Construir una fuerza antagónica al duopolio que administra el neoliberalismo impuesto a sangre y fuego y continuado con soberana fruición por parte de la Concertación/Nueva Mayoría parece ser la tarea de la izquierda. Durante los decenios que han corrido desde que se inauguró la pos dictadura o transición democrática, esta idea ha estado en todos los que se anuncian como de izquierda.

Mientras duró el reinado extra parlamentario del PC, no se avanzó un milímetro hacia la conformación de una expresión anti sistémica. El pueblo se desmovilizó y los partidos de la Concertación fueron un freno. Y sus sucesivos gobiernos aplicaron a la gente tanto garrote como zanahoria, con una sostenida inclinación por lo primero.

Cuando el PC emigró hacia los mejores pastos que ofreció el poder, terminando con la endogamia concertacionista para dar paso a la briosa Nueva Mayoría, el campo de la izquierda quedó huérfano de quien administraba los rezagos de la derrota reciente. Y los de las más lejanas.

Y ese hecho dio paso a que numerosas tribus de gente de izquierda pudieran ahora recorrer esos campos desiertos en busca de una huella. El espacio de la izquierda quedó disponible para el que pudiera.

El proceso que se inicia al amparo majestuoso de las movilizaciones estudiantiles, dio paso al protagonismo de actores sociales y a cuadros jóvenes empujados por sus orgánicas que hacían sus primeros pinitos en política en las universidades. Y en breve, esos dirigentes alcanzarían notable protagonismo por medio de un discurso rupturista, que decía aquello que se escuchaba en muy pocos lugares y que dejó al desfondado sistema político sin mucha opción de responder.

Un buen punto anotado por los muchachos de la Izquierda Autónoma fue elegir al irreverente y chascón diputado Boric. Y por ahí cerca, el diputado Giorgio Jackson, electo por la beneficencia de la Nueva Mayoría, emigraba hacia un derrotero de mejor pronóstico, transformándose en un nuevo líder de la izquierda.

Y hace poco, precisamente por la extraña vía de consultar a la gente, un grupo de organizaciones y dirigentes locales de Valparaíso, elegían al autonomista Sharp como alcalde, dejando a su paso los restos humeantes de la derecha y de la Nueva Mayoría.

De ahí a pensar en grande hubo bastante poco.

La aparición del Frente Amplio, según se lee, se define más o menos “…por la urgencia de dotar de espacios de representación del malestar larvado en la sociedad chilena actual y que puedan rearmar un puente entre lo político y lo social en pos de dar un cauce progresista a la actual crisis de la política”. La pregunta surge sola: ¿es que lo social necesita un puente a hacia lo político?

Esa buena voluntad corre el serio riesgo de parecerse a la vieja política que pensaba que a lo social, es decir, a las organizaciones que se dan los trabajadores, estudiantes, pobladores, artistas, etc., les está vedada la política y para acceder a ella deben optar a que los partidos la representen.

Esta idea de Frente Amplio no debe caer en el error de otras iniciativas similares: intentar una construcción política que se proponga la representación de la gente, pero por arriba.

La propuesta de un Frente Amplio concebido y diseñado por las buenas razones y voluntades de gente que intenta algo más que marchar, requiere de la presencia de dirigentes sociales de verdad que anclen la iniciativa en la gente común que siempre pone el mayor esfuerzo y que, de paso, inhiba cualquier tentación por suplantar la voluntad de esa gente. Un Frente Amplio no puede limitar con partidos políticos o sus equivalentes.

Millones esperan por una idea nueva, por una consigna, por una voz que le ofrezca un camino de lucha y victoria. Y es de suponer que esa gente no quiere que se reemplace su propia reflexión y sus decisiones. Nunca más hablar a nombre del pueblo sin que el pueblo se entere de tan manifiesta buena voluntad.

En otras palabras, el Frente Amplio debe ir mucho más allá de las siglas que hasta ahora lo componen, hasta los límites del dominio de las fuerzas sociales.

Lo que falta en esa configuración son los trabajadores, los artistas, los colectivos de pobladores, los mineros y pescadores; los profesores, los mapuche, el mundo organizado o no, que no reconoce militancia alguna; los numerosos colectivos de jóvenes que se mueven en sus barrios, la gente que defiende sus poblaciones, los valiosos artistas de izquierda, los intelectuales, en fin, un mundo de lo social que no tiene prensa ni coberturas.

Y quizás, ni ganas de militar en algo que no sea una causa grande y de todos.

En el mundo real hace rato que circula una izquierda silenciosa que ha apostado más a la construcción desde abajo que a esperar la buena voluntad y las buenas ideas de algunos que se erigen como lideres sin más mérito que intentar ganar el quien vive. Una prueba viviente y palpable lo constituye la reciente victoria de Jorge Sharp en la Municipalidad de Valparaíso, experiencia que no obedece exactamente a la idea de Frente Amplio que circula.

Una alternativa real a la cultura miserable del neoliberalismo deberá salir desde abajo, desde la gente que lucha cada día, la que a duras penas se organiza como puede y quiere; la que sale a las calles y que pone el lomo cuando arrecia la represión, que es casi siempre.

Y la que de tarde en tarde, pone los muertos.

Desde que algún poeta burlón instaló la idea de que la utopía sirve para caminar, a la izquierda se le olvidó llegar. Y desde entonces anda en un estéril derrotero radial que no le permite avanzar ni un solo metro. Más que esperanza, la izquierda ha propuesto espera.

Una reflexión atinada la dio el diputado Boric hace no mucho: la política tiene que estar inserta en las luchas sociales, sino, es burocracia. Y la burocracia cuaja cuando se comienza a creer que la inteligencia de algunas personas puede sustituir la de mucha gente.

Los instrumentos de liberación del pueblo van a salir necesariamente de sus luchas, se crearán al calor de peleas ascendentes, afirmadas ya no en cuestiones en los que el sistema maneja el calendario y todo lo demás, sino imponiendo su propios tiempos y modos. Y, por sobre todo, con una izquierda que entienda el tiempo en el que vive.

Si hay una garantía para los poderosos, sinvergüenzas y ladrones, es decir, para casi toda la casta, costra, de poderosos, es la inexistencia de una izquierda irreverente, guapa, peleadora, decidida, que no acepte bozales ni amaestradores.

La izquierda perdió la audacia, el sabor de la aventura.

Hace falta una izquierda que emerja desde los que pelean por cosas concretas, salud, educación, ambientes sanos, pensiones dignas, sueldos justos, instituciones que sirvan, derechos sociales y políticos y que, en un horizonte no muy lejano, se proponga cambiar el paradigma que hoy construye una mierda de país, castigador de sus gente y premiador del malvado.

Mal visto, desprestigiado, rémora burguesa para unos, debilidad socialdemócrata para otros, lo cierto es que el voto universal fue una conquista del pueblo que se logró mediante mucha pelea, persecución, represión y muertos. No fue una concesión graciosa del poderoso.

Hoy es el arma propicia para disputarles sus cotos a los sinvergüenzas.

Entonces, una iniciativa política que se proponga enfrentarse al sistema con reales opciones de triunfar, debe seducir a los millones que han sido postergados, abusados y despreciados.

Eso significa por sobre todo respetar esas voces. Y si se trata de trabarse con el sistema en el campo electoral, debe imponerse el elegir democráticamente, con la participación de todo el que quiera, a los candidatos a todo lo que venga.

Un Frente Amplio debe ser el impulsor de la participación popular, propiciando elegir a los mejores representantes de de la gente, nacidos desde abajo, desde la rabia de la gente común, levantando la determinación irrevocable de hacer de Chile un país decente. Todo en medio de las más tenaces luchas sociales.

O se construye y lucha desde abajo, o no se construye nada.