Cada año los resultados de la PSU reproducen un panorama: los mejores puntajes provienen de los mismos colegios privados o de liceos públicos emblemáticos. La mayoría son de Santiago, de formación científico humanista y no técnica. Y 3 de cada 4 puntajes nacionales son obtenidos por varones. Es el reflejo de un sistema educativo segregado, cuyo desafío es ser inclusivo en otorgar oportunidades. ¿Cómo y por qué se generan estas brechas?

Lo primero que hay que explicar, señala Mathias Gómez, investigador de Educación 2020, es qué es un sesgo: significa que estudiantes, por distintas condiciones y contextos, presentan ventajas o desventajas al momento de dar la PSU. Es decir, aunque la prueba es igual para todos, no todos se presentan en igualdad de condiciones al rendirla.

1. Sesgo por nivel socioeconómico

La PSU mide conocimientos, que, en teoría, es más democrático que evaluar aptitudes. Sin embargo, Chile es un país segregado, en el que los pobres estudian con otros pobres, formando guetos, de barrios y colegios, en los que escasea la diversidad.

“La PSU no mide la educación que recibiste sólo en tu colegio, sino que refleja el contexto en el que creciste”, sostiene Gómez. Así, si alguien se desenvuelve en un ambiente con más recursos y acceso a la cultura, sólo por ese hecho, le irá mejor en la PSU. “La prueba por esencia es academicista, por eso genera tanto sesgo. Eso ya es súper fuerte y es difícil remediarlo”.

Al analizar el proceso de admisión 2015 por dependencia, se observa que los colegios particulares pagados siempre obtienen los puntajes promedios más altos. Por ejemplo, en lenguaje: municipal (471), subvencionado (502) y privado (591). En matemática es 468, 501 y 608 puntos promedio, respectivamente.

Por eso existen otros instrumentos, que es necesario potenciar, como el ranking de notas o el programa Ranking 850, que reserva cupos para estudiantes con el mejor promedio de notas su generación, pero que no superaron los 475 puntos en la PSU. “El espíritu de estas iniciativas es reconocer a jóvenes que fueron quienes mejor aprovecharon las oportunidades educativas en su propio contexto, entonces no tiene sesgo socioeconómico”, asegura el investigador.

2. Sesgo de género

Los puntajes de la PSU reflejan una serie de diferenciaciones que viven niños y niñas desde la educación inicial. En el Simce de cuarto básico ya aparece que a ellas les va mejor en lenguaje y a ellos en matemática. En vez de corregir esa diferencia, el sistema educativo la profundiza y refuerza hasta la educación superior.

Salomé Martínez, investigadora de la U. de Chile, explica que esto ocurre por un fenómeno llamado “La amenaza del estereotipo”. “Cuando existe un estereotipo negativo asociado al desempeño de un grupo —por ejemplo, las mujeres y las matemáticas—el desempeño es menor. No es porque haya menos capacidades, sino porque ese estereotipo predispone a estas personas e influye en su rendimiento”.

También hay dinámicas de aula, complementa Mathias Gómez. “Está estudiado que los profes le explican y se dirigen más a los alumnos que a las alumnas”, planteándole a ellos preguntas más desafiantes, por ejemplo. Esto es un problema, aseguran en Educación 2020, porque suponer que las niñas son mejores en lenguaje y los niños en ciencias y matemática por ‘naturaleza’ refuerza estereotipos sexistas, que limitan la igualdad de oportunidades y el desarrollo libre de talentos.

Y ocurre que ciertas áreas se feminizan y otras se masculinizan. mifuturo.cl muestra que aunque el 52% de la matrícula de educación superior sean mujeres, ellas se concentran en carreras que implican cuidados de otras personas y con menor sueldo, como pedagogía básica (85%) o enfermería (82%), mientras ellos lideran áreas creativas mejor remuneradas, como ingeniería mecánica (93%) o electrónica (92%).

En ese sentido, Gómez destaca iniciativas como el Ingreso Prioritario de Equidad de Género de la U. de Chile, que reserva 40 cupos después del corte para que mujeres ingresen al plan común de ingeniería. “Lo destaco políticamente, porque está mal que haya sólo hombres en esas carreras, y también técnicamente, porque el mecanismo es bueno, esas 40 que entran tienen 5 puntos de diferencia. Eso es una pregunta omitida en la PSU. O sea, académicamente son igual de capaces”.

3. Sesgo de formación técnica versus científico humanista

Como explica Gómez, la PSU, como proceso de selección, tiene foco académico y no técnico. Entonces, si la matrícula de la educación técnica representa a más del 40% de la enseñanza media, “conceptualmente, la prueba desecha a la mitad de los estudiantes”.

Si bien quienes estudian en modalidad técnica pueden dar la PSU y postular a la educación superior, los contenidos que mide la prueba no fueron vistos en sus clases. Eso se refleja en sus resultados. Este 2016 el 100% de los puntajes nacionales provinieron de colegios científico humanistas. En el proceso de admisión 2015, la ponderación de los científico humanistas fue 522 puntos y el de estudiantes técnicos, 445.

“Hay un sesgo curricular. A eso súmale que quienes estudian en TP provienen de niveles socioeconómicos más bajos, y ahí se cruza con lo anterior”, añade el investigador de Educación 2020. La buena noticia es que hay esfuerzos para corregir este sesgo: la prueba de ciencias comenzó a incluir un módulo técnico profesional.

Lo importante, recalca Gómez, es comprender que estos tres sesgos muestran procesos de segregación de largo arrastre. “En una sociedad con desigualdad socioeconómica y de género, es difícil dejar todo al ‘mérito’. Es necesario avanzar en medidas afirmativas, como el sistema de ingreso inclusivo del PACE o el de ingeniería en la Chile”, concluye.