Contra todos los pronósticos, ganó Trump. Como viene sucediendo asiduamente durante el último lustro, los sondeos volvieron a equivocarse y lo concreto es que “la nación más poderosa del planeta” será gobernada por un multimillonario populista y xenófobo… con el apoyo de los trabajadores. Así están los tiempos, ¡todo al revés! Ahora, que se prepare Europa.

De acuerdo con sus declaraciones –“make America great again”– da la impresión de que quisiese volver atrás y convertir a Estados Unidos en una especie de autarquía. El punto es si se le permitirá hacerlo porque, después de la administración anterior, no queda claro si el presidente de ese país tiene poder real. Como se recordará, la elección de Obama despertó una gran esperanza entre los sectores progresistas del mundo, la que fue prontamente desmentida por los hechos pues, a poco andar, el presidente cambió el rumbo inicial para volver al viejo estilo y continuar  desplegando la clásica vocación imperial (con un vergonzoso premio Nobel de la Paz en el camino), celosamente pauteado por los poderes fácticos.

Durante varios siglos, el poder estuvo íntimamente ligado al Estado. Desde su constitución, los estados nacionales fueron quedando en manos de una burguesía emergente que administraba el poder a través de un sistema democrático representativo. Con el correr del tiempo se pudo constatar que dicho esquema estaba completamente amañado porque los mandatarios, una vez electos, tendían a olvidar el mandato recibido traicionando al mandante. Dada esa cuestionable condición de la “democracia burguesa”, el principal desafío para las distintas fuerzas políticas en pugna era acceder a ese “centro de poder” por cualquier medio, de preferencia a través de las armas, y desde allí impulsar sus proyectos sociales. Entonces se sucedieron las revoluciones y contrarrevoluciones en un agitado delirio, una lucha de cúpulas destempladas en la que los pueblos silenciosos eran llevados de un lado a otro y sufrían las consecuencias de esos vaivenes.

En medio de este juego de péndulos, la rebelión juvenil de los años 60 abrió nuevos caminos por fuera de la institucionalidad política vigente. Surgieron entonces los movimientos sociales, que estuvieron activos durante algo más de una década para después entrar en un profundo y prolongado letargo, del que han comenzado a despertar durante los últimos años. También lograron visibilizarse distintos frentes de lucha sectoriales, que se identificaron como formas de poder alternativas: el Poder Negro, el Poder Gay, el Poder Joven, el feminismo, logrando enormes avances en las reivindicaciones de cada uno de esos sectores, como puede constatarse hoy día.

El filósofo francés Michel Foucault (1926-1984) articuló toda su reflexión en torno al problema del poder y, principalmente, a cómo sacárselo de encima porque sus documentados estudios históricos demostraron que el nivel de condicionamiento que ejercía el Estado sobre las sociedades era muy profundo, complejo y a la vez invisible, pues operaba sobre los ciudadanos a través de una suerte de memoria corporal difusa (la bio-política). Siguiendo el modelo de Sartre –de quien era heredero en fama pero contradictor en las ideas- y de la mayoría de los intelectuales de izquierda de su tiempo, quiso ir más allá del discurso académico y se arrojó decididamente a la lucha política, en un afán por demostrar con su propia experiencia vital las tesis que sustentaba. En ese intento se unió a los maoístas[1], uno de los grupos más radicales que propugnaba la constitución de un poder paralelo en el llano, reemplazando de facto los conductos institucionales.

Al final de ese apasionado período, los intelectuales comenzaron a abandonar los experimentos extremistas al darse cuenta de que conducían inexorablemente hacia nuevas formas de fascismo. La última esperanza para Foucault fue la revolución de los ayatolas en Irán (1978), que logró derribar al poderoso Sha haciendo vacío al poder, más que luchando contra él. Participó directamente de esos acontecimientos como corresponsal del periódico italiano Corriere della Sera y escribió numerosos artículos de apoyo fervoroso al proceso, el cual concluyó con la instalación de una implacable teocracia chiita. Este brutal desenlace frustró para siempre los anhelos libertarios del filósofo, al menos en el campo político.

El poder global

El fracaso de la izquierda, el repliegue de los intelectuales y el posterior derrumbe de la Unión Soviética generó un escenario inédito en la historia humana: la irrupción de un súper poder único y universal, que avanzó sobre el mundo a través de dos grandes vías: la geopolítica, gestionada por el complejo militar-industrial y la económica, gestionada por el capital financiero internacional a través de la banca. Si bien los señores de la guerra y los del dinero han podido convivir hasta aquí amigablemente porque sus intereses particulares han coincidido, es difícil saber si no llegarán a enfrentarse en el futuro. Es probable que las amenazas de Trump de descolgarse de la globalización y restringir el apoyo militar externo los siga manteniendo unidos. De hecho, Obama ha dedicado los últimos días de su mandato a recorrer Europa para tranquilizar a la OTAN, asegurando que el presidente electo respetará los compromisos militares adquiridos por Estados Unidos.

Lo cierto es que la política cambió, aunque nos cueste entenderlo y asumirlo a quienes nos nutrimos en aquel paisaje sesentero. Desde siempre, el objetivo de la acción política ha sido el acceso al poder, no como un fin sino como un medio para operar sobre la realidad social y transformarla. Cuando Trotsky lideró el asalto al Palacio de Invierno[2], la revolución ya estaba en marcha en Rusia pero ese edificio representaba el emblema máximo del poder y acceder a él era la culminación del proceso revolucionario. Pero ¿dónde está hoy el poder[3], dónde están los palacios de invierno? Da la impresión de que las decisiones se toman en unas oficinas anónimas cuya ubicación casi nadie conoce y el presidente solo cumple una función más bien mediática y decorativa, de relaciones públicas.

La globalización le arrebató el poder a los estados nacionales desplazando el control del capital mundial hacia los grandes bancos. Hoy los países dependen de la “inversión extranjera” y la administración de esos recursos está concentrada en unas pocas instituciones financieras privadas que por cierto ponen condiciones leoninas a las economías locales: alta rentabilidad, disminución del gasto público y ausencia de regulaciones. Los estados se quedaron sin medios para gestionar sus políticas sociales y si no se tienen los medios, simplemente no existe poder real. La democracia se vuelve entonces una farsa, una pura formalidad porque consiste en elegir a gestores que, aún si no estuviesen ya vendidos al gran capital, no podrían gestionar casi nada.

En realidad, todo esto ya lo sabíamos, o lo veníamos intuyendo, pero ahora contamos con información cuantitativa y evidencia empírica suficiente como para demostrarlo. Lo que no sabemos es de qué forma podríamos recuperar esa soberanía que le ha sido arrebatada a los pueblos, teniendo en cuenta que los actuales “centros de poder” ya no son políticos. La novela de Kafka El Castillo es una alegoría terrible que ilustra este fenómeno: en ella el protagonista intenta acceder a un poder misterioso, inhumano e incomprensible, sin lograrlo nunca. La atmósfera de asfixia y difusa opresión en la que se desarrolla la historia es muy similar a lo que experimentamos hoy. Una vez más, los grandes artistas se adelantan a su tiempo.

 El poder real

Uno de los grandes desafíos para el humanismo contemporáneo es encontrar la forma de traspasar todo el poder a los ciudadanos, restableciendo así el genuino espíritu de la democracia. Sin embargo, lo que hace aún más complejo el problema es que no se trata solo de una cuestión de formas y procedimientos sino también de reinstalar una cultura democrática que se ha venido debilitando durante las últimas décadas. La desafección política puede explicarse porque se ha extendido entre la ciudadanía una difusa sensación de que el voto ya no decide nada.

En el Diccionario del Nuevo Humanismo[4] se propone lo siguiente: “Los humanistas están convencidos de que los destinos de la democracia dependen de la formación de la personalidad del ciudadano en el espíritu democrático, de su desarrollo integral y armónico y de la creación de condiciones propicias para la realización de sus capacidades creadoras y su perfeccionamiento, de la elevación de su cultura general y cívica”. De manera que no se trata solo de un cambio en la legislación sino también de un cambio personal, incorporando un nuevo modo de vivir la democracia.

El poder real está en la gente. Pero la institucionalidad ha sido diseñada para minimizar ese poder, de acuerdo a un principio que lleva ya siglos instalado: el pueblo no razona, se mueve por impulsos básicos, así es que necesita de élites racionales que lo gobiernen. A su vez, ese pueblo está cansado y poco dispuesto a defender sus derechos, porque tiene memoria y no quiere arriesgarse a ser ciegamente arrastrado hacia experimentos sociales fallidos como ha sucedido antes. Este precario equilibrio es el que sostiene el statu quo, pero a veces el equilibrio se rompe y sale un Trump. El problema es que esa ruptura ha comenzado a hacerse norma durante el último tiempo y lo más probable es que la tendencia se acentúe en el futuro inmediato.

En el contexto político actual, la profundización de la democracia constituye un imperativo histórico y no una opción más entre otras. La débil cultura política de la población ha redundado en una cada vez más escasa participación y una altísima abstención electoral, lo que distorsiona gravemente el espíritu democrático. Por cierto, no existen fórmulas mágicas para avanzar hacia una democracia real y seguramente será necesario poner en marcha un proceso largo y complejo, del cual no se tienen demasiadas referencias históricas[5]. Sin embargo, las principales resistencias no vendrán de esas dificultades procesales sino que de la propia clase política.

¿Existe alguna forma de eludir el bloqueo de las cúpulas? Por el momento, solo una: la auto organización vecinal. Bonita paradoja: el mono-poder bicéfalo global contra el multi-poder local. Sin duda que hay mucho por aprender en esta lucha épica de lo uno contra lo múltiple, pero tal vez lo más importante (y lo más difícil) sea alcanzar una coordinación efectiva de esta diversidad caótica de modo que pueda operar como un cuerpo, como una red interconectada[6]. El historiador anarquista español Miguel Amorós identifica esta nueva forma de resistencia con la defensa del territorio urbano y describe así el estado actual de la lucha: “La comunidad se crea tanto en la movilización y la resistencia como en la obra constructiva y creadora. Y así en el espacio urbano hemos visto aparecer ágoras de barrio, coordinadoras asamblearias de trabajadores, huertos comunitarios, comedores populares, clínicas alternativas, talleres autogestionados y otras iniciativas más o menos logradas como respuesta a problemas concretos (…) Son ejemplos dispersos, marginales, voluntaristas y mal equipados, pero de suma importancia, puesto que indican el camino a seguir cuando un verdadero movimiento social cristalice y supere el estadio de las barricadas.”[7]

Como dice Amorós, se trata de un proceso en ciernes de carácter espontáneo, que aún no se asume como una forma de lucha contra el poder global y no sabemos si esta opción va a terminar cuajando hasta configurar una salida efectiva frente al colapso inminente del capitalismo globalizado. Cuando explotó el fenómeno de los indignados en España, los intentos de auto organización en barrios y vecindarios se pusieron en marcha de inmediato. Sin embargo, al calor de las elecciones, ese movimiento terminó siendo absorbido por Podemos, que canalizó su acción hacia la escena política tradicional. El peso de la memoria es implacable.

La prehistoria quedará atrás cuando se superen las viejas estructuras de poder de unos sobre otros y se cumpla la máxima humanista que dice “nada por encima del ser humano y ningún ser humano por debajo de otro”. Pero esto no sucederá por azar ni por voluntarismos aislados sino cuando se convierta en un destino anhelado por todos y la intención colectiva se oriente con fuerza hacia allá. Esa es la imagen guía pero hasta tanto no sea plenamente asumida, seguiremos enredados en una repetición infinita de las formas del poder.

Referencias

[1]                     Una de las expresiones más conocidas del maoísmo en América Latina es la organización guerrillera peruana Sendero Luminoso.

[2]                     Aunque el término “asalto” quizás sea un tanto exagerado, porque prácticamente no hubo resistencia de sus defensores y la lucha fue mínima. Pero tanto el hecho como la palabra tienen una gran carga simbólica para el marxismo-leninismo.

[3]                     Hemos copiado la pregunta con la que Leonardo Boff titula un artículo recientemente publicado (servicioskoinonia.org), que remite a dos estudios realizados por el economista brasileño Ladislau Dowbor sobre el incalculable poder de la banca internacional.

[4]                     Diccionario del Nuevo Humanismo, Silo. Ediciones León Alado, 2014.

[5]                     El libro del humanista Guillermo Sullings Encrucijada y futuro del ser humano, recientemente publicado por Virtual Ediciones, profundiza en ese proceso.

[6]                     El libro Planificando para construir organización comunitaria de Marta Harnecker y José Bartolomé, publicado en Chile por eldesconcierto.cl, es un completo manual sobre el tema.

[7]                     Cénit y ocaso, Miguel Amorós. Ediciones Askasis, Santiago, 2016.


Equipo de Comunicaciones del Partido Humanista