La Ministra de Educación señaló en un punto de prensa que la Universidad ARCIS no era sustentable y que por lo tanto había que instalar un Administrador de Cierre. Si bien a las pocas horas, la Jefa de la División de Educación Superior desmintió que hubiese una decisión tomada al respecto, los dichos de la Ministra Delpiano han clavado una estocada mortal al futuro de la universidad. Cabe preguntarse a qué obedeció el comentario de la ministra. Todo indica que sus dichos complotaron contra un diseño que al parecer fue negociado hace tiempo y que implicaba dejar agonizar a la universidad lentamente con el menor costo posible para sus responsables. ARCIS –según dicho diseño- debía desaparecer por “muerte natural”. Las declaraciones de la ministra han venido a acabar con esa especie de eutanasia que representaba la administración provisional. Sobre esa ley y su origen también hay mucho sobre lo que se puede especular.

En términos conceptuales, una universidad constituye un proyecto intelectual. Su horizonte, es la formación de personas en el marco de un diálogo racional, plural y reflexivo. La Universidad ARCIS desde su origen configuró su proyecto institucional en la tradición crítica del pensamiento contemporáneo, con clara sensibilidad por lo latinoamericano, transformándose de este modo en un referente académico y cultural, de rasgos marcadamente singulares en el escenario universitario que emergió en los años 80’.

ARCIS constituyó desde sus inicios un proyecto académico con vocación crítica, que se enfocaba en el análisis de las condiciones sociales e históricas de producción del saber, la vinculación entre estética y política, las búsquedas experimentales en la perspectiva de lo interdisciplinario, los cruces entre artes, humanidades y ciencias sociales, fraguando de este modo la densidad intelectual de su quehacer universitario.

Se ha dicho que la “carga” de ARCIS fue haber sido un proyecto ideológico. Toda universidad lo es y eso se expresa, por ejemplo en la fundación de la Universidad de Chile como universidad del Estado o en la dura disputa finisecular a propósito de la fundación de la Universidad Católica. Algo similar ocurre con las universidades privadas fundadas con posterioridad a 1981, algunas de las cuales adhieren al marco ideológico neoliberal. Lo ideológico es inherente a la noción de proyecto, por lo que es de esperar que ello se exprese en el ethos de una institución universitaria.  Ergo, ello no puede representar un problema.  Dicho esto, sin embargo cabe hacer la diferencia entre un proyecto ideológico (cuerpo de ideas que moviliza el quehacer de una institución) versus “la captura partidista” de un proyecto académico. Esto último, como veremos más adelante, explica en gran medida la crisis de la Universidad ARCIS.

Durante los años 90’ las páginas de El Mercurio tildaron a ARCIS como “una de las luces de la República”, reconociendo en ello, que se trataba de uno de los pocos espacios desde los cuales emergieron voces disruptivas al orden hegemónico neoliberal que consagraba por aquellos años el binomio Concertación-Derecha. Cuando el silencio y el conformismo imperaban, desde ARCIS emergían voces alteras al orden establecido. Por sus aulas transitaron figuras como Jacques Derrida, Etienne Balibar, Alain Touraine, David Le Breton, Joan Manuel Serrat, Dominique Mercy, Ernesto Laclau, Eric Hobsbawn, Tony Negri, Jacques Rancière, Beatriz Sarlo, Jean Franco, Alberto Moreiras, entre muchos otros.

En el área de ciencias sociales y humanidades se desarrolló la obra sociológica de Tomás Moulián, quien llegó a ser Rector de la universidad y que tan bien retrató el Chile de la Transición en su ya célebre libro “Chile Actual. Anatomía de un mito”. ARCIS fue también un polo de agrupamiento de la Nueva Historia Social Chilena. En su origen la Escuela de Historia y Ciencias Sociales fundada por Gabriel Salazar reunió a historiadores de la talla de Sergio Grez, María Angélica Illanes, Mario Garcés, Julio Pinto, Jorge Rojas, entre otros. En Economía, Filosofía, Derecho, se desarrollaron nuevos enfoques y perspectivas para abordar el neoliberalismo, el pensamiento latinoamericano y la defensa y promoción de los derechos humanos respectivamente. Por su parte las Escuelas del área de Arte desarrollaban procesos de formación desde la lógica de la experimentación. La intensa actividad de extensión en torno a la crítica cultural, el cine, las artes visuales, la danza contemporánea, el teatro, la fotografía, transformaron a ARCIS en un campo prolífico para la actividad creativa. Todo lo anterior permite concluir que la actividad académica constituía el motor y sentido del proyecto institucional, siendo dicha actividad el principal capital que poseía la universidad.

Sin embargo, todos estos logros de ARCIS siempre estuvieron contenidos en un contexto de precariedad económica y material. La universidad carecía de recursos que le permitieran proveer de condiciones más confortables su actividad académica. Las crisis económicas de ARCIS acompañan todo su trayecto histórico. Su comunidad académica y estudiantil, forjó su proyecto combatiendo las limitaciones financieras. No obstante ello, era una universidad en movimiento, un proyecto vivo.

Una de esas crisis (años 2001 – 2003) desembocó en el ingreso de nuevos propietarios. Los recursos aportados por Max Marambio y el Partido Comunista (a través del Instituto de Ciencias Alejandro Lipschutz – ICAL-) permitieron resolver los problemas de liquidez que enfrentaba la coyuntura en esos años, en que incluso se llegó a la cesación de pagos durante un par de meses. A partir de ahí, ARCIS transitó por un sinuoso camino que hasta la hora no ha logrado resolver: o avanzaba hacia la consolidación de su proyecto o se sumía en una crisis irreversible de insospechadas consecuencias.

Las condiciones del sistema universitario habían cambiado radicalmente desde los años en que ARCIS había sido fundada. Existen hoy nuevas exigencias en materia de gestión, desarrollo académico, infraestructura, equipamiento, servicios estudiantiles, productividad científica, aseguramiento de la calidad, etc. Para encarar estos nuevos desafíos, ARCIS debía iniciar una nueva fase en su desarrollo histórico.

A los vaivenes financieros se sumó una crisis en la conducción del proyecto. Tras la expulsión de los socios históricos de la Corporación ARCIS (el año 2006) y el posterior retiro de Max Marambio de la propiedad de ARCIS el año 2009, la universidad quedó en manos exclusivas del Partido Comunista. Coincidió aquello con un momento crucial: ARCIS debía iniciar un nuevo ciclo en su desarrollo académico e institucional.

Si hasta ahí, ARCIS había sido un espacio donde habían convivido diversas tradiciones intelectuales y políticas provenientes desde las izquierdas chilenas; si había servido de refugio para académicos exonerados en dictadura desde las Universidades de Chile y Católica; si personalidades como Fernando Castillo Velasco o el propio Tomás Moulián habían promovido la reflexión crítica y plural, eso empezó a decaer. De a poco ARCIS empezó a funcionar bajo la lógica del “dueño de turno”, bajo la premisa de “partido único” que solo acepta la obsecuencia y no el disenso. Eso fue mermando sus posibilidades de desarrollo. La crisis ya no era solo financiera, sino también institucional. Ya no resaltaba el carácter ideológico, solo el sello partidista que instaló, particularmente respecto del mundo académico, una fuerte lógica de desconfianza y sospecha.

Las autoridades superiores y miembros del Directorio designados por el Partido Comunista dirigieron la universidad de modo hermético. Las finanzas institucionales no eran discutidas con las autoridades académicas. Se limitaban (aún más) las inversiones académicas, pero crecía la planta de funcionarios en cargos de confianza y asesorías de los miembros del Directorio. El retiro del PC de la Universidad, entre fines del 2013 e inicios del 2014 (para integrarse al gobierno de Michelle Bachelet), va aparejado con el retiro de su aporte inicial del año 2004 y desemboca en la crisis financiera y endeudamiento de la cual la universidad no ha logrado recuperarse.

El retiro de dichos recursos desencadenó una crisis de liquidez y patrimonial de carácter terminal. ARCIS acumula deudas y acreedores, no tiene capacidad de pago ni puede acceder a créditos bancarios. No tiene apoyos financieros ni estatales ni privados. ARCIS ha quedado abandonada a su suerte.

En caso de concretarse el cierre de la Universidad ARCIS, se acabaría con uno de los espacios que mayor contribución ha hecho al desarrollo del pensamiento crítico en las últimas décadas. Con aciertos y errores, en ARCIS se ha desarrollado un proyecto intelectual, es decir una universidad.

Por eso, ARCIS no es comparable con otras instituciones que, apoyadas por grupos económicos privados podrán gozar de mejores condiciones materiales, pero adolecen de un proyecto académico. ARCIS es una universidad privada en tanto nació al margen del apoyo estatal en los oscuros años 80’. Sin embargo, su compromiso y vocación pública es innegable. Es difícil, pero ojalá supere este difícil trance en que se encuentra hoy sumida. Los dichos de la ministra, en nada ayudan a eso. Y sería correcto que quienes fueron sus propietarios al momento de estallar la crisis – es decir el Partido Comunista- asuman su responsabilidad. Ha habido mucha gente involucrada en este proyecto, ayer y hoy, que esperan alguna explicación que no sea, como muchas veces ocurre en estos casos, un discurso de victimización.

En Chile, no abundan espacios para el desarrollo del pensamiento crítico. Si se concreta el cierre de ARCIS, no solo se pone fin al desarrollo de una institución universitaria (con todo lo que ello implica), sino que también representaría el ocaso de un proyecto que opuso resistencia a la mercantilización neoliberal y propuso una mirada altera al pacto de la Transición. Y eso no es poca cosa.


Ex académicos Universidad ARCIS