El miedo es tu Verdugo, mother fucker, no mi enfermedad.

Es 2016 y aún tenemos que explicarlo todo, con manzanas o con declaraciones abiertas. Mi lucha va mas allá de querer ver mi igualdad de derechos instaurada y de exigir respeto a mi visibilidad.

Mi lucha es por probar que soy humana, que el cimiento de tus miedos es pantanoso y triste. Lucho por la revelación abierta, sin riesgos a ser apaleada con el subterfugio de tu ignorancia cuando me dejas tirada por no poder conformar a los patrones estrechos de tu normalidad.

Aunque me viste y me viste bien: la mujer de curvas sinuosas e incitantes, el perfecto ejemplo de objeto sexual, aunque soy yo quien decide el atletismo de mi sexo.

No asusto, los hombres y las mujeres que prefieren desamarrar las bastas de mi cuerpo ataviado no gritan temerosos, sino gimen por gozar.

Soy visiblemente adecuada para cualquier paladar, suficientemente atrevida para desbordar la precaución de tus zonas delicadas y morderte, entregado, hasta marcar de dientes y saliva tus rincones planos y los que se esconden, pudorosos, entre tu pubis y tus matorrales de atrás.

Soy casi mágica entre las sábanas, tempestuosa, irreverente, mijita rica quiero más. Y más te doy: al ponerme una polera vieja después de verte regándome el culo y las piernas te cuento: vivo con Trastorno de Identidad Disociativo.

Sí, mi personalidad se ha fragmento hace algunos años porque tuvo que construir un puente entre quedarme en la tierra para explicarte esto y el abismo de un acantilado en tierras de gente muy blanca, solo con ápices de pasión entre sus manos, para permitirme seguir caminando las calles de tantos cuadernos amarillentos que tengo guardados, para poder continuar bosquejando con los lápices de mis dedos y la tinta de tantos cuentos que aun no me atrevía a contar…hasta que pediste más.

De pronto la fémina sedienta de tu savia, la femme fatale que atrapaste boca abajo con tus muslos, te hace abrir los ojos como la alarma chillona de seis y media de la mañana y cierras la boca como si fuese a meterse, está loca y su historia, en tu cuerpo para agarrar el ápice de pudor que te queda.

Quieres arrancar.

Se te olvida pensar que soy la misma que follaste cinco minutos antes de la verdad.

No te voy a matar.

Vivo con un trastorno mental que me hace olvidar, o no reconocer, los otros nombres que viven dentro de mi cuerpo de exploradora de tierras fértiles y veranos en Santiago adonde he escapado,  desde el otro lado del mundo, a descansar.

Pero el miedo te encoge las ganas y te escurres de mi cama a tu ropa tirada en el suelo y te vas.

A este mother fucker no se le quedó prendido el horno, se le apago el cerebro.

Pero habías visto películas donde éramos siniestros y me doy cuenta que le crees a la caja idiota, más que a tu experiencia de mí.

Soy yo quien debe temerte porque la oz de tu ignorancia ha decapitado de ganas a tantos otros, que vivieron como los míos, pero no tenían puentes.

No, mi hambre de hombre no es caníbal, quise decirte cuando vi que te tapabas el pene a dos manos, como si declarar que estoy “loca” viniese con un picahielos.


Escritora, activista y actriz.