El humanitarismo aparece en los albores del siglo XXI como una suerte de reserva moral de la humanidad. En tal concepto se integran múltiples otros como caridad, bondad, cooperación. Como su nombre indica, el humanitarismo no puede escindirse de otra idea más amplia y con mayores implicancias como la del humanismo. Porque, en última instancia, lo que se quiere salvar con el humanitarismo no es otra cosa que lo humano. No se tiene humanitarismo con los animales a menos que se los convierta en humanos y sean leídas sus experiencias desde el imaginario que hemos montado sobre nuestra especie. Pero la animalidad es algo que siempre está incorporado en el propio humanismo, que salvando humanos también los produce como una manera de despejar en ellos algo así como una parte animal totalmente indefinida. Los pobres y los indígenas son buenos proyectos de humanos, posibles de ser integrados en el régimen de quienes tienen derecho a la autonomía. Pero para ellos, la autonomía es siempre un proyecto, una “vía al desarrollo”. A cambio de ingresar en el mundo humano, ellos mismos deben entregar sus vidas en el sentido más biológico. Entregar su carne para ser producidos por medio de los procesos de normalización y modelación productiva de sus cuerpos. Todo ello se hace en nombre de la humanidad, que justifica, luego, la extirpación o eliminación de todas aquellas formas de vida, ya sea de manera individual o colectiva, que parecen no adecuarse a la norma: terroristas, delincuentes, subversivos.

El cuerpo, en la modernidad que todavía habitamos, sólo puede devenir humano cuando es proyecto de mercancía o mercancía en uso por el capital. Lo que queda es un resto siempre peligroso que habita dentro del cuerpo y del Estado y anuncia la guerra civil a menos que sea puesto en estado de excepción. En términos globales, los pueblos en resistencia, mapuches, palestinos, saharahuíes, son el resto que debe ser integrado dentro de la máquina del humanismo, cuya principal herramienta es el humanitarismo: la articulación de sus identidades como un proyecto humano, que sólo puede ser civilizado por medio del capital. El neoliberalismo, como forma extrema de capitalismo es el que ha abierto las puertas definitivas a la conquista de mano de obra barata -humanos potenciales- para el sistema global.

En Palestina la ocupación de los últimos veintitrés años, bajo la forma de los Acuerdos de Oslo, ha funcionado fundamentalmente con el pretexto de transformar la estructura social palestina a través del neoliberalismo. El Protocolo de París de 1994, incorporado a los acuerdos, determinó que los Territorios Ocupados se transformacen en un extraño experimento, en el que una endeble institución liderada por palestinos, la ANP, disfrazara la soberanía militar israelí por medio de regulaciones económicas neoliberales. Para ello, se hizo necesaria la participáción de múltiples ONG’s internacionales y recursos provenientes de los países cooperantes, principalmente desde la Unión Europea y Estados Unidos. El modelo contribuyó ampliamente a la despolitización de la sociedad palestina, pero hizo entrar a la ANP en un espiral internacional que ha terminado con el reconocimiento como Estado no miembro en Naciones Unidas y de su calidad estatal en varios países europeos.

Sin embargo, la construcción acelerada de asentamientos israelíes, la fragmentación total del territorio palestino, la imposibilidad de comerciar entre las propias ciudades palestinas y ni que hablar con el exterior debido a las restricciones israelíes, han puesto en tela de juicio la posibilidad de crear en los TTOO un campo promisorio para el neoliberalismo. Por eso el Banco Mundial ha reclamado que las “restricciones al movimiento y el acceso a servicios han definido la economía y el bienestar social de los palestinos por dos décadas, y más dramáticamente desde 2000”[1]. El problema aquí no es la ocupación, sino la imposibilidad de concretar un flujo comercial apto para integrar a los palestinos a la economía contemporánea.

No es difícil imaginar que el propio Estado de Israel se defina como un Estado humanitario y por lo tanto, esté dispuesto a “mejorar” la situación de los palestinos. Si tenemos en cuenta que los Acuerdos de Oslo han significado para los últimos la introducción profunda del neloliberalismo en su territorio, resulta vistoso que mientras más aguda sea la ofensiva liberal, mayores problemas presenten para los palestinos la malla de asentamientos judíos que ocupan los montes y rodean las ciudades, los checkpoint, las terminales de paso, el Muro del Apartheid, etc. Por eso, desde el propio Israel ha surgido una inquietud y los cooperantes del proceso de paz han sabido sumarse a la puesta en marcha de una solución.

Los problemas de los palestinos son entendidos sólo a la luz del potenciamiento del mercado al interior de los territorios ocupados, de modo que el impedimento por parte de Israel del acceso al agua, a servicios y a desplazarse por el territorio pueden ser elementos solucionados al interior de la propia lógica del mercado que, a su vez, no se opone directamente a ninguna forma política, salvo aquella que busca despotenciarlo. En 2004, ya enfrentándose a estas críticas y en pleno proceso de construcción del Muro, Israel buscó acallar a sus detractores diseñando una serie de carreteras para el desplazamiento segregado de israelíes y palestinos, medidas que el ministro de defensa de la época llamó “el tejido de la vida palestina”. La iniciativa fue lanzada como una forma de ayuda humanitaria que permitiría “tanto como sea posible un digno y humano tejido de la vida palestino” [2]. Este tejido de la vida -como dice Omar Jabary Salamanca- es aplicado por el Estado colonial para “describir de manera amplia las relaciones sociales, las conexiones económicas, la infraestructura urbana, y los espacios que constituyen a la población nativa y le permiten propiamente funcionar. El gobierno israelí espera perfeccionar y sostener el régimen de décadas consistente en cierres de caminos, checkpoints, muros, y regulaciones al movimiento draconianas que impiden severamente la libertad de movimiento” [3]. Con el nombre de “todo fluye” el plan para el tejido de la vida palestino se abocó a la separación de rutas en Cisjordania, creando amplias carreteras para los colonos judíos y designando caminos secundarios para que los palestinos conectaran los centros de las ciudades con las aldeas cercanas.

Si bien el plan de 2004 no prosperó con su diseño original, la creación de carreteras segregadas consideradas fundamentales para dar seguridad a los colonos y mayor movimiento a los palestinos, terminó aceptándose como legítima tanto por la Autoridad Palestina como por los donantes internacionales, especialmente USAID desde 2010. Aceptadas desde un punto de vista técnico, y con la incorporación del lugar común para los donantes de que toda infraestructura en “países subdesarrollados” es una buena cosa, el territorio palestino ha sido redefinido social, política y económicamente como un Apartheid por las propias potencias de vocación humanitaria. A través de este complejo sistema socio-técnico, del que los dirigentes palestinos son cómplices activos, “caminos, electricidad, agua y telecomunicaciones son los principales medios simbólicos y materiales a través de los cuales la comunidad colonial es territorializada y los nativos-extranjeros son de-territorializados”[4]. La humanitaria racionalidad del proyecto israelí de carreteras segregadas busca crear una situación de facto, en la que los palestinos reorganizan su geografía imaginaria en función de los caminos abiertos que conectan parcialmente los territoios definidos como A y B por los Acuerdos de Oslo (donde la ANP tiene control parcial sobre la seguridad y los servicios) y que representan cerca del 40% de Cisjordania. De esta manera, dos sociedades son articuladas en un mismo territorio sin que tengan ningún tipo de contacto, a lo que debemos agregar que una de ellas, la de los colonos israelíes, articula su propio tejido de la vida a costa de la de los palestinos, disponiendo el territorio simbólica y materialmente de forma propicia para más confiscaciones de tierra y el avance en la construcción de nuevas colonias.

Pero el compromiso de los países donantes va mucho más allá. Como bien ha mostrado Nora Lester Murad, ellos, al igual que Israel, comprenden la situación de los palestinos bajo el signo de la emergencia, en este caso, una emergencia que provoca la ayuda humanitaria, intentando resolver sólo aquellos aspectos de la vida biológica de los palestinos y en ningún caso la ocupación militar del país. De hecho, la ayuda entregada bajo estos términos, convierte a los propios donantes es responsables y cómplices de la colonización, toda vez que cumplen con las exigencias que el propio derecho internacional entrega a las potencias ocupantes, como asegurar las necesidades básicas de la población ocupada [5].

Asimismo, cada vez que Israel destruye una ciudad palestina, los donantes aseguran que esta pueda seguir existiendo levantando la infraestructura sin ningún cargo para la potencia ocupante. Y lo hacen al mismo tiempo que mantienen, como en el caso de la Unión Europea desde 1995, acuerdos de libre comercio con Israel, lo que se entrecruza con la cooperación entre este Estado y Estados Unidos y la UE en materia militar. Esta interconexión del neoliberalismo con el militarismo hace que no sea tan descabellado que en agosto 2014, a sólo dos días de haber sido bombardeado por Israel una dependencia de Naciones Unidas en el campamento de refugiados de Yabalia en Gaza -que los oficiales del organismo internacional responsables calificaron de “serias violaciones al derecho internacional”-, el Congreso de los Estados Unidos aprobó un paquete de ayuda adicional para el ejército israelí de US$225 millones. En este mismo sentido, en 2012 UNICEF ofertó a una empresa israelí con operaciones en las colonias ilegales para hacerse cargo de una planta de desalinización en Gaza y en 2014 PNUD otorgó un contrato de US$5.1 millones a Mifram, empresa israelí que proveía de checkpoints al ejército israelí [6].

No hay contradicción, porque el sistema internacional y la ocupación son parte de la misma realidad biopolítica contemporánea. Lester Murad pregunta en este sentido “¿Donde está la línea divisoria entre la ayuda humanitaria que es legítimamente controlada por una potencia ocupante y la ayuda humanitaria que ha sido obstruida en violación al derecho internacional?” [7]. Esa línea divisoria, en realidad, es una zona nebulosa en la que precisamente el humanitarismo, promovido por las sociedades neoliberales contemporáneas, deviene racismo y control sobre la vida.

NOTAS

[1] Ahmad El-Atrash, “Building a Neoliberal Palestinian State under Closure: The Economics and Spatial Implications of Walls and Barriers”, en economic sociology_the european electronic newsletter, 16.2, pp.21-27, p. 23.

[2] Jabary Salamanca, O., “Assembling the Fabric of Life: When Settler Colonialism Becomes Development”, en Journal of Palestine Studies,  Vol. XLV, No. 4 (Summer 2016), p. 64-80, p. 67.

[3] Ibíd.

[4] Ibíd.]

[5] Ver Lester Murad, N., “Donor Complicity in Israel’s Violation of Palestinian Rights”, en Al-Shabaka, octubre de 2014. URL:https://al-shabaka.org/briefs/donor-complicity-in-israels-violations-of-palestinian-rights/

[6] Ibíd.

[7] Ibíd.


Doctor en Filosofía, Universidad de Chile