Cuando Karen Espíndola se enteró que algo en su embarazo iba mal, no descansó hasta descubrirlo. Tenía 11 semanas de embarazo cuando, en un examen de rutina, le dijeron que fue imposible medir la cabeza del que sería su hijo. Eso encendió todas sus alarmas. El diagnóstico lo vendría a corroborar otro médico más tarde: se trataba de holoprosencefalia, una malformación severa y letal. Si su hijo no moría durante el transcurso del embarazo o el parto, lo haría poco tiempo después, causando un mayor sufrimiento, dolor y agonía para él y quienes le rodeaban. Espíndola estaba al tanto de esto, e inició una cruzada histórica para exigirle al Estado que aprobara el aborto en casos de inviabilidad fetal.

Junto con la condena de sectores políticos conservadores, Karen vivió sola un proceso profundamente humillante, violento y desesperanzador. La prometida ayuda del Estado y el acompañamiento jamás llegaron, los ofrecimientos de sectores pro-vida se reducían a atacarla públicamente o llamarla por teléfono increpándola de asesina por sus dichos. Las deudas, las licencias médicas rechazadas por el Compin y los costosos exámenes y tratamientos, fueron acumulándose sin parar. Osvaldo alcanzó a vivir dos años, en los cuales su madre luchó constantemente contra la depresión y la sensación de un país que se decía el más avanzado de Latinoamérica, pero donde sus mujeres parían en baños públicos y donde conseguir anestesia para su parto se hizo imposible. Obligada a compartir en la misma sala con madres felices y sus hijos sanos, con especialistas que la tildaron de alharaca y exigente, Espíndola vivió en carne propia las falencias de un sistema de salud que todos tratan de ocultar bajo la alfombra.

Todo ese proceso de sufrimiento, entrega y la lucha que realizó contra el Gobierno en momentos donde su vida cambió para siempre están reunidos en “Mi Testimonio, Aborto, Estado e Hipocresía en Chile”, libro que será presentado este lunes 12 de diciembre, a las 19:30 horas, en el Museo de la Memoria.

“…Pasaron las semanas y los meses. Mientras avanzaba el embarazo, la desesperación crecía descontroladamente (¡como si no tuviera un tope o límite máximo!). Fue entonces, al final del embarazo, que intenté aprovechar la cobertura mediática que mi testimonio había generado en los medios, para exigir ayuda del Estado que, hasta esta fecha, brillaba por su ausencia. ¿Cómo podía un Estado abandonar de tal forma a las mujeres (sus mujeres) que deben enfrentar una tragedia de tamaña magnitud? ¿Es que acaso el individualismo en el que vivimos ha llegado al extremo de implicar indiferencia total por el dolor ajeno? ¿Es que acaso el Estado solo debe decidir por ti sobre la penalización del aborto a todo evento y después,“si te he visto, no me acuerdo”?

En este contexto de indiferencia estatal –que acrecentaba mis sentimientos de ira e indignación– tomé contacto con funcionarios del Ministerio de Salud, pues mis controles médicos los estaba realizando en el Hospital Clínico de la Universidad de Chile (más conocido como J.J.Aguirre) que es –aunque muchos no lo sepan– una institución privada. Como yo estaba afiliada al sistema público de salud (esto es, al Fondo Nacional de Salud o FONASA) no podría costear allí los gastos de un parto y la eventual utilización de sus servicios de neonatología. Si mi embarazo no hubiera presentado ninguna anomalía, quizás podría haber asumido los costos, pero como no se sabía qué pasaría exactamente (los médicos me decían que mi hijo podía morir en el parto, aunque lo más probable es que viviera algún tiempo por lo avanzado que había llegado el embarazo), era imposible saber cuántos días de neonatología se requerirían.Y, en ese escenario, este hospital escapaba a las capacidades económicas de una familia de bajos recursos como la mía.

Sabiendo esto, me atormentaba tener que ir a hospitales públicos en los cuales es vox populi que la atención es de pésima calidad y, muchas veces, poco digna. Tenía miedo de tener a mi hijo en alguno de ellos pues no sabía si contaban con la infraestructura y capaci- dad humana para atender un parto de alto riesgo e impacto. Por esta razón, mi primera petición a la autoridad de salud fue evaluar llevar a cabo el parto en el Hospital Clínico de la Universidad de Chile –donde me había atendido durante todo mi embarazo– con costas al Estado o, al menos, con alguna ayuda de éste. La respuesta: un contundente no.

No obstante, desde el Ministerio de Salud me hicieron un ofrecimiento: me prometieron un parto personalizado, en donde nunca estaría sola y tendría el apoyo de psicólogos y psiquiatras en caso de ser necesario.
La realidad sería muy distinta.

***

Pienso que gran parte de estas personas que se autodenominan “pro-vida” no son conscientes del daño que provocan. Gritan y ofenden desde su cómoda cotidianeidad, donde los niños comen, se ríen, corren y conversan, y cuando llegan a sus casas ríen y duermen plácidamente, porque están convencidas de que hicieron lo que “Cristo haría en su lugar”. Algunas de estas personas muestran tímidamente un interés por ayudar, pero sin involucrarse en la ex- periencia para conocerla en su real magnitud.

A mujeres como yo se nos trata, sin más, de asesinas por querer evitar todo este sufrimiento absurdo. Me han dicho en la cara que quise matar a mi hijo, con frases cargadas de moralina vacía, pues no logran entender que nadie más en este mundo ha amado tanto a Osvaldito como yo; que hubiera dado mi vida por él si hubiese podido; que lo que en definitiva no quería era que viviéramos inmersos en un dolor sin sentido, pero me obligaron a hacerlo. ¿Y aún así me dicen asesina? ¿Y quiénes nos tratan de esa manera? Un grupo de personas que nunca han hecho una cola en un consultorio, que reducen infantilmente el concepto “vida” a un asunto meramente biológico, sin ver más allá de lo evidente; que se niegan a leer con el corazón testimonios como el mío, porque le temen a la realidad.

A todas ellas les digo con fuerza nuevamente: ¡nadie en este mundo ha querido más a mi hijo que yo! ¡He sido y soy la que dejé de vivir por él, y hubiera dado mi vida por su bienestar si hubiese existido esa posibilidad! Yo no quise que viviera de ese modo, pero me obligaron a sufrir esta traumática experiencia.

Por algún motivo –de índole religiosa, no me cabe duda– quieren ese sufrimiento, pero son tan hipócritas que lo quieren lejos de sus puertas y de sus calles.

 *Karen Espíndola, fragmento de “Mi Testimonio, Aborto, Estado e Hipocresía en Chile”

-Escribir siempre es un proceso duro ¿cómo te enfrentaste personalmente a la escritura de este libro?
-Este libro es el resultado de 5 años de trabajo. Fue tremendamente doloroso revivir todo. Por esa razón, cada cierto tiempo dejaba de escribir, pues emocionalmente no me sentía capaz de seguir. Sin embargo, saber que mi realidad seguía siendo la misma realidad de muchas niñas y mujeres de mi país, que deben sobrellevar a la fuerza embarazos tan trágicos, me ha dado la energía para seguir luchando. Por eso, publicar este libro no significa ningún triunfo para mí, sino que es sólo un intento más por lograr cambiar una realidad que nos merecemos.

-¿Cómo fue tu experiencia en el sistema de salud chileno, durante el embarazo y luego de nacido Osvaldo?
-Nuestro sistema de salud es bastante denigrante. Muy lejos de estándares razonables en términos de dignidad. Debes siempre estar pidiendo “por favor”, para tener una hora médica con algún especialista, para agendar una operación, o simplemente para recibir una atención medianamente digna. La salud es un derecho básico y por ende no debiera mendigarse nunca; pero en Chile la realidad es otra, la salud funciona al ritmo del mercado, su calidad depende del tamaño de la billetera (misma lógica que la educación y el sistema de AFP; todas, herencias de la dictadura), es impresentable e indignante.

-El Estado brilla por su ausencia.
-En particular, respecto a mi experiencia, creo que el abandono de parte del Estado a las mujeres que nos vemos enfrentadas embarazos inviables, es total. Personalmente, durante el parto recibí un trato degradante e indigno: me trataron literalmente de “alharaca” y ni siquiera me pusieron anestesia. Luego del nacimiento de mi hijo, sufrí la indiferencia de un Estado que luego de obligarme a continuar con un embarazo que se sabía inviable, me dio la espalda. Solo dos ejemplos: la Compin me rechazó sistemáticamente mis justificadas licencias médicas; y la pensión de gracia por la que luché con todas mis fuerzas, se aprobó 5 días antes del fallecimiento de mi Osvaldito.

-¿Cómo esperas que reaccione el cuerpo médico de aprobarse el proyecto?
-Antes de responder, creo necesario decir que debe existir la objeción de conciencia para los médicos, pero sin que aquello pueda implicar -bajo ninguna circunstancia- que una mujer pierda su derecho a decidir. Ahora bien, en cuanto al diagnóstico prenatal, tengo mis dudas respecto del proceder ético de algunos médicos, pues mi experiencia me indica que aquellos doctores ligados al cristianismo y/o a corrientes políticas conservadoras, no logran separar adecuadamente sus conocimientos científicos, de su fe, y por tanto quizá intenten interferir en la decisión de la mujer. La verdad, es que yo les recomendaría a las mujeres no realizarse los exámenes prenatales en clínicas ligadas a la iglesia, salvo que tengan la firme convicción de que no abortarían si su embarazo fuera diagnosticado como inviable.

-¿Supones que habrá una polarización en nuestro país debido a estas diferencias moralistas o religiosas?
-Mi experiencia me dice que sí. Como dije anteriormente, existen médicos que no saben separar sus convicciones religiosas del ejercicio de su profesión. En muchos abogados y políticos — fundamentalmente de derecha y de sectores de la DC– también veo lo mismo. ¡Y qué decir de las iglesias (católica y evangélica), que llaman públicamente a sus fieles a exigir del poder político, legislaciones fundadas en su fe! En suma, como no hay una verdadera cultura democrática al no entender que nuestro Estado es Laico, el debate se polariza y desvirtúa, pues se comienza a encasillar a las personas en “partidarias” o “detractoras” del aborto (o algo más absurdo aún: entre “pro-vidas” y “pro-muertes”), cuando en realidad la discusión pública no es acerca de la moralidad del aborto (si es correcto o no, abortar en determinadas circunstancias), sino que el verdadero debate es acerca del rol que le cabe al Estado (imponer o no una determinada conducta a sus niñas y mujeres).

-¿Qué tipo de orientación podemos entregarle a mujeres que están pasando por lo mismo que viviste tú? ¿En qué clase de consejos no podemos caer?
-¿Qué consejo le puedo dar a las mujeres de mi país que se ven enfrentadas a un embarazo tan trágico, si no pueden decidir nada de nada (principalmente a las que no tienen recursos)? ¿Qué consejo le puedo dar a las mujeres, si el Estado las invisibiliza, las sataniza, las estigmatiza y las enjuicia, sin mostrar empatía alguna por el dolor que están viviendo? ¿Qué consejo, si su propio país no las reconoce como sujetos de derechos? Es difícil aconsejar en un escenario así. ¿Qué les podría decir? Simplemente, creo que les diría que reflexionen y, en función de sus creencias, se formen una convicción personal (lo que ellas harían si tuvieran la opción) y una convicción democrática (lo que creen que debiera hacer o no hacer, el Estado). Y qué actúen en consecuencia. Yo al menos tengo la firme convicción que, dejando a un lado las creencias religiosas, la única opción democrática es permitir -no imponer- embarazos como el que yo viví.

-¿Cómo podemos enfrentar como mujeres el atropello a nuestros derechos?
-La única forma que he aprendido estos años, es luchando. No debiera ser necesario exponer nuestras vidas privadas para que las cosas cambien en este país. Pero parece que es la única forma de concientizar a la ciudadanía e invitar a nuestros representantes a hacer un ejercicio de empatía con nuestras mujeres.

-¿Cuál fue tu red de apoyo, qué instituciones y personas fueron pilares en tu proceso y posterior duelo?
-Principalmente mi red de apoyo fue mi marido y mi madre. De parte del Estado no existen redes de apoyo de ningún tipo. El abandono es total. También debo decir que las organizaciones de mujeres que apoyan mi demanda, nunca me abandonaron. Siempre estuvieron preocupadas por la atenciones de salud de mi hijo y de mí. Aprovecho esta instancia para agradecerles profundamente su ayuda, pues reconozco en todas esas valientes mujeres, su genuina convicción ética respecto de la dignidad humana.

-¿Cómo evalúas la propuesta de acompañamiento que proponen sectores políticos conservadores?
-Desde un comienzo he planteado que un programa de acompañamiento debe ser complementario a la despenalización del aborto por 3 causales. Debe ser, además, un acompañamiento neutro, es decir, libre de cualquier tipo de sesgo religioso, Y que garantice un ambiente de libertad para adoptar una decisión, cualquiera esta sea. Por tanto, decir que un programa de acompañamiento es una propuesta alternativa (no complementaria) al derecho a decidir -lo ha manifestado, por ejemplo, la ex senadora Soledad Alvear- es no entender nada de nada. El problema en este tipo de argumentos, es que esconden un paternalismo impresentable en una democracia: Ese paternalismo que cree que es hay que obligar a una mujer a continuar con su embarazo, porque se asume -y se impone- la creencia de que esa opción es mejor (o menos dolorosa) que abortar.

-¿Cuál fue tu experiencia con sectores pro-vida durante el transcurso de tu embarazo y el nacimiento de Osvaldo?
-Mi experiencia me indica que los grupos conformados por personas autodenominadas “pro-vida” son francamente de una hipocresía tremenda. Me contactaron en algún momento, pero nunca tuvieron un real interés en ayudarme, habiendo tantas formas de hacerlo. Estas personas lo que buscan en el fondo, es que las mujeres se arrepientan, y sigan el camino de Dios, para que luego den sus testimonios en contra del aborto. Eso sería todo. Por esa razón, como mis profundas convicciones nunca cambiaron, respondieron con hostigamiento y violencia. Por ejemplo, una persona de la Fundación Chile Unido me llamó por teléfono para decirme que dejara de hablar en los medios, porque yo inducía a las personas a abortar. Me dijo además: “¿por qué no vas a dejar a tu hijo al Pequeño Cotolengo?”, insinuando que yo no amaba a mi hijo. Esto, durante una etapa en la que yo estaba psicológicamente muy mal, pues la impotencia de no poder hacer nada para ayudar a mi Osvaldito me superaba. Estos grupos están adoctrinados de pequeños. Les enseñan a ser intolerantes. Nos miran simplemente como objetos o medios para algo.

-En tu libro aparecen mencionadas 10 falacias en torno al debate del aborto ¿cuales a tu juicio son las más peligrosas a la hora de debatir sobre la legislación del aborto en tres causales?
-Absolutamente todas son peligrosas, pero las que más he escuchado son tres. La primera es “o eres pro-vida o eres una abortista y asesina”. Personalmente creo que este tipo de argumentos (si es que se puede llamar así) es demasiado burdo e infantil para tomárselo en serio. Y es que, en el fondo, estas frases hechas no entregan razones, sino que se limitan a atacar, descalificar al adversario y clausurar el necesario debate. En suma, un contrario al aborto razonable (no fundamentalista) entiende perfectamente que quienes apoyamos esta causa, no estamos “a favor del aborto”, sino que estamos a favor del derecho a decidir, es decir, en contra de que sea el Estado quién decida por nosotras. Un mundo de diferencia.

-Claro.
-La segunda es “abrir la opción a abortar en 3 causales, es un camino sin retorno en busca de la legalización del aborto a todo evento”. Esto es simplemente campaña del terror, que en vez de enfocarse en el debate que sugieren las 3 causales, atribuye “oscuras intenciones” en quienes legítimamente estamos fundadamente a favor del proyecto actualmente en discusión. Esta clase de argumentos es un insulto para las mujeres que han vivido y sufrido un embarazo que pone en riesgo su salud, es inviable o es producto de una violación. Por lo tanto, por respeto a todas quienes hemos debido soportar estos embarazos, es que llamo a los senadores a centrarse en el proyecto y argumentar en función de las tres claras situaciones que propone el proyecto de ley.

-¿Y la tercera?
-Otra falacia bastante repetida es aquella ligada a la inviabilidad fetal, que señala que “el objetivo de esta causal es eugenésico y que por tanto, niega los derechos de las personas con discapacidad”Esta clase de declaraciones son simplemente un intento por engañar a la ciudadanía, pues en el concepto de inviabilidad fetal no está contenido cualquier tipo de malformación y/o discapacidad, sino sólo aquellas que son incompatibles con la vida extrauterina. Por cierto, no estamos hablando –como han dicho algunos políticos– de personas con síndrome de Down, ni mucho menos de la multiplicidad de enfermedades y/o malformaciones que tienen los niños que asisten a la Teletón.

-Desmentir estos mitos pueden ayudar a elevar el debate de la discusión.
-Si pudiéramos dejar de lado estas mentiras, que enturbian, devirtúan y desvían el debate, podríamos aspirar a una discusión seria y con altura de miras. Es de esperar que los senadores afronten el debate planteado con honestidad y sin hipocresías.