Un 9 de abril de 2006, un pequeño jugador de 1,61 metros de estatura, debutó en River Plate con tan solo 18 años. Con el pasar de las temporadas y a punta de goles, rápidamente el petiso se convirtió en una promesa para el fútbol argentino.

Era un 10 movedizo, rápido, de buen pase y remate de calidad. Las semejanzas con los 10 históricos de la Argentina parecían evidentes. Había nacido futbolísticamente en el barrio bonaerense de Núñez y prometía una gran carrera.

Sin embargo, en 2009 ocurriría un hecho que frenaría su ascenso. Luego de buenas temporadas en River, más de 20 goles en tres años, un campeonato argentino y la medalla de Oro con Argentina en los Juegos Olímpicos de Beijing 2008, Bounanotte enfrentaría un calvario.

El jugador iba al volante de un Peugeot 307 en un intenso día de lluvia camino a jugar pool con sus amigos. Eran cerca de las siete de la mañana en las cercanías de Buenos Aires y el pavimento estaba resbaladizo. Bounanotte no logró mantener el control del vehículo y se estrelló con un árbol a un costado de la ruta. Sus tres amigos murieron. El petiso fue el único sobreviviente de la tragedia. Entonces tenía sólo 21 años.

Su recuperación demoró meses. Luego del arduo proceso, en el que se temió por su vida, el formado en River logró volver a las canchas pero su carrera nunca fue la misma.

Siguió en River Plate durante dos años hasta que fue traspasado al Málaga español, con la esperanza de retomar su nivel en tierras españolas. Sin embargo, no lo logró. Su irregular juego provocó su traspaso al Granada -equipo de la baja tabla de La Liga- donde sólo convirtió un gol y una asistencia en más de 30 partidos jugados.

Europa no era lo suyo.

En la opinión pública argentina estaba clara una cosa: el accidente había afectado profundamente a Diego Bounanotte, tanto que había influido en su nivel futbolístico. El chico regateador no era el mismo y no se había recuperado de la tragedia.

Después de salir de España, pasó sin pena ni gloria por el Pachuca mexicano, para luego recalar en el Quilmes de Argentina.

Las cifras son claras: desde 2010, tras su accidente, Diego Bounanotte convirtió sólo 12 goles hasta 2015, pasando por cinco equipos. Eso, hasta el comienzo de su recuperación en el AEK Athenas.

El fin del Vía Crucis

En Grecia, la ex promesa del fútbol argentino logró recuperar algo de su juego. Con el Athenas convirtió 11 goles durante la temporada 2015 a meses de llegar a la Universidad Católica. “En busca de la felicidad”, como alguna vez dijo.

Dirigidos por Mario Salas, los de la UC venían de una gran temporada ganando la Copa Chile y el torneo nacional, por lo que su fichaje era una gran oportunidad para volver al éxito.

Y así fue: Buonanotte tuvo una gran temporada comandando a su equipo hacia el bicampeonato, ganado este jueves.

A pesar de los insensibles dichos de Esteban Pavez de Colo Colo –que en medio de un partido le dijo: “mataste a tus amigos”-, el 10 de la UC logró sortear los obstáculos y volvió, después de 10 años de sinsabores, a levantar una copa.

Y no de cualquier manera. El argentino fue una de las estrellas de su equipo, junto al intratable goleador Nicolás Castillo. El ahora ídolo de la UC metió ocho goles en el torneo nacional -incluido un tanto inolvidable a la U en el clásico universitario- y se ganó el corazón de los hinchas de la UC. “Me quiero quedar toda la vida en la Católica”, dijo hace algunas semanas.

Notablemente emocionado al celebrar el bicampeonato sobre el césped tras el triunfo 2-0 ante Temuco en el German Becker: “caí en el mejor lugar que podía caer”.

Para Buonanotte, sin duda, su recalada en la Universidad Católica, no es sólo la llegada a un buen equipo de fútbol; es la segunda oportunidad de vida que le estaba faltando. Volviendo las copas, quizá vuelva la alegría.