Dos sentidos principales tiene el Frente Amplio. Uno destituye, el otro erige. Uno es inmediato, urgente en verdad, el otro interroga su capacidad de proyectarse en lo estructural. Uno es la derrota de la persistencia bipolar de la política, el otro es la construcción de nuevas formas y nuevos principios para practicarla. Uno es la capacidad de construir una coalición de efectividad electoral en 2017, el otro es avanzar sobre la edificación de un nuevo reparto donde será crítico hacer presentes a quienes han estado excluidos. Uno remite a la capacidad política de lo ya construido, lo otro remite a torcer las formas en que la política (de arriba, de los pocos) ha dispuesto la despolitización (de abajo, de los muchos).

Así pensada, esta construcción en dos momentos se extiende más allá de los límites de nuestra mirada actual y busca una proyección refundacional, aunque es obligatorio registrar que circulan ya visiones diferentes sobre lo mismo, que en un caso subrayan calendario en mano la necesidad de negociaciones urgentes y nos vuelven carne de una tecnopolítica de menor cuantía, y en otro nos conminan vehementes al trampantojo de una izquierda unitaria que nos convierte el espacio en cosa de “política de alianzas” (esa especie de diplomacia de vieja izquierda).

Siendo ambas –la eficacia y la amplitud– por cierto necesarias, tanto el Frente Amplio, como de un modo más amplio, la construcción que pretende erigirse sobre las ruinas de la política posdictatorial, requieren ser pensadas y construidas como el territorio de una disputa por la hegemonía. Se trata más de construir un campo fuerzas que de la manoseada cuestión de la unidad de la izquierda. Y es fundamental distinguir entre ambas cosas, porque la superación del sectarismo no estriba en un aliancismo conformista, y sobre todo porque la construcción de una coalición políticamente capaz requiere superar con creces la reunión de las organizaciones existentes.

Requerimos la construcción de un nuevo espacio coalicional, por cierto unitario, donde un conjunto de fuerzas avance en una radical superación de la actual condición de las organizaciones de izquierda, que pese a todos sus esfuerzos, a sus liderazgos y sus organizaciones, reconocibles, destacadísimas, no logran aun superar una crisis de proporciones históricas que extiende sus ramificaciones al siglo XXI. Requerimos por tanto construir una izquierda plural y articulada de vocación auténticamente refundacional. Requerimos avanzar hacia los términos en que puede reunirse un conjunto de identidades e historias diferentes en una suma vectorial que será sin dudas compleja, precisamente porque mientras más amplia sea más exitosa será en la tarea de desestructurar la actual persistencia binominal de la política. (Requerimos dejar atrás, pronto, esos inocentes llamados a la unidad tantas veces sostenidos sobre la distraída ignorancia de los hechos que la dificultan, sectarismos incesantes, inconfesas competencias entre semejantes). Requerimos construir una nueva izquierda, que en su propia revitalización como nuevo eje hegemónico se proponga articular en torno a sí a un conjunto de fuerzas dispares con las que dar forma al Frente Amplio: aquellos que se constituyen a partir de su salida de la Nueva Mayoría y los regionalistas que comparten con ellos un horizonte socialdemócrata, los social cristianos, organizaciones emergentes que reclaman la posibilidad de un perfil socialdemócrata de izquierda, los nuevos liberales, los ecologistas y otros.

Pensado como campo, el Frente Amplio remite entonces a un álgebra de conjuntos que contiene en su universo a diferentes agrupaciones de organizaciones e ideologías suficientemente diferenciadas entre sí, donde el centro de gravedad que debe proponerse alcanzar una izquierda auténticamente nueva se construye a partir de una nueva práctica política. Ese es el criterio de orientación, el indicador de avance. La unidad de las prácticas inútiles no sirve, empantana. Por eso el problema consiste más en la articulación de prácticas refundacionales que en la estática unidad de lo dado.

Eso es lo que hizo la diferencia en Valparaíso –para volver a ese ejemplo a estas alturas mitológico– donde la izquierda no tuvo en verdad un papel desequilibrante. Fue una unidad de muchos, sí, pero una unidad desacostumbrada, novedosa, entre perfiles políticos, militancias de densidad diversa, generaciones varias y fragmentos de segmentos sociales organizados. Más allá de su imagen edulcorada, el Movimiento Valparaíso Ciudadano está cimentado sobre una acción política que defendió la necesidad de la política territorial; que enfrentó en su interior visiones de una intervención social cargada políticamente con otras que lo negaban; una acción que no esperó garantías para ponerse en marcha, y que no titubeó a la hora de encaminarse a los espacios institucionales allí donde tantos sectores los miraban con desconfianza. En más de un sentido puede decirse que triunfó la decisión a asumir riesgos.

Cuestión cardinal, además, en relación a la necesidad de llevar adelante la construcción de una nueva geografía política, puesto que a pesar de todo, la crisis no le pertenece a los nuevos. Que el duopolio, tal cual lo conocimos en la época de oro del régimen binominal, hace agua, no es noticia que porten ya solo las voces críticas. Lo saben también, y quizás lo saben mejor, los sectores del poder. La pregunta que se abre, entonces, es quién configura los nuevos escenarios políticos, si es una prolongación remozada de la política de la transición o es un cambio efectivo en la distribución de la acción política. El primer caso hará llegar a los emergentes generosas invitaciones desde los altos personeros de la transición; el segundo, en cambio, debería dibujarse como una capacidad política combinada, de eficacia de lo inmediato con un carácter refundacional efectivo.

Si no nos ponemos realmente ante la necesidad de una transformación profunda del actual orden de lo político desde un conjunto organizado y unitario de nuevas prácticas, si la unidad se concibe de forma plana y acrítica, si las convergencias se limitan al campo de lo inmediato, de lo puramente electoral, del próximo año, la orientación de los cambios que de cualquier manera vendrán, y su sentido histórico, habrán perdido buena parte de su capacidad refundacional y la construcción de nuevas fuerzas habrá ido poco más allá de constituirse en espacios de acceso al poder político de las nuevas generaciones de clase media alta.


Antropólogo. Director de Publicaciones editorial El Desconcierto