Al revisar la historia de la Fech, particularmente aquella etapa que, en los ochenta, corresponde a su “refundación”, cabe hacerse una pregunta pocas veces formulada: cómo fue posible que, en el contexto de una dictadura que extremaba los esfuerzos por perpetuarse y por ahogar violentamente cualquier atisbo de organización democrática con capacidad de movilización, y que tenía en la intervención militar de las universidades el epítome de su odio y temor a la disidencia, haya podido desarrollarse con éxito un proceso que no solo desembocó en la recuperación de una Federación estrechamente ligada a la historia de la República, sino también el hecho de que ello ocurrió con tal fuerza que permitió su sobrevivencia y vitalidad hasta nuestros días.

Dicho de otro modo, cuáles fueron los factores que permitieron que una generación de jóvenes universitarios a lo largo de todo Chile, rompiera los límites de un orden que todavía en aquellos años parecía inamovible y, pasando por encima de los intentos oficiales por imponer organizaciones digitadas desde la autoridad interventora, estableciera sus propios órganos autónomos, representativos y con un nivel de arraigo estudiantil tal que terminaron siendo un dato de la causa para el régimen y actores relevantes de la lucha nacional por la libertad y la democracia.
En las siguientes páginas quiero intentar un esbozo de aquellas razones que, a mi juicio y en mis recuerdos, explican cómo fue posible “el nuevo comienzo de la Fech”.

Una cierta continuidad histórica

Las generaciones de comienzos y mediados de los ochenta, tanto en la Universidad de Chile como en las demás universidades del país, tuvieron la capacidad y la sensibilidad de encarnar, en lo necesario y simbólico, una idea de entroncarse con la historia del movimiento estudiantil truncado en 1973. Ello porque, si bien la percepción de los últimos años que precedieron al golpe militar era en nuestra generación un tema que mezclaba una mirada idealista con otros matices críticos, en cuanto a que crecer y madurar bajo dictadura era algo cuya responsabilidad endilgábamos no solo a los golpistas sino también a los que generaron las condiciones para que ello ocurriera, se imponía sobre todo en nosotros un sentimiento que nos asociaba a las generaciones que antes del golpe planteaban una “universidad comprometida” y desarrollaban trabajos de verano bajo las banderas de la mítica Federación.

Esta suerte de nostalgia de algo que no habíamos vivido pero que asociábamos a lo mejor de nuestra historia explica cosas como que, por ejemplo, nunca se puso en cuestión que la organización a la que aspirábamos iba a llamarse Fech o que iba a estar indisolublemente ligada a la lucha democrática, o que fuera muy natural que desarrollara sus primeros trabajos de verano bajo Estado de Sitio decretado en la misma época de su resurgimiento.

Esta mirada que reivindicaba la historia acentuó el carácter épico de la tarea emprendida, nos dotó de consignas y simbología, pero también nos advirtió acerca de los errores que esa misma historia había hecho evidentes. En particular cobraba fuerza en muchos de nosotros la idea de asegurar la representatividad, el pluralismo y el ejercicio democrático como garantías indispensables para la sobrevivencia de la futura federación. Esta debía ser capaz de reunir la pluralidad de los pensamientos y las opiniones, asegurando la conducción de las mayorías y el respeto a las minorías.

En el contexto de extrema hostilidad en el que nos encontrábamos, el que nuestra organización fuera única y reconocida por todos los sectores era una condición esencial para su éxito y continuidad. Eso, como veremos más adelante, condicionó fuertemente el itinerario de la refundación. Por otro lado, nuestra generación también fue tributaria de la historia universitaria inmediatamente precedente. Éramos continuidad natural y necesaria de las generaciones que luego del golpe y la intervención militar de las universidades y, aproximadamente hasta la imposición de la Ley General de Universidades a principios de los ochenta, habían empeñado sus esfuerzos, en las más difíciles condiciones, a la rearticulación del movimiento estudiantil.

Esos esfuerzos, a través de la actividad cultural, las agrupaciones deportivas, las pastorales universitarias, constituyeron formas de aglutinamiento gracias a las cuales los jóvenes empezaron a sentirse cada vez menos solos, desarrollando aprendizajes de acción colectiva que posteriormente serían experiencias invaluables sobre las que se iría asentando el nuevo movimiento estudiantil.

En síntesis, la nuestra no fue una generación surgida de la nada, sino que tomó la posta de otros que, antes que nosotros, luchaban por abrir espacios y correr los límites en los que después nos desenvolveríamos. Así, la generación de la ACU (Agrupación Cultural Universitaria), por identificarla con un icono de aquellos años, fue un precedente necesario para lo que vendría en los años siguientes.

Por último, en esta mirada sobre las conexiones de una generación, vale la pena destacar que los universitarios de la época fueron parte genuina de una juventud que comenzaba a despuntar en la lucha democrática del país. Una mirada sobre aquel periodo nos permitiría apreciar que, como en otros momentos de nuestra historia, eran los jóvenes los que destacaban en los espacios de movilización y organización que se iban construyendo y, en ese contexto, los universitarios, junto a secundarios y pobladores, eran protagonistas del empeño democrático.

Ljubetic, tras ser liberado desde la penitenciaria de Santiago por sus actividades de paros y protestas contra el gobierno. Santiago, Chile. Octubre 1985.

Los jóvenes contra la dictadura

El contexto político, evidentemente, influyó notablemente en el hecho de que a poco andar en la década, lo más natural era que los jóvenes se definieran contra la dictadura y, quienes ingresaban a la Universidad encontraran en ella un espacio propicio para encarnar en hechos concretos esa definición.

Ello no solo explica que ya en 1983 la oposición estudiantil se convirtiera en indiscutible mayoría, lo que permitió pasar con cierta rapidez por sobre las intenciones de la autoridad interventora de implantar una institucionalidad, la Fecech en el caso de la Universidad de Chile, que ahogara las pretensiones democráticas del movimiento, sino que también explica que la primera Fech tuviera una vocación marcadamente política y de involucramiento en la realidad nacional.

La idea de que no era posible pensar siquiera en una Universidad libre y plural en un país sometido por la dictadura era ampliamente compartida. Las plataformas y consignas en cada escuela y facultad eran abiertamente referidas al compromiso con la lucha por la democracia en Chile, dejando poco espacio a reivindicaciones de corte gremial, salvo en torno a los aspectos más gruesos del modelo universitario impuesto.

No hay duda de que la radical división política de la época –la dictadura y sus opositores– implicó que los alineamientos sobre los aspectos centrales a abordar por el movimiento estudiantil se dieran con una cierta fluidez. Sin perjuicio de las naturales divergencias acerca de aspectos tácticos específicos, en lo fundamental no había discrepancias relevantes. A ello contribuyó la emergencia de un grupo de dirigentes que, no obstante sus distintas militancias, mostraron una marcada vocación por aquello de anteponer las convergencias.

Dicho sea de paso, entre las discrepancias más complejas estuvo el manido asunto de “las formas de lucha”, aspecto que, hay que reconocerlo, generó momentos de tensión. Entre colectividades que se oponían a los métodos violentos fundados en sus convicciones morales y los que sentían que estaban derrumbando al régimen a piedrazos se producían largas discusiones y recriminaciones recíprocas. El tema pudo superarse en la medida que la mayoría de los dirigentes lo abordaron con cierto pragmatismo, conviniendo en que, más que en el plano ideológico, la discusión debía ser enfocada desde la perspectiva de priorizar la masividad de las convocatorias pues ese carácter de las iniciativas de movilización era el único que nos permitía asegurar su realización y éxito en un escenario de represión contra el que era impracticable enfrentarse de otro modo.

Contribuyó a que, al menos en la etapa fundacional de la federación, este tipo de tensiones pudiera ser superado en un aspecto esencial a destacar como es el de los niveles de autonomía que la mayor parte de los dirigentes y la generalidad de los estudiantes le asignaba al movimiento, en cuanto movimiento social, respecto de los partidos políticos que cada uno de nosotros integraba.

Era evidente que el proceso de refundación de la Fech constituía un hito político de la mayor importancia, no solo por la relevancia histórica del movimiento estudiantil universitario y las perspectivas sobre el aporte que su organización estaba llamada a entregar en la contingencia del país, sino porque era, en aquella época, una de las mayores contiendas electorales que podía darse en el contexto dictatorial. Los diversos partidos veían allí un desafío y una oportunidad de medir su arraigo, así como la posibilidad de hegemonizar a las nacientes federaciones estudiantiles, inscribiéndolas en sus respectivas perspectivas estratégicas y sumándolas a los diferentes agrupamientos y alianzas que integraban.

Hay que recordar que en ese periodo habían decantado la Alianza Democrática y el Movimiento Democrático Popular como las principales expresiones de una oposición que mostraba perfiles cada vez más diferenciados, por lo que a ambos conglomerados interesaba sobremanera lucir sus logros en las elecciones estudiantiles que se avecinaban.

Como era obvio, estas pretensiones se tradujeron en dificultades a la hora de definiciones importantes para la anhelada federación, desde antes de que viera la luz.

En el caso de la Democracia Cristiana Universitaria que, aunque hoy cueste creerlo, era, junto a las Juventudes Comunistas, la colectividad más fuerte de la Universidad de Chile y de la mayoría de las universidades del país, le tocó enfrentar tempranamente este dilema entre la autonomía de una organización social y su relación con los partidos que integraban sus dirigentes. Ello ocurrió con motivo de la conformación de la lista que, en representación de los sectores democráticos, tenía las mayores probabilidades de ganar las elecciones.

Era casi unánime la convicción en la DCU de que el carácter unitario de la Directiva de la Fech que estaba por nacer era una condición indispensable para asegurar su surgimiento y consolidación. El entorno represivo no daba lugar a divisiones que, considerando la evidente convergencia de propósitos de la que el espectro opositor juvenil podía dar cuenta, tampoco tenía ninguna justificación relevante.

La dinámica nacional de conglomerados diferenciados de oposición tuvo como efecto, en cambio, que la dirección del PDC, encabezada en aquel entonces por Gabriel Valdés, decidiera que no era admisible la posibilidad de que los militantes de la DCU integraran una lista que incluía a militantes de las JJCC, posición que, ante nuestra rebeldía, obligó a Patricio Aylwin, a la sazón vicepresidente del partido y en representación de Valdés, que se encontraba en el extranjero, a concurrir a una multitudinaria asamblea de la DCU a “bajar la línea del partido”.

El estruendoso y abochornante rechazo que provocó la intervención de Aylwin provocó que el PDC tuviera que resignarse y tolerar que sus militantes universitarios emprendieran el desafío de conducir la Fech en el marco de una coalición política que no tuvo parangón posterior en su amplitud, marcando así uno de los momentos de mayor lucidez de una generación que tuvo la capacidad de comprender cabalmente el momento histórico que le correspondió vivir.

En este mismo ámbito, el de la valoración que muchos de nosotros asignábamos a la autonomía de los movimientos sociales, es justo destacar la posición encarnada en la mayor parte de los jóvenes socialistas que, no obstante el alineamiento de sus colectividades en el marco del MDP, se las arreglaron, generalmente, para tomar decisiones que privilegiaban lo unitario y plural, no obstante ello pudiera generarles roces con sus aliados formales.

En fin, no cabe duda de que, a la luz de lo acontecido, esta mirada capaz de establecer diferencias sobre el rol de los partidos y el del movimiento estudiantil, fue un factor determinante para el éxito de la primera Federación y, como el tiempo lo demostró, señaló el camino adecuado a recorrer.

“El movimiento estudiantil será lo que los estudiantes quieran que sea”

Esta frase, aparentemente ramplona, fue la consigna oficial de la candidatura que ganó la presidencia de la primera Fech y en ella se resume una disposición y actitud política que, a nuestro juicio, explica en gran medida las razones por las que fue posible realizar una tarea que, al calor de las difíciles circunstancias de la época, parecía extremadamente difícil de llevar a buen término.

Una constante del periodo que va entre la recuperación de la mayor parte de los centros de alumnos, cuestión que consolidaba la mayoría necesaria para avanzar sin cuestionamientos hacia la federación, y los pasos concretos para su logro, fue la fricción entre las posiciones respecto al itinerario a seguir con ese propósito.

Por una parte, estaba la posición de quienes, especialmente los jóvenes comunistas, en la premura de contar con una federación que se integrara a la lucha democrática a la mayor brevedad, proponían caminos que acortaran la espera, sin demasiada consideración a los aspectos más bien formales, en la confianza de que la justicia evidente de la causa ameritaba y haría comprensible cualquier atajo que se tomara al efecto. Por otra, quienes planteaban que, aunque ello implicara un proceso más pausado, el itinerario de construcción debía caracterizarse por la transparencia y la participación, en la medida que tanto las expectativas estudiantiles como la atención del régimen iban a estar puestas en ello.

En una primera etapa se optó por el criterio de la urgencia y ello dio lugar a un hecho poco conocido de esta pequeña historia. El Consejo de Presidentes de Centros de Alumnos, órgano que había asumido la conducción del proceso, convocó y llevó a efecto un plebiscito en el que los estudiantes debían pronunciarse sobre el apoyo a la generación de una Fech prácticamente ya diseñada, con autoridades preestablecidas y la plataforma de acción.

En una demostración de que el ambiente no estaba para recetas predigeridas y que había que optar por caminos amplios y participativos, ese plebiscito, en el que afortunadamente se había tomado la precaución de autoexigirnos un umbral mínimo de participación, se perdió por un par de centenares de votos que faltaron para alcanzar el quórum requerido. Ello obligó a enmendar rumbos y llevar adelante un proceso ejemplar de construcción de la nueva institucionalidad estudiantil.

Todas las facultades, entre las que se incluía el ex Pedagógico, que había sido separado de la Universidad de Chile como parte del proceso dictatorial que impuso su desmembración, eligieron un número de delegados, proporcional a su cantidad de alumnos, los que conformaron la Asamblea Constituyente de la Federación, a cargo de elaborar sus estatutos. Tanto la elección de los más de doscientos delegados como su trabajo en arduas sesiones, constituyeron un notable ejemplo de pluralidad y participación en el que convivieron jóvenes del más amplio espectro político imaginable. De hecho, fue sorprendente que solo quedara para su plebiscitación –mecanismo contemplado en caso de desacuerdos importantes– una reducida cantidad de materias.

Aprobados los estatutos, definido el proceso electoral, desarrollada una intensa campaña por parte de todas las listas de aspirantes, desde la ultraizquierda a la ultraderecha, la lista de unidad democrática se alzó con una muy contundente victoria, en unas elecciones ejemplares en las que participó más del 90 por ciento de los estudiantes.

El respeto por las normas e instituciones generadas democráticamente desde el movimiento estudiantil acompañó a la primera Fech durante toda su gestión y le permitió enfrentar con éxito duros momentos de relegación, cárcel y amedrentamientos. Sin embargo, también le sirvió para encarar una circunstancia propia de la organización aunque especialmente tensa, como fue la elección de la segunda Fech que, realizada en un cuadro de aguda diferenciación entre la DCU y la mayor parte de la izquierda, culminó con un estrechísimo resultado a favor de los primeros. Hubo intenciones de obviar ese proceso prorrogando el mandato de la Directiva saliente. Fue precisamente la valoración de una institucionalidad construida desde las bases la que afirmó el rumbo que debíamos seguir.

En fin, el apego a las expectativas y también a las posibilidades de los estudiantes constituidos en movimiento, las formas participativas de decisión y el respeto por las normas y criterios generados desde ellos fueron los que dotaron de una incuestionable legitimidad a la Federación y a sus dirigentes, legitimidad sobre la que fue posible recorrer el difícil camino del nuevo comienzo de la Fech y su lucha contra la dictadura.

Yerko Antonio Ljubetic Godoy (1960) es un abogado y político chileno, ex ministro de Estado del presidente Ricardo Lagos. Egresó del Colegio Seminario Pontificio Menor, ingresando posteriormente a la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile, donde llegó a ser presidente de su poderosa Federación de Estudiantes (1984), liderando innumerables manifestaciones contra el régimen militar del general Augusto Pinochet. Por ellas estuvo detenido más de una decena de veces. En el plebiscito de 1988 fue el coordinador del Movimiento Juvenil por el No y posteriormente participó en la campaña del también DC Patricio Aylwin a la Presidencia de la República.

Fuimos Testigos: 60 años de la Fech en la mirada de 15 presidentes
Editor: Antonio Cavalla Rojas
327 páginas
Libros El Desconcierto
$10.000

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