”. No se exige transparencia frente a los procesos “políticos” de decisión por los que no se interesa ningún consumidor. El imperativo de la transparencia sirve sobre todo para desnudar a los políticos, para desenmascararlos, para convertirlos en objeto de escándalo” (Byung-Chul Han). Espectáculo, escándalo y escarnio van generalmente juntos.

Algunos pensamos que esta política de estos políticos no es política: que es un sucedáneo de mala calidad de las múltiples posibilidades de enfrentar la distribución del poder y la toma de decisiones en la sociedad y que lo que hay que hacer es producir más y mejor política politizando los vínculos sociales, saliendo de los espacios del espectáculo, de la representación y del mercado. Politizar la vida vs hacer política. ¿Se entiende la diferencia?

La política representativa, dentro del espectáculo mediático, ahora reticular y digitalizado, es un “contenido”, un tema más y no precisamente el más importante, en el flujo obsolescente de signos y discursos, dentro de las noticias televisivas o de los foros en Internet. La alta velocidad del espectáculo transforma todas las hablas, individuales y colectivas, de los políticos en palabrerías efímeras y sustituibles entre sí dentro de una lógica de equivalencia infinita.

La información política circulante en el tejido del espectáculo carece de peso ético y débil efecto pragmático. Es pura liviandad que favorece la inconsistencia valórica y la posibilidad, por ejemplo, de traicionar lo dicho. Las consignas y promesas, banales, se confunden y no dejan huella. Y sin huellas no hay nadie a quien seguir. ¿Quién se acuerda de las promesas de campaña de los electos diputados, senadores o alcaldes? Peor aún: ¿quién se acuerda de lo que prometió quién? Y por último ¿a quién le importa?

En Chile, conversos y díscolos navegan con facilidad en esta espectacular babel. Lo suyo son los movimientos circulares: aparentemente se desplazan pero quedan siempre en el mismo lugar de partida. Los primeros regresan a la casa del padre y a la Ley después de haber vivido sus infiernos revolucionarios. Los segundos dicen que se apartan de la casa del padre y de la Ley pero realizan sólo ruidosos movimientos de rotación con escasa traslación: continúan subordinados al padre aunque se hayan ido de la casa. En el intertanto han aparecido en los medios, han generado, de acuerdo a su capacidad de influencia y/o a la capacidad de sus asesores de comunicación, “noticias”. Todos continúan hablando y siendo hablados por el código del amo.

La política dentro del espectáculo se hace frívola aunque a veces puede causar mucho daño. Por ejemplo, ahora cuando la derecha en Chile quiere utilizar la xenofobia como miserable estrategia electoral. Información y ruido, verdad y simulacro se entrelazan en un baile de máscaras banal. Generalmente es aburrida aunque en ocasiones puede ser entretenida, pero tanto como un programa de cocina o un partido de fútbol; no mucho más. La alienación es la misma y la distancia es aún mayor: las identidades e identificaciones con el fútbol son más intensas y permanentes, incluso, que con la actual política y sus políticos. Como una manera de absorber prestigio desde fuera tal o cual  profesional de la política (valga el oxímoron) tal o cual diputado opina sobre fútbol y se muestra como un aficionado más  transparentando así su intimidad e intentando crear por este lado el lazo que no tienen por el otro.  “Los políticos no se miden por sus acciones y esto engendra en ellos una necesidad de escenificación: la pérdida de la esfera pública deja un vacío en el que se derraman intimidades y cosas privadas. En lugar de lo público se introduce la publicación de la persona. La esfera pública se convierte con ello en un lugar de exposición. Aleja cada vez más del espacio de la acción común”  (Byung-Chul Han)

La política de estos políticos se ha hecho doblemente re-presentativa: los políticos representan a los electores y, al mismo tiempo, desarrollan sus performances en los escenarios del espectáculo masivo como una representación teatral. La política de los políticos es la representación de una representación que ha perdido cualquier conexión con la vida colectiva. A los ciudadanos su propio gesto político, el único que en realidad  realizan, es decir, su voto, se les devuelve cosificado y “farandulizado” en debates en los que participan sus elegidos. “El neoliberalismo convierte al ciudadano en consumidor. La libertad del ciudadano cede ante la pasividad del consumidor. El votante en cuanto consumidor, no tiene un interés real por la política, por la configuración activa de la comunidad: no está dispuesto ni capacitado para la acción política común. Sólo reacciona de forma pasiva a la política, refunfuñando y quejándose igual que el consumidor frente a las mercancías y los servicios que le desagradan” (Ibid.)

La actual política de los políticos tiene una débil capacidad para cambiar el curso de los acontecimientos; las cosas importantes se juegan en otro lado. Por ejemplo, en los mercados financieros. La política-espectáculo diluye los antagonismos porque los convierte en diferencias insustanciales lubricadas por el consenso disfrazado de disenso. Los políticos profesionales han perdido preeminencia como enunciadores de discursos performativos, que afecten las condiciones de vida del demos. Su discurso vale poco aunque a veces griten mucho.

En realidad la política-espectáculo es un distractor de la política; un volador de luces que pide que la miremos para no ver lo que en realidad merece ser visto. La razón del espectáculo es selectiva. El espectáculo es real pero lo que aparece es sólo una ínfima parte de lo real. Por cada reportaje, entrevista, fotografía, tuiteo etc. de un acontecer político espectacular hay miles de otros sucesos cotidianos que no aparecen ni aparecerán jamás.

Una vez que se está dentro del espectáculo se está dentro de un orden y los políticos del orden no pueden sino seguir siendo espectáculo, aunque se declaren fuera de “duopolio”. No pueden sino incorporar sus reglas, sus códigos; no pueden sino aprender una eficacia y una eficiencia funcional al orden. Aprender a hablar “con titulares”, a gesticular de determinada manera, a mirar de cierta forma a la cámara. Se piensa para el espectáculo, se vive para el espectáculo, se sueña para el espectáculo. El espectáculo exige exposición, presencia, constancia y sometimiento. El sometimiento  es rendición a sus códigos y a una gramática férrea que define el campo de lo posible y de lo decible.

Pero hay también posibilidades de transgredir y subvertir lo dado, darle la vuelta al espectáculo. Los neo zapatistas para salir de la política-espectáculo y de los fracasos de las guerrillas tradicionales inventaron su propio lenguaje: metafórico, ambiguo, esquivo, incompleto. Recogieron las palabras del lenguaje dominante y lo pusieron patas arriba. Incorporaron el humor e  inventaron unas performances transgresoras cultivando las paradojas. Aquellos a los que nunca se les miró a la cara, los indígenas, se les mira ahora cuando la tienen cubierta con un pasamontañas, afirman. Crearon sus propios formatos de comunicación, las declaraciones desde la Selva de la Lacandona, donde exponen principios y estrategias. Jugaron con las jerarquías: Marcos no es comandante, es subcomandante. Entienden la política como un “mandar obedeciendo” etc. Los neo-zapatistas no son un modelo a copiar: son una experiencia en la cual pensar para subvertir el código del amo.

En Chile, los trabajadores de Sodimac en huelga, por su parte, dan vuelta al anquilosado lenguaje sindical y contraatacan un video de la gerencia de la empresa con un video-parodia: una parodia de una parodia, en realidad. La puesta en escena de la gerencia de la empresa, es tan grotesca, tan miserable y, a la vez, tan risible que la respuesta para no desintegrarse junto con el objeto criticado,  es acertadamente paródica. La parodia, es decir, una imitación burlesca de algo es un acción paralela (de par= al lado) un desplazamiento en relación al objeto, para rodearlo y mofarse de él. Tanto en el caso de los neo zapatistas como en el caso de Sodimac los juegos  paródicos o paradójicos, dentro del espectáculo, están referenciados a prácticas sociales que los sostienen: la trasgresión viene de abajo hacia  arriba y eso les otorga coherencia y estabilidad.

Sólo es posible una crítica del poder desde sus intersticios: desde sus grietas, construyendo una distancia crítica que permita la perspectiva y la burla. Los comportamientos subversivos y reversivos, decía Jesús Ibáñez “son preguntas a la Ley: el subversivo (…) hace una pregunta a la pregunta: cuestiona la pregunta. Subvertir bien de sub+vertere y significa “dar una vuelta por debajo”: cuestionar la Ley dando una vuelta por debajo de la Ley para poner de manifiesto sus fundamentos”.  El reversivo hace una pregunta  a la respuesta: cuestiona la respuesta. “El converso y el perverso están dominados por el que dictó la ley: el niño que hace lo que le manda su papá y el que hace lo contrario de lo que le manda su papá están dominados por su papá. Sólo la pregunta a la Ley la pone en cuestión”