Pequeña, morena y sentada en el living de su departamento, Arelis Uribe Caro (29) se compara con Hulk, el hombre increíble. Sin contexto la comparación resultaría ridícula, pero ambos comparten un superpoder: siempre están enojados. “I’m always angry”, dice con risa, citando a una película de héroes norteamericanos que la ayuda a explicar la rabia, la indignación que la mueve y que termina siendo la inspiración con la que llena sus páginas en blanco. La periodista y ahora escritora debutante recuerda esto al contar un encuentro reciente con Juan Pablo Meneses, con quién tomó un taller de crónicas, le dijo que su problema es que escribía exclusivamente cuando estaba enojada.

“Arolas” -como le dicen sus amigas y amigos- dice que por eso se siente unidimensional en sus emociones. Sin embargo, la voz se le quiebra un par de veces durante la entrevista, quizás porque la rabia y el dolor están muy cerca. Sus enemigos son claros y están en todas partes, los señala constantemente: el patriarcado, el capitalismo y la pobreza que se deriva de él. Todos enemigos que en su libro se encarnan en escuelas públicas con baños indignos o en mujeres que se construyen en un mundo que, como cantaba Jorge González, las percibe como “ciudadanas de segunda clase”. De todo eso habla en “Quiltras”, su recientemente editado primer libro, donde a través de siete cuentos escribió de lo que le dolía, de lo que le hacía sentido y de lo que le parecía importante mostrar.

Encontrar la belleza en el dolor

Al hablar con Arelis aparecen hitos que se suceden y conmemoran con casualidad o brujería hasta llegar a “Quiltras”. Uno de esos, fue haber encontrado, cerca del año 2004, un ejemplar de la revista Wikén de El Mercurio en su casa, donde no había ni muchos libros ni se compraba el diario. En las últimas páginas estaba la Zona de Contacto, el espacio juvenil del diario, y ahí aparecía un anuncio que decía “se buscan columnistas”. Mandó un texto, quedó, fue al taller que ofrecían ellos mismos para formar columnistas, leyó sobre mundos desconocidos -como Ñuñoa, Providencia y viajes a Europa, por ejemplo- y escuchó por primera vez que tenía talento para algo.

Entró a Periodismo en la Usach y comenzó a ver lucha de clases en todas partes. Egresó de la carrera y huyendo de la explotación, no se acercó a ningún medio, entrando a trabajar en una agencia de marketing digital donde la explotaron igual. Mientras tanto, y evitando pensar solo en cuentas publicitarias comenzó a escribir mucho: Noesnalaferia, The Clinic y El Dínamo fueron algunos de los medios que mostraron todos los textos que escribió en esos años. A punta de patudez y consejos de gente cercana, como se encarga de aclarar, comenzó a presentarse en concursos. De ese modo se transformó en finalista de varios: del mexicano Nuevas Plumas de crónicas en español, el de cuentos Paula y del Premio Periodismo de Excelencia de la UAH en la categoría columnas. Este año también fue finalista, pero ahora ganó: obtuvo el Santiago en 100 Palabras con su cuento “Lionel”.

Escribir no ha sido fácil para Arelis, no es algo que haya hecho toda la vida y saltar del periodismo a la ficción tampoco. “Quiltras” fue parte de un proceso de frustración al tratar de aventurarse en la narrativa, que se destrabó cuando se lo planteó como una columna de opinión para Noesnalaferia, pero contada a través de escenas e imágenes. Así nació este cuento sobre dos niñas que se enfrentan con miedo y ansiedad a la PSU. “El profe compró el diario y vimos que nuestro puntaje correspondía al de una niña que vivía en Ñuñoa, hija de profesionales con un sueldo arriba del millón de pesos. Nunca entendí lo que medía la prueba, lo que en realidad reflejaban esos puntos”, dice la narradora que da vida a la historia que llegó a ser finalista del afamado concurso de cuentos de la revista Paula.

—¿Cómo fuiste tomando conciencia de que, desde lo cotidiano, estabas escribiendo un relato político?

Yo creo que lo más explícito fue saber que estaba escribiendo un libro en que quería que las temáticas de mujeres o las mujeres fueran las protagonistas. También fue muy explícito el tema de la clase, me gustan mucho estos juegos, resaltar esa tensión. Por ejemplo en el cuento “Italia”, las niñas tienen diferencia de clase. Esas fueron dos intuiciones explícitas, que tenía presentes mientras escribía. Me gusta mucho que el libro esté integrado por sensibilidades que vienen de los bordes: las mujeres, los gay, las regiones, los mapuche, el lesbianismo o la sexualidad de las mujeres, que es súper tabú. Todo fue muy intuitivo, pero siento que fue una intuición muy consistente, eran intuiciones que ahora veo como temas que se instalan y, entre más lo analizo, más siento que es un libro femenino y feminista.

—En tu libro existen varios escenarios, entre ellos constantemente la Gran Avenida, pero no la describes tanto como sí describes a Providencia en “Italia”.

— Tiene que ver con el asombro del narrador, que probablemente es mi propio asombro. La Gran Avenida y su mugre no me sorprenden. Pero sí me sorprende que haya árboles. Viniendo de una comuna donde el espacio que está al lado de la vereda es café y tiene basura, sí me sorprendía que en otras comunas ese espacio fuera verde y la gente se pudiera tirar ahí.

—En el lanzamiento dijiste que no se podía resaltar la pobreza como si fuera algo bonito, o un valor y me acordé de cuando una amiga, hablando sobre Noesnalaferia, me dijo que no quería leer a alguien que le planteara la pobreza como algo bonito o emocionante si ella lo pasaba pésimo demorándose dos horas en llegar a cualquier parte y no teniendo ni uno. ¿Cómo ves tú esa representación?

— Ser pobre es una mierda. No hay romanticisimo en eso. Leí en una crónica que ser pobre es como vivir siendo huérfano, tienes una carencia permanente. Sin embargo, también puedes encontrar belleza en eso. Por ejemplo, ahora hay una exposición de fotos de Sebastião Salgado en el Centro Cultural de Las Condes, que le toma fotografías a la América Latina profunda. Hay fotos a personas que han trabajado tanto al sol que su piel está tan curtida como la corteza de un árbol. Por la manera en que los retrata, hay una belleza y una dignidad tremenda. Creo que es necesario disputar en el discurso político la forma en que se representa la pobreza. Es una mierda ver que tus viejos no tienen plata para llegar a fin de mes, que llegan a cobrarle el arriendo a tu mamá y ella no puede pagarlo, comer pan con mantequilla todos los días, tener los dientes chuecos. Nada de eso es bonito, pero a mí sí me duele y me da rabia que se rían de esa hueá en la tele, que exista la Cuatro Dientes y que el chiste de ella sea no tener dientes. ¿Sabís lo que significa andar por la vida sin dientes? Me parece una brutalidad, una maldad y una ignorancia heavy. Me enojo. Yo retrato esos mundos porque son los mundos que conozco, de los que vengo. Y porque cuando escribo de ellos me emociono a un nivel que posiblemente lo expreso de una manera literaria, pero no es porque sea bello, sino porque en el dolor erís capaz de encontrar belleza.

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Supernova, el periodismo y el OCAC

“Yo no hablo inglés, vivo en un barrio que no es burgués”. Con ese epígrafe Arelis decidió abrir su libro, plasmando las constataciones de clase que la han marcado en una frase que no dijo Marx y que -hasta el momento- nadie ha rayado en alguna muralla de la Usach. Es el comienzo de “Mi amor no se compra”, track 7 del disco debut de Supernova, y que continúa con frases como “no viajo mucho, pero sé leer”. Al escucharla, se dio cuenta de que resumía muy bien el libro, de la misma forma que al final sintió que cualquiera de los siete cuentos podía llamarse “Quiltras”.

“Es una frase muy profunda políticamente, dicha en una canción de pop bailable, que es algo muy de Los Prisioneros y Jorge González. Me gusta mucho eso de cruzar las cosas, lo político puede ser pop también. Es un libro muy generacional, y Supernova es una banda que nos marcó mucho a quienes fuimos adolescentes en los años 2000, además que es la banda pop chilena de mujeres. Me encanta que signifique todo eso, que abras el libro y la primera referencia te deje pensando en Supernova”, cuenta Arolas, quien poco antes de lanzar el libro, dijo en su cuenta de Twitter que si ella fuera música, este libro sería el equivalente a su primer EP, y cumple bastante ese objetivo: son 85 páginas en tamaño de bolsillo que dejan claro lo que su autora quiere decir. Y si fuera música, nos dejaría claro cómo sería su sonido.

—¿Qué rol jugó la nostalgia? En tu libro todo es mirar hacia atrás, no estás escribiendo de este momento. Hay MSN, pero no hay Twitter y las referencias son a cosas más antiguas.

—Cuando empecé a escribir fue de cosas que me acordaba. Así terminó siendo un libro súper joven, súper adolescente. Las voces que no son adolescentes salieron recién de la universidad o se relacionan con escolares todavía. Creo que tiene que ver con mirar con distancia ese tiempo, cuando yo vivía en Gran Avenida, cuando todavía era escolar. Llevo como seis años viviendo en Providencia, pero igual sigo vinculada a los lugares dónde crecí. Me preguntaron antes qué tan deliberado era el pop, en el libro, pero no sé muy bien de dónde viene, es súper misterioso el ejercicio de la creación. El primer acercamiento a Internet también fue muy pop, era la panacea para acceder a la cultura. Yo vivía en Talagante, estaba aíslada igual, y aunque me costaba conectarme a Internet, cuando lo lograba accedía a un montón de cosas bacanes.

—¿Por qué decides contar algunas cosas a través de la ficción y otras a través del periodismo?

—Son momentos distintos. El periodismo en general tiene que ser contingente, muchas cosas responden al momento. Igual, a mi me gusta más el periodismo de atemporalidad, por eso me gusta tanto la crónica o el periodismo de opinión. Hay varias columnas que he escrito en la feria que son atemporales, que -aunque espero que no- en 20 años más van a seguir teniendo sentido, como la del lenguaje inclusivo. También tiene que ver con la forma, no puedo hacer introducciones eternas para describir un colegio pobre, la gente va a querer llegar a la noticia. Igual, cuando escribo cuentos se me sale lo militante, hay mucho ahí que no controlo. Al final todo puede cumplir objetivos distintos, pero apunta al mismo enemigo. También tiene que ver con mostrar algo que en los medios nunca va a estar explícito, en especial teniendo en cuenta que los tradicionales son súper cuicos y machistas.

Esa misma inquietud es la que la hizo contactarse con las chicas del Observatorio Contra el Acoso Callejero (OCAC) cuando se enteró de su existencia. Hoy es directora de comunicaciones de dicho espacio. “Creo que es mi granito de arena para hacer de este mundo un espacio más amigable, más justo, pero desde lo concreto, porque el arte puede sensibilizar al mundo, pero no sé si sirve para cambiarlo, me lo he estado cuestionando, y siento que el OCAC es un aporte muy concreto. Me gusta sentir que puedo atacar distintos flancos, desde el periodismo, la literatura y una organización política de la que me enorgullezco de ser parte”, remata.

Quiltras
Arelis Uribe
85 páginas
Editorial Los Libros de la Mujer Rota
2016
$7.000

Concurso: Gánate el libro debut de Arelis Uribe

Te regalamos un ejemplar de “Quiltras”, cortesía de Los Libros de la Mujer Rota. Para participar, comparte de manera pública esta entrevista en tu muro de Facebook y postea acá la razón de por qué te gustaría leer a esta nueva escritora chilena. Responde de la manera más original y gánate una copia de la ópera prima de “Arolas”. El lunes 12 de diciembre daremos el nombre de la ganadora (o ganador).