Señor Ministro,

Le ruego perdonar mi falta de coraje al dirigirle mis palabras desde un lugar seguro ubicado al otro lado del océano.
Le debo además mis disculpas por no pertenecer a aquél selecto grupo de personas que han tenido la valentía de plantear beneficios y encarcelaciones para quienes han sido juzgados, condenados y encarcelados por  crímenes de lesa humanidad por el poder judicial chileno, por los cuales usted ha mostrado una tan grande y noble preocupación en nombre de la humanidad y compasión.

Aquellos valerosos hombres, decididos a exterminar el mal de nuestras tierras chilenas, en una época en la que yo era un niño, muchos de los cuales han sido protegidos por el afable paso del tiempo y el curso de su propio reloj biológico. Los protegió de la humillación a la que fuera sometido tan injustamente el convaleciente de Londres.
La misma fortuna, de evadir la justicia por lo tardía de su actuar, tuvo su hermano Angel Campos Quiroga condecorado y admirado no sólo por sus pares, ya que ascendió a general y Director de Inteligencia de la FACH.

Similar trato recibió de sus colaboradores civiles entre los que se encuentra usted, que lo entronaron como jefe de Estado Mayor de la Defensa Nacional (durante el gobierno de Ricardo Lagos cuando usted era ministro de Agricultura), por sus servicios prestados a la patria, de la que fui expulsado con dos años y medio ya huérfano de mi padre asesinado en octubre de 1973.

Es en ese momento, que se entrelazan nuestras historias, señor ministro, y le vuelvo a pedir disculpas por mi temeraria actitud hacia usted y su hermano.

Soy hijo del Dr. Hernán Henríquez Aravena, médico salubrista, Director Zonal del Servicio Nacional de Salud de las Provincias Malleco y Cautín al momento del golpe de Estado.

Su crimen fue ser fiel al juramento hipocrático y obrar como médico consequente con el pueblo más postergado, la población rural, muchos de ellos pertenecientes a la nación mapuche. Fue, junto a otros profesionales de la salud, responsable de poner en marcha un programa de Salud Rural que hiyo realidad una atención de salud oportuna y de calidad.

El esfuerzo del gobierno de entonces y el programa de salud, por lo demás, fueron reconocidos por la OMS en su reunión de junio de 1973 en Bethesda EE.UU.

Gracias a un trabajo sin precedentes del Ministro en Visita para Crímenes de Lesa Humanidad Alvaro Mesa, hoy sabemos un poco más de lo ocurrido con los profesionales que integraron este equipo de salud. Señor Ministro Campos, si aún no se ha enterado se lo explicaré con toda sencillez……fueron exterminados todos: el enfermero Gastón Elgueta, el Doctor Eduardo Gonzalez Galeno, director del hospital de Cunco, mi padre Hernán Henríquez Aravena, el Doctor Arturo Hillerns Larrañaga, director del hospital de Pto.Saavedra y el profesor de salubridad Jécar Neghme.

Tan eficaces fueron los uniformados que contaban con todo el poder del Estado al ensañarse con mujeres y hombres indefensos, que todavía no sabemos si debemos mirar hacia la cordillera de los Andes o dirigirnos al mar frente a Puerto Saavedra para llorar su restos.

Establecida está y consta para el lector interesado en los expedientes de la investigación, que uno de aquellos nobles uniformados, que además fue identificado como uno de los torturadores más temidos fuera su hermano, entonces teniente de la FACH Angel Campos Quiroga.

Lo anterior lo escribo por si lo olvidó y le vuelvo a pedir perdón, porque así como ocurrió en la Alemania después de la derrota de los nazis, usted como otros civiles no sabía nada de nada y menos era capaz de imaginar que su compañero de juegos de infancia había sido tan decidido protagonosta de nuestra historia.

Hasta hace poco su silencio, lo protegía de ser mencionado en relación al criminal de su hermano.

Ante la evidencia de su parcialidad (que se desprende de sus palabras vertidas en una entrevista publicada en el diario El Mercurio el domingo 11 de diciembre), este cobarde le pide un audaz gesto  de coherencia – el de su renuncia a todo cargo pública y que pida disculpas por haber soslayado los crímenes cometidos por su hermano (cuyos actos fueron denunciados ante juramento) a la hora de abogar por la impunidad (encubierta) de los criminales.

Atentamente,

Daniel Henríquez Kries