“En Chile no tenemos negros” es la afirmación más coloquial y frecuente que se escucha cuando el tema que se trae a colación es la inmigración. En mi caso, cuando se advierte un tono extranjero, la mejor forma que se encuentra para iniciar una conversación es a partir de un comentario sobre los peruanos (un comentario que es, más bien, anti-peruano) o sobre las colombianas. Curiosamente, cuando se refieren a nosotras no nos nombran, nos gestualizan. Ya saben: senos grandes, caderas prominentes… pero ahí, me miran y retrucan: “pero no eres así”, “no eres negra”. Ante lo cual simplemente asiento moviendo la cabeza. Y de inmediato pasan al tema de los haitianos, como si ese desplazamiento confirmara que ser colombiana y negra, o al menos la confusión, es una ofensa y para no continuar incomodándome, mejor hablamos de negros pobres… ¡Hay muchos! Exclaman y ¿Por qué Chile? (se) preguntan. En algunos casos, los menos, esas fórmulas sólo expresan la incomodidad de no saber cómo relacionarse con los inmigrantes y, en especial, con los inmigrantes negros. En otros, los más, dicen más de los locales que de los extranjeros. ¿Por qué esa necesidad de afirmar que no existieron ni existen negros en Chile? ¿Cómo esta postura condiciona la relación con el inmigrante en general y negro en particular?

Volviendo a la exclamación, en verdad no son tantos los migrantes haitianos. Según los datos del Departamento de Extranjería chileno entregados en 2014 (teniendo en cuenta los diferentes tipos de visa), los haitianos apenas superan los 10 mil y, a la fecha (diciembre de 2016), siendo generosos, tal vez bordeen los 20 mil, si consideramos las visas otorgadas solo el año pasado (8.888). Lo que pasa es que es una inmigración reciente, cuyo aumento considerable se da a partir del año 2010, pues el terremoto de ese 12 de enero produjo tales condiciones de vulnerabilidad que ha llevado a que muchos haitianos busquen mejores condiciones de vida en otros países, cosa que ya hacían antes, y lo que este episodio produjo fue una diversificación de los destinos. Al mapa diaspórico haitiano constituido por Republica Dominicana, Canadá, Estados Unidos y Francia, se incorporan Brasil (donde hasta el momento se han registrado 80.000 ingresos) y Chile.

Sin embargo, entre que sean 6 mil y 20 mil no hay una diferencia sustantiva, pues en términos de percepción la exclamación seguirá siendo la misma ¡Hay muchos! Y, en verdad, lo que dicen es ¡son negros! Como no todos conocen o reconocen la nacionalidad de esos cuerpos negros que circulan por las calles de Santiago o ciudades aledañas se asume a priori que son haitianos o colombianos (afrocolombianos, para ser precisa) y, en menor medida, brasileños. No se imaginan que pueden ser peruanos, ecuatorianos, dominicanos, cubanos, argentinos e incluso chilenos. Sí, chilenos. Porque contrario al mantra que se repite, en Chile sí hubo y sí hay negros (los estudios históricos ya proporcionan suficiente argumentación al respecto). Afrochilenos se hacen llamar. Y aunque no sea ninguna novedad para algunos y algunas, hay que insistir en ello pues los afrochilenos aún no tienen el lugar que les corresponde en el imaginario nacional.

Paradójicamente, ante la pregunta “¿Por qué vienen a Chile?”, la respuesta buscada no es precisamente económica. Es decir, lo que se busca no es tanto la confirmación de que en el extranjero Chile se reconoce como una economía estable, sólida y confiable, confirmación de la que muchos estarían orgullosos, pues es justamente la idea que se exporta. Lo que se busca más bien es una respuesta a una aparente contradicción: ¿por qué un país sin negros es destino de negros? La presencia negra lo que hace es reactivar un relato (¡aquí no hay negros!) que niega sistemáticamente su heterogeneidad. Y en esa relación con el otro negro, lo primero que surge es la necesidad de afirmar esa negación.

Con este presupuesto de blanquitud chilena, las cifras no importan tanto (si bien son necesarias) porque el racismo no es cuestión de números, sino de representaciones. De modo que la insistencia en las cifras (los migrantes en Chile somos sólo el 2.8% de la población, una cifra bastante menor para un mundo que se dice globalizado) para desmentir las manifestaciones racistas son sólo eso: cifras, datos, y el que aumenten o disminuyan no incide necesariamente en el desmonte de las representaciones negativas. Tampoco sirve de mucho refrendar las arremetidas xenófobas insistiendo en que el porcentaje de infracciones delictuales que corresponden a los extranjeros es, y en efecto lo es, menor al porcentaje que le corresponde a los chilenos. ¿Acaso estas enmiendas se hacen en los mismos medios, con la misma cobertura y teniendo como centro figuras con el peso político de aquellos que las ponen a circular? ¿Un candidato presidencial tendría el mismo poder de afectación que un abogado defensor o la vocera de una organización de migrantes? Y ¿qué pasa cuando esas opiniones quedan en el aire y se amalgaman con aquellas afirmaciones residuales, del tipo ¡aquí no tenemos negros!?

Por otro lado, si nuestro interés es tensionar las posturas racistas y xenófobas quizá no baste tampoco con adherir (o dar me gusta) a campañas tales como: “Todos somos migrantes” o “Todos somos Haití” –esta última surgió a raíz del huracán Matthew que tuvo lugar en octubre de este año en la isla. Estas campañas a los sumo despiertan una empatía adormecida, empatía, eso sí, abrazada con la garantía de la distancia. Pero ¿por qué nos sentimos empáticos sólo circunstancialmente? Y antes bien, ¿es la empatía la respuesta que puede mover las fronteras entre “ellos” y “nosotros”? Nadie puede negar las buenas intenciones que mueven este tipo de acciones –tampoco es mi intensión hacerlo–, pues buscan un propósito noble: “sensibilizar”, “tomar conciencia”. ¿Pero es eso suficiente? Como bien preguntaba el crítico inglés Raymond Williams hace ya varios años en relación a la idea de “masas” que acompaña las fórmulas “comunicación de masas” o “democracia de masas”, ¿quién se identifica o a quién identificamos como las masas? Con seguridad nadie se identificaría como tal a sí mismo, y tampoco identificaría así a sus parientes, amigos, vecinos, colegas, pues las masas siempre son los “otros”, aquellos a quienes no conocemos ni podemos o queremos conocer. Entonces, concluye Williams, “en la medida en que consideremos que la fórmula es inadecuada para nosotros, tal vez deseemos extender a otros la cortesía de reconocer lo desconocido” (Cultura y sociedad, 248).

Algo similar ocurrió en Francia a inicios de la década del 60 a partir de la descolonización de Argelia. Pero entonces la consigna no era “Todos somos argelinos”, sino “Todos somos franceses argelinos”. Lo que se ponía allí en juego era la identificación o, mejor, la desindentificación de una identidad francesa que causaba daños en nombre de todos los franceses. Si no se podía identificar con los primeros, sí se podía poner en duda la identificación con los segundos. Y es eso al parecer lo que falta entre quienes nos sentimos interpelados por las problemáticas que la migración nos coloca.

¿Qué pasaría si las fórmulas que reivindicamos partieran con el sujeto negado? ¿Cómo cambiaría nuestra relación con el “otro” si primero confrontamos las identificaciones (estereotipos) que hemos heredado? ¿Cómo asumir la causa del otro sin mantener la distancia? ¿Qué pasaría si nos asumiéramos chilenos negros? “Todos somos chilenos negros”. Pareciera una afirmación imposible, hasta risible. Pero es en esa identificación incómoda donde convergen las causas y se atacan las banderas del racismo y de la xenofobia que han erigido otros, pero que mantenemos izadas sin mayor aprobio.

Por eso tal vez la fórmula “Todos somos chilenos negros”, en su doble dicción, “Todas somos chilenas negras”, nos confronte en primera instancia con una idea de chilenidad (aquí no ha habido ni hay negros) que necesita ser radicalmente cuestionada. Quizá conduzca a una desidentificación de una negación y de un silenciamiento de los trazos negros, y nos lleve a responder al otro no precisamente desde el rechazo y podamos, en últimas, tomar distancia de las actitudes y prácticas racistas y xenófobas desde un punto de vista político, desanclado de cualquier vicio moral. Es decir, sin conmiseración ni lástima.

La contraargumentación a las opiniones y reacciones racistas y xenófobas de los últimos días no es sólo factual, sino cultural y sobre todo política. Esta última es lo que el filósofo francés Jacques Rancière llama “la causa del otro”.

¡Todos somos chilenos negros! ¡Todas somos chilenas negras!

 

 

 


Doctora en Estudios Latinoamericanos, Universidad de Chile, Colectivo Communes