La política es una lucha, esa es una imagen irrefutable, la política es la inestabilidad pura para generar un principio de estabilidad, de seguridad. La política rastrea los caminos, juega en las ligas mayores, pero también juega en las ligas menores, en sus estatus de cambio, en sus posibilidades, y en sus estrecheces.

El Estado chileno neoliberalizado posee una organización de trabajadores llamada ANEF, se termina del predominio de Raúl de la Puente, se trata del triunfo del Partido Comunista, Carlos Insunza, ingeniero de profesión, asume un desafío complejo pues el triunfo se obtiene con una participación del 25% del electorado potencial, lo cual plantea el primer gran dilema acerca de cómo encantar.

La ANEF es una organización de trabajadores emblemática que por la potencialidad pública de su labor debe transformarse en una organización participativa, y eso, es política, es programa, es gestión del cambio como diría un tecnócrata de corbata afilada a sabiendas de la institucionalidad debilitada, un Estado menos robusto y neurálgico que el “estado-céntrico” nacional desarrollista que debe caminar hacia un derrotero de transformaciones.

En ese Estado se juega el servicio público, se juega el laberinto de sus políticas públicas, el alma presupuestaria de sus límites. La política es siempre un “estado de realidad”  y  un difícil estado de horizontes imaginables, siempre es la complejidad de los difíciles equilibrios. Sobre la necesidad de avanzar.

La política no se juega en los arquetipos de tipo ideal, la política es la carne del tiempo histórico, captar ese tiempo histórico es el necesario olfato inteligente de la política. Se requiere una organización de trabajadores que repiense la idea de un Estado estructurado neoliberalmente, las profundas demandas sociales en educación y previsión, por citar dos demostradamente multitudinarias, deben romper la captación del lucro como principio fundador, y reenfocar su preocupación en la consecución de derechos.

El Estado y su rol es la preocupación de todos, y no puede no ser la preocupación de los trabajadores del Estado, y su organización. Y esta discusión será central en los tiempos que vienen, el modelo sociopolítico y su matriz han tenido cuestionamientos importantes, su credibilidad tiene un problema profundo, y aquí el Estado será el núcleo de la planificación de una conversión hacia un modelo de integración social ante las estructurales desigualdades macabras.

Los trabajadores públicos deben pensar Chile, porque eso interrelaciona sus demandas con las del resto de los trabajadores, en muchos lugares las dificultades de las condiciones laborales de los funcionarios públicos tienen que ver con problemas que se emparentan en su génesis con una maquinaria excluyente, orientada solo hacia la acumulación de capital.

Las experiencias progresistas en nuestras latitudes regionales han planteado modificaciones fuertes al modelo de desarrollo y distribución, y por tanto, al diseño de un Estado en pro de los connacionales. Esta es una tensión regional por los problemas de pobreza y desigualdad abismante, si bien se plantean mejoras en los accesos a bienes y servicios, eso lo logran desde la masificación del consumo. Las brechas de geográficas y de género planten una nomenclatura compleja de la justicia social en nuestros países.

La tradición institucional democrática del Partido Comunista instala un resultado inesperado, pero que reitera la longeva identidad que tiene cien años de patrimonial historia, su disciplina, laboriosidad y propuestas programáticas, en este caso, logran avanzar porque la sociedad quiere “política”, y no recetas de cocina.

Ojo la ciudadanía no es que no quiera “política”, lo que no quiere es política chica, lo que no quiere es política tecnocrática, lo que no quiere son “modelos de gestión” en reemplazo de “plataformas de acción”. Esos tiempos ya pasaron, y Gramsci vuelve siempre a recordarnos que requerimos de una gran política, una política preocupada de los intereses nacionales.

Cuando los escándalos partidarios quieren transformarse en plataforma política son derrotados. Hay que reforzar la mirada hacia afuera, y dejar de plantear una política endogámica, cortoplacista y atomista, es el mensaje que encierra esta elección. Cuando se hace política se abren los caminos, cuando se queda en los anacronismo del establishment se pierde inexorablemente porque la ciudadanía está cansada de ese chiste, y lo descifra a kilómetros.

Hacer política es marcar una independencia de los gobiernos de turno, no es dejarse capturar por los intereses particulares, y significa centrarse en los intereses nacionales. Significa volver a los grandes discursos, y a la incansable construcción de otros horizontes. El sentido de la historia nos dice que el Estado chileno debe abrirse a un proceso de transformaciones estratégicas, y ahí los trabajadores tienen una voz que hacer escuchar y un sentido que defender.

La potencialidad de las organizaciones sociales tendrá que articular las fuerzas necesarias con todo el espectro de la sociedad civil, y un punto conexo deberemos pasar a una etapa de articulación multitudinaria.

La convicción es que la necesidad de los cambios no pasa solo por la mirada de mi situación laboral sino como eso se conecta con un problema país.

Hay que reconstituir la vida colectiva de las organizaciones sociales, reconstituir su ethos más esencial y primario como espacio de encuentro y sentido, ante una sociedad cercada por el individualismo, hay que imponer la trascendencia de las luchas colectivas.


Sociólogo