Es una realidad el cambio en los flujos migratorios a nivel mundial. Y en el caso latinoamericano, los países menos afectados por las crisis internacionales y con mayor calidad de vida, son los que han visto un aumento en su población migrante. Si bien esto último es una cosa evidente, lo necesario al respecto es revisar con cautela y en profundidad los índices para no caer en una paranoia sin sustentos, alimentada por los populistas que quieren hacer de este escenario un problema que les deje ganancia, y en especial de cara a las elecciones del 2017.

Ya que es ante este escenario migratorio es que hemos visto durante estos días a la derecha mundial más recalcitrante enarbolando banderas con olor a nacionalismo, gladiolo, populismo y naftalina.

Primero Le Pen en Francia, luego Donald Trump en Estados Unidos, y cómo no: después tenían que venir los candidatos de RN y la UDI.

Chile Vamos ha iniciado una interpelación mediática al gobierno, exigiendo una modernización de la Ley de Migración, olvidando que el proyecto que presentaron durante el gobierno de Piñera no solo duerme en el congreso profundamente, sino que también fue criticado duramente en su momento, ya que se orientaba en todo momento a ver al inmigrante como un simple número, o sencillamente, como una mano de obra barata más. Si bien este oportunismo resulta preocupante, más alarmante resulta la desinformación y la cultura de xenofobia camuflada que logran instalar en cierto sector de la población chilena.

Pero en algo Chile Vamos no se equivoca: La institucionalidad en la materia está añeja y no da para más. Una Ley de Inmigración que data del año 1975 (en plena dictadura y Guerra Fría), en la que al inmigrante se le ve como un potencial y “peligroso” desestabilizador, y en donde las razones humanitarias no son argumento suficiente para recibir al extranjero pobre y sin recursos que solo quiere surgir con su esfuerzo y habilidades. Su reforma, por lo tanto, se hace una prioridad por razones éticas y de bienestar.

Con todo esto, también resulta necesario avanzar en una cultura inclusiva y de integración, ya que ver al inmigrante como un problema es erróneo. Iniciar políticas represivas y discriminatorias, solo por populismo legislativo, y en especial cuando el “problema” de inmigrantes solo se enfoca en comunidades específicas, es ya prácticamente estar rayando en la xenofobia. Un rayón completo a los Derechos Humanos y a la dignidad que merece el inmigrante. Emigrar es un derecho y una tropa de populistas xenófobos, no podrán contra él.

Y hemos visto estos meses como esa xenofobia se maquilla bajo un discurso que inician con una gran bienvenida a quienes “vienen a aportar” y termina en un “no podemos dejar entrar delincuentes”, algo así como “no quiero quedar mal con los inmigrantes que votan, pero tampoco quiero parecer poco nacionalista”. Esto sin duda es repudiable, y aun así sin embargo, hemos visto como este discurso – a pesar de ser en esencia mentiroso y nefasto – ha comenzado a calar profundo en la sociedad.

Un discurso basado en mitos y en falacias, como también en un oportunismo vil y mezquino.Ya que referirse al inmigrante como un delincuente, es injusto e inmerecido. Porque según cifras de la Mesa Interinstitucional de Acceso a la Justicia de Migrantes y Extranjeros, en el 2015 solo el 1,1% de los inmigrantes ha sido denunciado y/o detenido. Un porcentaje ínfimo. Sumado también al hecho de que la mayoría de ellos están en el sistema judicial en condición de víctimas (54%).

Y sin olvidar también que lo dicho por Ossandón y Piñera demuestra mucha desinformación en el actual tratamiento judicial del inmigrante. Ya que para ciertos delitos (graves), la actual legislación ya contempla la deportación del culpable como castigo. Además de que hoy a muchos inmigrantes ya se le piden antecedentes penales.

También es importante aclarar, que muchos de estos delitos (como también la pobreza) serían evitables con una política de inmigración inclusiva y acorde a los Derechos Humanos. Debido a que hoy falta ponerse en lugar del extranjero que viene buscando con urgencia una oportunidad para surgir y se pilla con solo obstáculos en su ingreso, no quedándole más opción que pasar a ser un indocumentado más. Un ser humano, que como todos tiene derechos, pero que, por su situación, se les son lamentablemente negados.

Y tristemente es ahí, en esa vulneración de la dignidad humana, que nace la miseria y en el peor de los casos, hasta los vicios, en esa población de inmigrantes sin papeles. Ya que, al estar indocumentados, no pueden acceder a beneficios sociales ni a trabajos regulares y legales. Quedándoles en materia laboral, básicamente dos opciones: ser explotados como esclavos o caer en lo ilícito.

Y dado que el inmigrante que viene, en su gran mayoría son personas de nobles sentimientos y de esfuerzo, el robo y el hacer el daño al otro para su propio bienestar, es siempre su última opción, ya que por algo de toda la comunidad inmigrante, solo el 0,36% de ellos ha caído en ese horrible flagelo social que es la delincuencia (según consigna el Servicio Jesuita a Migrantes). Y esa cifra es lamentablemente – en muchos casos – porque cuando hay factores criminógenos, siempre habrán afectados.

Sin olvidar que también, que, por ese admirable espíritu de superación, el extranjero es capaz de someterse a la peor explotación y a trabajos que son constantemente e injustamente criminalizados por la autoridad (como los vendedores ambulantes). Muchos tienen un hogar y una familia que alimentar, y los sentimientos que aquello incumbe, motivan al ser humano a soportar los embates más duros y humillantes.

Levantar barreras, aumentar la discriminación, la represión y las restricciones contra el inmigrante, a lo largo de la historia internacional solo ha conllevado a aumentar de manera considerable y preocupante la cantidad de inmigrantes indocumentados.

¿Queremos a inmigrantes que tengan oportunidades, que vivan bien y aporten al país, o llenarnos de inmigrantes que lleguen clandestinamente (y sin recibir ningún beneficio) buscando entre tanta adversidad algo de dignidad en su vivir? Esa es la verdadera disyuntiva en este tema.

Y con una legislación que dé dignidad y oportunidades al inmigrante, él no solo no tendría que someterse a trabajos que atenten contra su honor y su honra. Sino que además podría aportar al país con su esfuerzo, conocimientos y habilidades. Emprendiendo (un 3,2% de ellos lo hace) y/o haciendo crecer empresas (o lo público, en su defecto).

Hoy los inmigrantes ya pagan diferentes impuestos. Desde el IVA que todos y cada uno pagamos al momento de cada compra, a también diversas imposiciones por servicios básicos que ellos como todo ser humano tienen que costear. Ellos no vinieron a vivir la vida fácil a costa nuestra, sino que vinieron con ánimos de surgir. Ese mismo sentimiento que originó e hizo grande a muchos países.

Y unos podrán quejarse que llenan las postas y los consultorios, pero ellos ya están pagando por ello. Y si dicha paga no se ve reflejada en un mejor servicio, eso ya no es culpa del inmigrante, sino que de las autoridades que todavía no han sabido emplear su papel de manera correspondiente a las necesidades de la ciudadanía.

Tampoco hay que obviar, que un país en que la tasa de fecundidad es de un 1,82% y va en progresiva disminución (provocando esto que la población en edad activa caiga), los hechos nos dicen que demográfica y económicamente, requerimos de los inmigrantes.

Hoy necesitamos trabajar como país la inclusión y la integración. Necesitamos implementar una educación multicultural, ya que nutrirnos de otras vidas y culturas no nos hace menos chilenos (de hecho, el gran José Martí decía: “Patria es humanidad”). El Estado debe rearmar su institucionalidad en la materia y anteponerse  a una situación  crítica creando una Subsecretaría de Migración que implemente políticas de: regularización; integración; acompañamiento; ayudas a acceder a los sistemas de salud y de educación; enseñarles sobre sus derechos y sus deberes; ayudar a los inmigrantes a derribar barreras de idioma; fiscalizar para evitar casos de explotación laboral; y en definitiva, acabar con toda esa lógica  anacrónica de la doctrina de Seguridad Nacional, bajo la cual fue concebida en plena dictadura esta actual y lamentable legislación sobre (y contra) los inmigrantes.

Por ello, no caigamos en el discurso discriminador y facilista. Siempre va a ser más fácil cerrar fronteras, criminalizar y expulsar. Pero eso al final, solo es vulnerar derechos y conseguirse más problemas.

Dando dignidad y oportunidades, podemos cambiar vidas y crecer junto con ellas.

Chile debe orientarse a enfrentar el siglo XXI, dejando atrás el pensamiento y la legislación del siglo XX. De una vez por todas debemos dejar las políticas públicas reaccionarias y anteponernos a cualquier crisis migratoria. Pero por, sobre todo, esta es una oportunidad para que podamos ser el ejemplo positivo de la región en lo que es respetar y valorar la dignidad y las nobles ganas de surgir del inmigrante.

Y al final pareciera, que lamentablemente, el mayor problema actual – y tal como lo mencionase el fiscal Gajardo – es que Chile está lleno de chilenos. Y no es un ataque a la nación y a sus habitantes, sino que a una cultura hegemónica que no nos deja mirar más allá de nuestro ombligo y prejuicios, negando y cerrándole así la puerta a nuevas oportunidades y alegrías.

 


Ex vicepresidente de la Universidad del Mar y ex presidente de Derecho en la Universidad Viña del Mar.